viernes, 28 de marzo de 2014

La crisis económica y... la moral




Tenía previsto comentar para hoy el debate del estado de la nacionalidad canaria que estos días se ha llevado a cabo en nuestro Parlamento Autonómico. Lo del tema a tratar he de reconocer que es un asunto que me preocupa siempre y a veces me da problemas, pensé que el debate me iba a dar asunto para hoy; pero tras tragarme el bodrio, no creo que haya demasiado sobre lo que hablar.

Otra vez, lo único que ha sobresalido en el debate y las intervenciones de unos y otros es la falta absoluta de calado social, político e intelectual de tirios y troyanos. Otra vez la mendacidad, la manipulación y la falta de una postura clara y coherente en los asuntos verdaderamente importantes ha marcado el transcurso de un debate estéril y vacío de contenido, en el que todos los partidos con representación en la cámara han sacrificado el interés general y la necesaria búsqueda de soluciones a los problemas de los ciudadanos, en el altar del electoralismo más repugnante y en las capillitas del oportunismo político y  de la defensa a ultranza del bienestar de esa casta que en lugar de buscar solución al paro, al fracaso escolar, al colapso de la sanidad pública, a  la insularidad, al transporte, a la dependencia, etc., etc., se han dedicado a superar el trámite de puntillas, en una repugnante faena de aliño que avergonzaría a cualquiera.

Es muy cierto que vivimos en una crisis económica que hace muy difícil nuestra existencia, pero en este proceso de empobrecimiento de los ciudadanos y de nuestra sociedad, además de los factores económicos, intervienen otros, que de no ser solucionados evitarán o harán muy difícil que salgamos de este pozo en el que hoy por hoy nos encontramos.

Uno de los factores principales que nos ha llevado hasta aquí, por mucho interés que haya en ocultarlo, es la brutal crisis de valores que sufrimos. Habrá quien me diga que mejor poner primero en marcha las medidas que nos lleven a crecer económicamente y a producir empleo y que una vez puesta solución al paro ya hablaremos de cuestiones éticas.

Creo que se equivocan, nuestro crecimiento económico viene lastrado por cuestiones de tipo económico, financiero y laboral, pero las medidas que se pueden adoptar para cambiar esta situación, mal pueden funcionar en un  entorno presidido por la corrupción, la pérdida de valores éticos fundamentales, el cohecho, la mentira y la rapacidad de una clase dirigente que se dedica a lo suyo sin que los ciudadanos y el servicio público les preocupen lo más mínimo.

El debate de marras ha cortado de raíz las poquitas esperanzas que me quedaban. Tenemos que cambiar y hay que hacerlo desde una sólida base moral, no hay otra. Ante la desidia de la casta política se producen reacciones violentas que muchos se empeñan en justificar. Hay quienes han decidido emprender el camino que conduce a la revolución. Así lo manifiestan en los medios de comunicación  y  las redes sociales ellos; lo dicen ellos, no yo, eso que conste.

En España somos especialistas en guerras civiles, probablemente es lo único que como nación se nos da bien. Llevamos a nuestras espaldas y sobre nuestras conciencias tres guerras civiles en el siglo XIX, las guerras carlistas. Otra, terrible, sangrienta, atroz, la de 1936, de la que todavía sufrimos algunas consecuencias que parecen indelebles. Esas experiencias, todas ellas, nos aconsejan prudencia en la utilización de procedimientos violentos.

El sistema que tenemos ha costado centenares de miles de muertos, sufrimientos terribles para muchos y sangre derramada como para ahogarnos a todos, no podemos abandonar un sistema que nos sacó de la dictadura. Es que no funciona, dicen muchos; es cierto, pero no funciona, porque no se aplica.

El respeto a la Constitución, el imperio de la ley y el estado de derecho no existen, no vivimos en el sistema que nos dimos los españoles sino que lo hacemos en la  desgraciada caricatura del mismo.

Mal puede funcionar un sistema cuya norma fundamental es ignorada una y otra vez, de manera consciente, por nuestros dirigentes. Respetemos el sistema y  trabajemos para que los políticos sean de una vez auténticos servidores públicos. Si no lo hacemos seguiremos asistiendo, aquí y en el resto de España, a esperpentos como el que hemos sufrido en Canarias esta semana.

Nos jugamos mucho, la intemperancia y la visceralidad nos pueden llevar por el camino equivocado. Hay que plantar cara a la injusticia con la que se producen muchos de nuestros dirigentes pero con las herramientas que nos proporciona nuestro estado de derecho.

Hay que llevar a cabo una regeneración política y moral,  creo que resulta imprescindible y sé que es muy difícil, pero tenemos que hacerlo obligatoriamente. Todo lo demás nos lleva a la nada.