miércoles, 30 de abril de 2014

La guardia de Jablanica. (Primera parte)





Las garitas de la guardia de Jablanica

Corría el mes de junio del año 1993 y la Cía. Austria de la Agrupación Táctica Canarias estaba destacada en Jablanica. Una pequeña población situada al norte de Mostar en manos de los musulmanes que formaba parte del área de responsabilidad de las tropas españolas. Era una zona montañosa dedicada tradicionalmente a la agricultura, la explotación de los bosques y la ganadería.

Las líneas de confrontación entre el HVO y la Armija estaban muy cerca de Jablanica. Por el sur los del HVO estaban en Vrdi y combatían para controlar de manera permanente la carretera que conducía a Mostar y ocupar la ribera este del Neretva con la finalidad de evitar que hubiera comunicación con los habitantes del barrio musulmán de Mostar. Hacia el norte la existencia de bolsas croatas amenazaban la carretera a Sarajevo y al noroeste se encontraban los serbios que instalados en posiciones dominantes, observaban encantados la escabechina que se estaba produciendo entre musulmanes y croatas.

Entre la población de la zona se percibía tensión, cansancio e inquietud, por desgracia sufrían muy directamente las consecuencias de la guerra los civiles que allí vivían o los que, procedentes de otras zonas arrasadas por los serbios primero y los croatas después, habían buscado refugio en la población.

El destacamento, que estaba al mando de un comandante del GT Colón, era una instalación de fortuna que se encontraba en el casco urbano de la población, situada entre la carretera que llevaba a Sarajevo y la ribera del Neretva. Ocupaba unas antiguas instalaciones deportivas que comprendían un campo de fútbol con un césped magnífico; el edificio del club, ocupado por los de la PLMM, las oficinas, transmisiones, botiquín y una especie de cantina que poco o nada podía ofrecernos, aunque el hecho de que se ocuparan del servicio dos jóvenes musulmanas bastante atractivas, hacía más soportable la escuálida oferta. Había también una pista de balonmano ocupada por tiendas parque y contenedores dormitorio y alguna que otra edificación, que supongo, en otro tiempo serían los vestuarios, almacenes, etc., etc.

El edificio del Puesto de Mando
Alrededor del campo de fútbol se habían instalado los aparcamientos y el comedor compuesto por tres tiendas. Más al norte se encontraban entre otros servicios, el camión lavandería y la cabina del Hispasat - convenientemente protegida por sacos terreros - desde la que podíamos hablar con la familia, en las raras ocasiones en las que tenías tiempo libre y la cola no era demasiado larga.

La pista de balonmano estaba ocupada por las tiendas dormitorio para los legionarios de la unidad destacada y en su perímetro se encontraban los contenedores en los que dormía la tropa que cuidaba del destacamento, un contenedor para duchas y servicios, los contenedores para los oficiales y suboficiales de la compañía a la que le tocara estar allí destacada. En la esquina NE estaba el acceso a uno de los refugios contra bombardeos  que completaba el “paisaje” que no vamos a engañarnos, resultaba bastante deprimente.

En su momento, las fuerzas españolas habían alambrado el contorno de las instalaciones ocupando hasta la acera de la carretera e incluyendo en el recinto una gran marquesina, en la que en tiempos de paz se detenían los autobuses que iban a Konjic y Sarajevo. Allí se instaló el cuerpo de guardia y muy próximos a la instalación estaban los talleres.

Era un destacamento en constante perfeccionamiento. Obligados por las circunstancias - los croatas se entretenían bombardeando a la población y al destacamento - las garitas de los centinelas se habían protegido con sacos terreros, lo mismo que el cuerpo de guardia, defendido de la metralla por paredes de sacos colocadas bajo el techo de la marquesina. En distintos lugares del destacamento se habían cavado refugios para proteger al personal de los frecuentes bombardeos y todos los días trabajábamos muy duro, codo con codo con los zapadores paracaidistas del teniente Aguado que eran unos auténticos monstruos en lo de la fortificación de instalaciones.

Las compañías de fusiles rotaban en el destacamento. Una vez instalados lo primero que llamaba la atención para los que veníamos de Dracevo era la cantidad, variedad y calidad de la comida. En Jablanica se comía extraordinariamente bien, justamente lo contrario que sucedía en Dracevo. Gracias al trabajo y la dedicación de mi buen amigo el teniente legionario Javier Menéndez Moro y al de su equipo de cocina, se hacía bueno aquello de “comida sana y abundante la que dan en el Tercio de Extranjeros”, tal y como reza la letra de una antigua canción legionaria.

El teniente Menéndez Moro pertenece a una saga legionaria impresionante. Era, bueno, era y es, nieto, hijo, sobrino, primo, padre, hermano y tío de legionarios, así que lo del estilo de La Legión lo había mamado desde la cuna. Como buen legionario servía tanto para un roto, como para un descosido. Ya saben, como dije el otro día, en el Tercio para lo que se tercie. Y Moro valía para dar de comer extraordinariamente bien a pesar de las dificultades, como valió al poco tiempo, para mandar brillantemente la 1ª sección de la Cía. Austria, cuando Recena, que pertenecía a la Escala Media, ascendió a capitán de Infantería y tuvo que dejar el mando de la sección.

Los tres teniente de la Cía. Austria: Bartolomé, Moro y un servidor
Antes, cuando hablaba de la calidad de la comida me refería al trabajo del teniente, hacía referencia al esfuerzo de su equipo. Lo de ser ranchero en el Tercio tiene su aquel, la exigencia es mucha y desde luego no resultaba sencillo dar de comer en un destacamento en el que había que cocinar, como era el caso de Jablanica, fuera del propio recinto y en el que los víveres llegaban de lejos, cuando buenamente podían los convoyes y además hay quien piensa y si no lo piensa lo parece, que los rancheros pertenecen a una suerte de subespecie legionaria. La canción que he citado hablaba de la comida sana y abundante, pero terminaba la estrofa diciendo “cocinada por cinco o seis mangantes que nosotros llamamos los rancheros.

Así que lo de menospreciar a “los de cocina” como también se les conoce genéricamente, está injustamente inscrito en la tradición legionaria y desde luego nada más lejos de la realidad. A lo largo de la historia de La Legión, los rancheros han demostrado una y otra vez que cuando pintan bastos, pero bastos de los de verdad, sueltan el cucharón, agarran el fusil y con absoluta normalidad, se comportan como los mejores.

En Jablanica el equipo de cocina estaba encabezado por el cabo André Cornelli de la 9ª/VIII/3, que nos va a servir para que veamos de que pasta están hechos esos hombres. Antes de continuar quiero excusarme con el resto del equipo a los que no voy a nombrar, pero estoy seguro que se sentirán bien representados por dos anécdotas protagonizadas por el bueno de Cornelli, que cuando hacía falta, sacaba a relucir un temple, que para sí hubieran querido muchos.

Cornelli era un flamenco, pero no de los de Jerez de la Frontera, era un flamenco belga, que es cosa bien distinta. Alto, nervudo, con los rasgos faciales muy pronunciados, medio calvo y con un pelo rubio poco lustroso. Era trabajador, alegre y muy comunicativo para mi desgracia; porque he de confesar que el castellano del cabo me resultaba prácticamente ininteligible y cuando Cornelli me soltaba una de sus parrafadas, me dejaba casi siempre en treinta y tres y contestando a ojo de buen cubero.

El cabo era y es, que todavía debe estar dando trabajo por esos mundos de Dios, un hombre de grandes virtudes a las que acompañaba, como nos sucede a todos o casi todos, una panoplia medianamente surtida de costumbres no muy recomendables. Entre esas costumbres estaba la de ser un convencido adorador de Baco. Lo del morapio y La Legión son cuestiones que han ido de la mano desde los tiempos de la fundación. Los legionarios hemos tenido fama, unas veces justificadamente y otras menos, de ser muy aficionados a darle al jarro con una dedicación y entusiasmo que dejaba a los cosacos en simples aficionados.

De vez en cuando a Cornelli se le iba la mano con el vino y cuando eso se producía, sucedía lo que acostumbra a pasar en estas situaciones. El “incidente” y sus consecuencias se solucionaban discretamente entre el mando correspondiente y el cabo como se solucionan estas cosas en La Legión. No lo voy a explicar aquí, porque si el que me lee es legionario, sabe perfectamente a qué me refiero y si el lector no lo es, para qué se lo voy a contar. Dejaremos los detalles de la particular metodología del mando y la instrucción en unidades legionarias que se conoce como el “estilo legionario” en el discreto lugar en el que debe permanecer.

Corneli era un tío muy serio para su trabajo, responsable y preocupado por su gente. Una noche de tantas, estaban el cabo y los rancheros en la cocina del hotel que se empleaba para cocinar el rancho del destacamento, cuando se coló por allí un musulmán joven, con el kalashnikov reglamentario, mucha cartuchera, alguna granada de mano y la bayoneta nueva de trinca. Un despliegue impresionante para un tipo con aspecto de recluta y además colocado como un piojo.


El impacto que se llevó la vida del legionario J.L León Gómez 
Debe ser que los musulmanes de Bosnia tienen bula para consumir alcohol o lo que sea que tengan los musulmanes para estos casos, pero lo cierto es que se ponían de rakia hasta las tachas, como dicen en Canarias. Pues bien, el musulmán que irrumpió en la cocina estaba hasta arriba de alcohol y fue entrar, meter un cartucho en la recámara del arma y encañonar a los legionarios que andaban por allí a sus tareas culinarias. Que hay que ver con que facilidad te encañonaba esa gente a las primeras de cambio, costumbre que me ponía de los nervios en cada ocasión que ocurría, que fueron muchas.

Pero, dejemos las particulares manías de esa gente y volvamos a lo que les estaba contando. El cabo que andaba a lo suyo, levantó un poco la cabeza y sin inmutarse le dijo al tipo que se largara. En defensa del musulmán habrá que decir que si en castellano era complicado entender a Cornelli, es de suponer que en croata tampoco fuera un prodigio de claridad. No sé que entendería el “rambo musulmán” pero se puso como una pantera hidrófoba y les informó con maneras muy descompuestas que los iba a matar a todos. El cabo suspiró, soltó el remo con el que removía el guiso, se limpió las manos en el trapo que llevaba a la cintura y antes de lo que tarda en persignarse un cura loco se fue a por el musulmán, le quitó el AK y le partió la cara a conciencia, vamos que le dio un repaso monumental.

Cuando el miliciano ya no podía ni defenderse, lo dejó tirado en el suelo, cogió el fusil y lo desmontó pieza a pieza. Y allí fue Troya, porque sorprendentemente el bravo combatiente musulmán devino en borracho lloroso y balbuciente; no sabía montar su arma y entre súplicas y sollozos pedía que André le montara el fusil.

Corneli lo miró con desprecio, lo cogió por el cogote y a rastras lo echó de la cocina y tras el bosnio fueron las diferentes piezas del AK. Miró a su alrededor y muy despacio, casi gustándose, dijo: Estos cabrones tienen que aprender a respetar nuestro trabajo y continuó removiendo el guiso...

Una demostración que se puede ser buen cocinero y tener mano y agallas para hacer frente a un tipo con un fusil de asalto en las manos. Pero lo que de verdad define el especial carácter de Cornelli, sucedió mucho después. Una mala noche los croatas lograron meter tres granadas de mortero de 121mm en el recinto del destacamento. Una precisamente hizo blanco en la pista de balonmano, la metralla de la explosión se llevó la vida del legionario José Luis León Gómez (DEP) de 21 años que montaba el servicio de imaginaria. Además provocó heridas graves a diecisiete españoles, que se encontraban durmiendo en sus contenedores, Cuando se comenzó a atender a los legionarios y soldados heridos, el Cabo Cornelli al que la metralla le había interesado el hígado y tenía más de doce perforaciones en el intestino y estaba para ingresar en la UVI, se negó a ser atendido hasta que no lo hicieran antes con sus legionarios.

Creo que las dos anécdotas ilustran perfectamente el espíritu que anida en el corazón de los rancheros legionarios. Hace falta mucho valor, desprecio al peligro, generosidad, entrega y amor por sus subordinados para hacer lo que hizo con total naturalidad el cabo André Cornelli en las dos ocasiones que les he contado. En esta vida hay que tener siempre muy presente que a veces las apariencias engañan y que el hábito no hace al monje tal y como aprendió con dolor el "rambo musulmán" de esta historia

Así era el destacamento de Jablanica y así era la gente que allí estaba, me he salido algo del tema tal y como lo tenía pensado cuando me puse a escribir, pero creo que ha valido la pena.



Nosotros, los de la 2ª Sc de la Cía Austria, estábamos al amanecer del día 20 de junio de 1993 preparándonos para entrar de guardia. No lo sabíamos, pero iba a ser un servicio entretenido y movidito. Eso ya se lo contaré mañana, si todavía les quedan ganas de leerme.

viernes, 25 de abril de 2014

Juez Silva ¿Héroe o villano?

Elpidio Silva

Hace bien pocos días sostenía que, además de la crisis económica, sufríamos otra mucho más peligrosa y hablaba de la crisis moral que a mi parecer sufrimos como sociedad. Naturalmente  tendré que añadir aquello de sálvese quien pueda, pero en líneas generales creo firmemente que sufrimos un déficit ético muy preocupante.

Sólo una sociedad enferma puede aplaudir y apoyar a un individuo como el juez Elpidio Silva que se ha convertido en un  héroe romántico para muchos de nuestros conciudadanos que se han apresurado a transmutarlo de juez presuntamente prevaricador a inocente víctima del gobierno,  decidido a acabar con él  para evitar que  investigue el caso de Caja Madrid.

Particularmente Blesa me parece un sinvergüenza que muy probablemente terminará con sus huesos en la cárcel. Dicho esto, añadiré que Elpidio Silva me  resulta desde hace tiempo un trepa de manual. Un juez más preocupado por adquirir notoriedad que por llevar a cabo su trabajo y que metió la pata hasta el corvejón cuando mandó a la cárcel a Blesa, no una, sino dos veces, pasándose lo que dispone nuestro ordenamiento jurídico sobre la prisión preventiva por el mismísimo arco del triunfo.

Recordar a esos ciudadanos tan aficionados al ¡¡crucifícale, crucifícale!!, que los jueces de instrucción sólo pueden dictar prisión preventiva cuando se dan unos determinados supuestos, que no se daban ni de lejos en el caso Blesa. Y para esa gente que enardecida reclama cárcel inmediata para los imputados, insistir que en España no va nadie a la cárcel hasta que es condenado por sentencia firme y que la prisión preventiva no supone una pena, es una medida conducente a garantizar el buen fin de la instrucción y que sólo se puede aplicar si se cumplen una serie de requisitos.

Pero dejando aparte esta cuestión, da grima ver a un profesional de la Justicia faltando al respeto a magistrados y tribunales, observando una conducta propia del más abyecto de los picapleitos. Se me dirá que se está defendiendo y que en uso de su legítimo derecho de defensa puede hacer lo que le venga en gana, mientras observe lo que marca la ley.

Es cierto, pero también lo es que las acciones del juez Elpidio Silva, al que le faltó tiempo en cuantito lo empapelaron, para montar un partido y presentarse a unas elecciones, tienen más de maniobra torticera, fraude de ley y abuso del derecho de defensa que de medidas necesarias para demostrar su inocencia.

Que en el momento del inicio del juicio oral, Silva presente la petición de recusación de dos miembros del tribunal que le juzga - la del presidente “por falta de imparcialidad manifiesta" y la de la magistrada María Tardón, por "representar al Partido Popular" en la asamblea general de Caja Madrid - dice bien a las claras la falta de respeto que siente un profesional de la Justicia por los tribunales.

¿Falta de respeto por qué? se preguntarán algunos. Pues por la  extemporaneidad de la petición que se apoya en dos afirmaciones vacuas muy difíciles de sostener, una maniobra jurídica que solamente responde a una táctica dilatoria que  interesa a Silva por motivos políticos y nada tiene que ver con su defensa. No quiere que su juicio se produzca en el momento de la campaña electoral a las europeas en la que él es candidato. La falta de imparcialidad manifiesta, es un recurso con muy poco peso específico y lo de la magistrada es casi escandaloso, porque cierto es que representó al PP en una asamblea, pero eso sucedió en 1990 y la asamblea la componían 300 personas.

Para retrasar su juicio  intentó despedir a su abogado y el presidente del tribunal, en uso de sus atribuciones, le impidió hacerlo. Ahora, además de la petición de recusación  anuncia la presentación de una demanda civil contra ambos magistrados por la "flagrante y continuada violación" de sus derechos fundamentales, con la clara intención de crear una situación que obligue a los dos magistrados a retirarse del tribunal, al haber sido demandados por la misma persona a quien deben juzgar y conseguir así retrasar el proceso.

Una cosa es defenderse y otra muy distinta es demostrar a las claras que no siente el menor respeto por la Justicia y su administración. ¿Legal? para eso están los tribunales, pero desde luego ético no lo parece y sin embargo “el pueblo” lo aclama como héroe.

Por mí al juez Elpidio Silva y a su juicio  los pueden ir peinando, aunque sí he de decir que debiera preocuparnos a todos el hecho de que haya tanto ciudadano que en uso de su libertad, pero mostrando un  déficit ético preocupante, lo tenga por el paradigma de lo justo y benéfico.


Vamos por muy mal camino cuando un penoso chiquilicuatre es propuesto como ejemplo a seguir.


jueves, 24 de abril de 2014

Entrega final. Mostar 20 de abril de 1993



Así dejaron el Stari Most los croatas

El teniente Castro se echó a reír cuando escuchó la frase que solté con tono grandilocuente. No iba a ser el general el único en utilizar frases peliculeras, lo de parar una guerra me sonaba a película y quedaba bien.

Comencé a subir las escaleras. Mientras lo hacía me di cuenta que la preocupación me estaba pesando demasiado, a fuer de sincero debo reconocer que estaba francamente “acongojado”.  Me parecía que éramos una herramienta demasiado pequeña como para cumplimentar la misión. Respiré hondo y tragué saliva intentando que el nudo que tenía en la boca del estómago desapareciera. Pero afortunadamente, por sorpresa, mi servicio de atención sicológica personal, esa voz que todos hemos oído más de una vez, me habló lenta y claramente.

Me dijo: Miguel si cada vez que tus legionarios se enfrentan a una dificultad y parecen vacilar, tú les dices eso de “que si este asunto fuera fácil no habrían mandado a legionarios a solucionarlo” y el método funciona, aplícate el cuento, levanta el ánimo y recuerda que tienes un montón de almas a tu cargo, así que de frente con la legionaria y salga el sol por Antequera.

Sería una chorrada pero me sentí mucho mejor. Habíamos llegado al vestíbulo y pensé que era el momento de meterle las cabras en el corral a los dos oficiales que nos iban a acompañar. Me detuve y le pedí a Castro que explicara a los bosnios como íbamos a manejarnos en relación con su presencia. Obedecerían las órdenes que recibieran; evitarían cualquier tipo de discusión o enfrentamiento entre ellos; sucediera lo que sucediera no podrían empuñar un arma, deberían tener claro que dispararíamos a matar al que desobedeciera esta orden. No podrían abandonar el BMR sin mi permiso y evitarían, en la medida de lo posible, que los vieran sus respectivos adversarios.

Castro me tradujo y no les gustó ni un ápice lo que escucharon, intentaron discutir la jugada pero callaron al escuchar que los jefazos subían. Me miraron con mala leche, pero trincaron el pico. Salí a la calle y llamé a los jefes de vehículos, les expliqué lo que íbamos a hacer, les di la charla que correspondía y los mandé con su gente para que pusieran los motores en marcha. Retuve al 1º Guerra y le dije: Ojo con esos dos mendas, no hay que fiarse ni un pelo de ellos, sobre todo vigila al del HVO que me da muy mala espina, quiero que los tengas permanentemente controlados, si echan mano de la pipa te los llevas por delante, pero cuida de no desgraciar al teniente Castro que es joven y le queda mucha vida por delante.

Subimos al BMR por el portón trasero y la tripulación ocupó sus posiciones. Escuché al Cabo Metralla que andaba trasteando con la munición de la ametralladora. Enlacé por radio con la columna en demanda de novedades, todos estaban listos. Suspiré profundamente, me encomendé a la Providencia y ordené que nos pusiéramos en marcha.

A mi espalda Castro me iba señalando el camino, nos acercábamos a una zona en la que se oían muchos disparos, asomamos a una plaza en la que la sección de Recena estaba desplegada, lo llamé por radio. Mi compañero estaba profundamente cabreado, les habían disparado y si abría las escotillas lo volvían a hacer, pero le habían ordenado permanecer en ese lugar porque la plaza dominaba un acceso importante al barrio musulmán y me dijo que aguantaría allí hasta que le ordenaran lo contrario. Le desee suerte y corté la comunicación.

Nos dirigíamos hacia un puente Bradley, me acordé de una de las muchas recomendaciones que me había hecho mi capitán y ordené que lo cruzáramos de uno en uno, a mi espalda pude ver como el HVO desaparecía totalmente en el interior del vehículo. Cruzamos el puente y giramos a la derecha para dirigirnos al puesto de mando de la Armija. En la calle se veía mucha gente armada y su actitud no era nada amistosa. Pedí a Castro que el oficial de la Armija hiciera un esfuerzo por que se le viera y el tipo que, apenas asomaba los ojos por la escotilla, se puso de mala gana de pie con cara de cordero degollado.

Llegamos al PC musulmán y nos detuvimos. La gente nos gritaba, agitaban sus armas y unos cuantos hijos de puta se dedicaron a disparar al aire. El clima era de locura contenida, me preguntaba cuanto tardaría aquella gente, que parecía actuar sin que nadie los dirigiera, en decidir pasar de la actitud amenazante a la violencia. Para mi consuelo, por la puerta principal del acuartelamiento aparecieron tres individuos que se acercaron al BMR. 

Charlaron brevemente con nuestro acompañante y volvieron por donde había venido, Castro dijo que habíamos terminado allí y aliviado ordené que siguiéramos de frente para alejarnos de aquellos locos. Nos cruzamos con unos coches civiles que transportaban heridos a toda velocidad, marchábamos lentamente y de golpe pude ver la gasolinera en la que hacía unas horas  había estado esperando a mi capitán.

Castro me dijo que nos detuviéramos a la altura de la gasolinera y allí el oficial musulmán mantuvo una excitada charla con el que por lo visto era el jefe de la gente que por allí andaba desplegada y que protegían, entre otros objetivos, el acceso al puente.

Giramos y volvimos por donde habíamos venido, pero al llegar a la bifurcación en lugar de volver a entrar en el barrio musulmán cogimos una desviación que era la carretera que llevaba a Sarajevo circunvalando Mostar. Íbamos a volver a la zona croata a través de un puente que estaba situado más al norte.

Si digo verdad, guardo un recuerdo muy confuso de aquella noche. No conocía la ciudad, la oscuridad era casi completa, los disparos y explosiones no ayudaban en nada a mi concentración. 

Teníamos problemas cuando nos topábamos con grupos pequeños de combatientes porque tal era la confusión que no se sabía, hasta estar muy cerca de ellos, a que bando pertenecían. Mis dos bravos acompañantes habían decidido que era mucho más cómodo y sobre todo más seguro viajar en el interior del blindado y nos costaba Dios y ayuda convencerles para que se asomaran cuando hacían falta  porque  se arriesgaban a que les dispararan si topaban con la gente equivocada.

Personalmente había tomado una decisión no muy inteligente y desde luego nada prudente. En la plaza donde estaba Recena alguien había disparado una ráfaga de AK muy cerca de mi BMR. Me sobresalté y practiqué una “inmersión” urgente en el interior del blindado. No me pregunten por qué, pero me sentí avergonzado y decidí que ningún hijo de puta iba a conseguir que me metiera dentro, así que circulaba de pie y con medio cuerpo fuera de la escotilla.
Resultaba extraño llegar a un cruce de una avenida y toparte con unos tíos que estaban allí disparando su MG y pedirles cortesmente que dejaran de disparar para que pudiéramos cruzar, lo hice unas cuantas veces y cuando podía distinguir las escarapelas, sacaba de su refugio al acompañante correspondiente para que les anunciara la buena nueva. Se había ordenado por la autoridad competente, un alto el fuego.

Estuvimos patrullando unas tres horas, hasta que en uno de los altos que hacíamos para descansar en el cuartel general de la Armija, alguien decidió que ya no nos hacía falta el concurso de los dos oficiales y se largaron sin siquiera despedirse. Era cierto que el fuego había disminuido notablemente, pero había que seguir patrullando, aunque ahora sin guías.

Al principio procuré circular por terreno conocido, pero poco a poco me fui animando y cuando me quise dar cuenta me había perdido. No tenía ni idea de dónde estaba, las miradas circunspectas del Cabo 1º Guerra que ya ocupaba su lugar en la escotilla a mi lado, no me ayudaban nada. Para que se hagan una idea del tamaño de mi despiste, debo confesar que fui incapaz durante cuarenta minutos largos de localizar ¡el río Neretva! que cruza la ciudad de norte a sur.

Toda una experiencia. A lo largo de la noche nos pasó casi de todo, nos dispararon, nos amenazaron, nos insultaron. Aunque modestamente debo confesar que nosotros también aportamos nuestro particular peligro a las circunstancias. De hecho subiendo hacia el estadio del Velez Mostar, una zona arbolada en la que los croatas tenían un hospital, el BMR de transmisiones no se llevó puesto de milagro a un hijo de mala madre que estaba medio oculto con un RPG, lo cuento, porque todo no va a ser meterme con mi conductor, el pobre Morales que estaba desesperado con mis órdenes sobre la marcha que a veces era dubitativas y alguna vez contradictorias.

Pero dijo alguien, supongo que sería Pero Grullo, que todo lo que empieza acaba y poco a poco llegó el amanecer y con él se nos ordenó volver al cuartel general de la Armija. Cansados, aliviados y muy satisfechos hicimos alto y tras dar las novedades reglamentarias, ordené que la gente comiera, descansara, y sobre todo, que no se desperdigara; el ambiente había cambiado,  los de la Armija resultaban casi amistosos y yo conocía a mi gente.
Me senté en uno de los escalones de acceso al acuartelamiento y me fumé tranquilamente un cigarrillo, nuestra acción y la fatiga de los combatientes, había conseguido que no se oyera siquiera un disparo. Pensé que era un milagro, pero un milagro de los de verdad que cuatro “mataos” y un general “raro” hubiéramos conseguido parar el conflicto. Cuando se hiciera de día, volveríamos a patrullar por la ciudad, pero simplemente para que los ciudadanos de Mostar nos vieran. Lo haríamos hasta que nos relevara la caballería que estaba en el CG de la AGT y cuando eso ocurriera bajaríamos a Dracevo.

Estábamos reventados, había sido mucha la tensión y llevábamos muchas horas sin descansar como Dios manda y además estábamos pagando el bajón de la adrenalina, pero la cosa había salido bien. Un armija interrumpió mis pensamientos para ofrecerme un café, un detalle que decía bien a las claras  cómo habían cambiado las cosas.

Llegó la caballería, se hizo cargo de aquello a su manera y a nosotros nos tocaba irnos ya a nuestro destacamento, Pellman nos despidió ceremoniosamente, nos felicitó y estrechó la mano a los oficiales. Las cosas debían ir muy bien, porque percibí un atisbo de sonrisa en el rostro impenetrable del capitán que le acompañaba.

Luego las cosas se complicaron y a media tarde la Cía Austria al completo fue reclamada para subir urgentemente a Mostar, donde se había vuelto a liar la de Dios es Cristo. Tristemente eso sucedió y nos tocó vivir otra noche toledana en la que acontecieron sucesos difíciles y oscuros que le costaron el puesto al tal Pellman. 

Pero eso es harina de otro costal y no sé yo si tendrá cabida en otro relato. Así que hasta otra y muchas gracias por el favor de su lectura.




miércoles, 23 de abril de 2014

Cuarta entrega. Mostar 20 de abril de 1993

El Alfa 21 y su tripulación. Sobre la cabina del conductor, el legionario Morales

… Mientras el capitán se dirigía a su BMR, me di la vuelta y le grité a Ávila que la gente embarcara y pusieran los motores en marcha. Instantáneamente escuché el rugido del motor de mi BMR, sonreí, como siempre el 1º Guerra había estado atento a la jugada; subí al blindado y luché con el casco de transmisiones hasta ponérmelo, miré  a la columna y pregunté a los Alfa si había novedad; todos los vehículos tenían el motor en marcha y estaban listos para partir, les ordené seguirme y que mantuvieran la distancia entre vehículos.

Por la línea interna ordené a Morales que siguiera al BMR del capitán, que se había puesto en marcha y avanzaba en nuestra dirección. Al pasar a mi altura vi al Capitán Romero hacerme gestos  para que lo siguiera, Morales movió el BMR y en el giro no se llevó por delante a tres musulmanes que estaban cuerpo a tierra en el costado de la carretera, porque Dios es grande. A pesar de los auriculares oí los gritos de los de la Armija que debían estar acordándose de nuestra parentela hasta la quinta generación como poco. Le grité a Morales que estuviera más atento y me aseguré que el resto de BMR,s me siguieran.

A bastante distancia pude ver al vehículo del capitán que giraba a su derecha, maldije entre dientes la prisa que siempre llevan los jefes y cuando iba a utilizar la radio para pedirle que aminorara la marcha me percaté que el blindado aminoraba la velocidad. Cuando llegué a la desviación, lo entendí, estábamos ante un puente que cruzaba el Neretva  y en su acceso los croatas tenían instalada una cosa entre barricada y barrera que permitía  solo el paso de un vehículo, Romero estaba casi detenido esperándonos.

Desde ambos lados del río se tiroteaban con un fuego no demasiado intenso de fusilería y alguna ráfaga de fusil ametrallador. A pesar de que había visto al pasar que los musulmanes, tenían RPG,s y ametralladoras, no las estaban usando y el fuego casi cesó cuando comenzamos a cruzar los soldaditos de UNPROFOR. Me pareció una buena señal, aunque a la vista de la nochecita que pasamos después, tengo que reconocer que como profeta no me hubiera ganado la vida.

El Cabo 1º Arienza comprobando los efectos de la metralla en su BMR
Me aseguré que el BMR del 1º Arienza  que cerraba la columna hubiera pasado el puente y se lo comuniqué al capitán, tuve alguna dificultad porque Recena y su particular facundia radiofónica tenía la frecuencia ocupada, parecía que estaba recibiendo fuego y lo comunicaba extensa y detalladamente. Mientras tomaba nota de lo difícil que resulta mantener la disciplina en las transmisiones, me di cuenta de la terrible oscuridad que nos rodeaba,  nunca había estado en una ciudad en la que no lucía una sola luz y el resultado era impresionante.

Nos alejamos del puente por una vía paralela al río, desde la parte alta de Mostar y el monte Hum podía ver como los proyectiles trazadores buscaban sus blancos en el otro lado del río. Llegamos a  una avenida bastante ancha flanqueada por arbolado, la radio crepitó y Romero dio orden de hacer alto y  que permaneciéramos muy alertas.

A pesar de la casi total oscuridad divisé  al frente un coche pequeño de color blanco, que parecía un 127 o su copia bosnia. Se encontraba detenido en mitad de la calzada en el mismo sentido que llevábamos nosotros. El capitán informó que había un hombre en el interior del vehículo, que él iba a adelantar  al coche para cubrirlo por el frente, yo debería cubrir con dos blindados los costados del coche y comprobar si el ocupante estaba vivo.

Ordené  a Ávila que se acercara hasta el 127 por su derecha y que detuviera el BMR de manera que  lo protegiera y me dispuse a hacer lo mismo por el costado izquierdo. El sargento 1º que debía estar en modo “optimista antropológico” me preguntó si la maniobra era parte de un supuesto o era un caso real. No me dio tiempo a contestarle, de ello se encargó el hijo de mala madre del tirador de una MG que nos lanzó una larga ráfaga de advertencia por encima de nuestras cabezas, así que nada hubo que aclarar.

Me acerqué despacio, por aquello de que Morales no se llevara puesto el coche, le mandé hacer alto y por mucho empeño que puse no pude ver nada, el capitán había ordenado que no abandonáramos los vehículos así que encendí una linterna aunque no me hacía maldita la gracia, pero ya se sabe que cuando toca, toca y que además Dios protege a los tontos y por lo tanto no debía preocuparme demasiado. Por desgracia lo mismo le pasaba al ocupante del coche al que alguien le había quitado todas las preocupaciones reventándole literalmente la cabeza de un disparo. Iluminé el interior por si veía algún arma, no vi nada, excepto una mancha casi negra que ocupaba toda la pechera del pobre desgraciado al que al parecer le habían metido unos cuantos tiros por el cristal delantero.
El letrero advierte: ¡Cuidado francotirador!

Se lo comuniqué al capitán y como nada podíamos hacer por él se puso en marcha y sin tener ningún tropiezo reseñable  más allá de algún que otro mosqueo a cuenta de disparos que se producían a nuestro paso, aunque todavía no habíamos recibido ningún impacto en los blindados, circulando por unas calles invadidas de una oscuridad casi absoluta nos plantamos ante un edifico de al menos siete plantas en el que la Armija tenía su cuartel general en la zona croata de Mostar. Montamos el cirio correspondiente, entre que llegamos, colocamos los vehículos en una posición adecuada y montamos un servicio de seguridad  medio decente.

El capitán me indicó que teníamos que asistir una reunión importante, le pedí me concediera un minuto y reuní a los jefes de pelotón, les ordené que procuraran que la gente durmiera por turnos, que orinaran, comieran algo, llenaran las cantimploras y que no se confiaran bajo ningún concepto. Pregunté por los legionarios y me dijeron que estaban perfectos y con ganas de intervenir. Miré a la puerta y allí estaba el capitán Romero, esperándome pacientemente.

Le dejé el cetme a Guerra y mientras se desataba un feroz tiroteo que venía de la parte del río, más al norte del puente que habíamos cruzado, subí los escalones de dos en dos. Con el capitán se encontraba el teniente Castro de mi Tercio, un tipo simpático y alegre, que dominaba el inglés y a cuenta de eso terminó de oficial de enlace en la misión y allí estaba llevando a cabo su labor.

Los de la Armija que estaban de guardia nos miraron atentos, desde luego no había simpatía alguna en sus rostros. Seguí a mi capitán que entró en un pasillo que terminaba en una escalera que bajaba a un sótano que estaba perfectamente iluminado. En él estaba el general sueco, no recuerdo bien su nombre, me parece que era Pellman, acompañado por un capitán que llevaba un ordenador portátil y un sargento que supongo que a falta de otra cosa que hacer se ocupaba de  ponerle y quitarle el chaquetón al general.

El Cabo 1º Guerra y un servidor tomando un café.
Estaban de pie esperándonos. En la habitación se encontraban, separados por una gran mesa de reuniones, dos militares, uno del HVO y otro con la escarapela de la Armija, que por su aspecto tenían que estar en la parte alta del escalafón, dos acompañantes con aspecto de escoltas  flanqueaban a cada uno. No llevaban armas largas, sí lucían pistolas al cinto y pude ver que uno de los croatas tenía un bulto en el bolsillo lateral del pantalón, que me hubiera jugado la vida a que era una granada de mano y seguro que no la  hubiera perdido.

Pellman se acercó a la mesa que ocupaba casi toda la sala y nos señaló el lugar que debíamos ocupar. Estaba serio, pero parecía sereno. Con pocas palabras, secamente, situó a su izquierda al musulmán y a la derecha al croata, ambos tomaron asiento acompañados de sus respectivas escoltas. A continuación, separado de los del HVO por una silla vacía hizo sentar al capitán Romero y a Castro y a mí nos señaló los asientos que estaban frente a nuestro capitán. Castro me susurró que los jefazos bosnios eran los generales al mando de las fuerzas del HVO y la Armija  que hasta hacía unas horas eran aliadas y ahora andaban a tiros por toda la ciudad. El capitán tras colocar el portátil sobre la mesa se hizo con una silla y se sentó detrás del general ligeramente a su izquierda. El sargento continuó de pie cuidando el chaquetón del general.

Éste en inglés presentó  a los asistentes, terminada la presentación se sentó y comenzó un discurso que poco a poco fue subiendo de tono y degeneró en bronca monumental, subrayada por una serie de puñetazos sobre la mesa. A estas alturas, ya saben los que siguen esta serie, que yo de inglés ando mal, tirando a peor, pero Castro, que en eso andaba sobrado, me iba comentando el discurso entre asombrado y preocupado, porque el sueco que debía tener una buena dosis de sangre vikinga, pero de vikingo sanguinario y bronqueras, estaba desatado y hasta yo, que no comprendo gran cosa de inglés, me sobresalté cuando escuché con claridad como insultaba a los generales.

El general les ordenaba que pararan los enfrentamientos y los amenazaba como si estuviera sentado en el PC de UNPROFOR y no en un sótano controlado por la Armija. El capitán Romero asistía impávido al broncón como si estuviera en una educada reunión internacional aunque lo del general era de una imprudencia y falta de tacto difícilmente soportable.

Cuando al sueco se le fue terminando el fuelle les tocó el turno a los naturales del país los  dos generales protestaron y discutieron acaloradamente mientras se acusaban mutuamente de haber iniciado el jaleo. Resultaba evidente que se conocían muy bien y tenías muchas cuentas pendientes que ajustar.

Al final se pusieron de acuerdo y comenzaron a discutir más calmados aunque con algún arrebato puntual del vikingo, al que todavía le quedaban ganas de abroncar a los contendientes. Por fin decidieron que mi sección saliera a patrullar, acompañado de un oficial del HVO, otro de la Armija y el teniente Castro que me haría de intérprete, con la tarea de convencer a los contendientes para que iniciaran un alto el fuego y se retiraran a sus acuartelamientos. Así me lo comunicó mi capitán, a mí se me vino medio mundo encima pero dije  lo que tocaba, es decir eso tan socorrido de: A la orden, pero que procurara que el croata de la granada de mano no viniera a la agradable excursión que se planeaba o al menos que dejara el artefacto a su compañero.

Me levanté, Pellman me hizo un gesto con la mano y me largó un discurso sobre la gran responsabilidad que tenía y la confianza que depositaba en mis subordinados y en mi persona. Personalmente no estaba para discursos y no me hacía ni puñetera falta que me recordara la responsabilidad que tenía. El sueco me dio una orden que me dejó turulato, me dijo que si recibía fuego que contestara con toda la potencia de fuego de mi unidad y que le llevara las bajas hasta él. La orden del sueco contravenía todas y cada una de las reglas de enfrentamiento que habíamos recibido. Miré discretamente a mi capitán, que con un levísimo encogimiento de hombros me dijo muchas cosas, eso sí, sin abrir la boca.

Pellman, que parecía haber recuperado la paz interior se incorporó, me dio la mano, sonrió y me dijo con sonrisa de conejo, poniendo énfasis en la frase: Tengan mucho cuidado ahí fuera, lo que me transportó a la serie de Canción triste de Hill Street. No sabía de qué iba, pero era raro de cojones, eso tenía que ser  o es que los generales suecos eran muy distintos a los que yo conocía hasta la fecha.

Me volví hacia “mis invitados” a los que no veía muy animados ante la tarea que nos esperaba, el croata parecía algo mustio a cuenta de la pérdida de su granada de mano. Sonreí a Castro y le dije, vámonos colega tenemos una guerra que parar...

Pero eso queda para la quinta entrega de este relato que no hay manera de que termine. Tengo puesta mi esperanza en ese dicho que asegura que no hay quinto malo. Aunque eso lo veremos mañana, si ustedes siguen ahí.

martes, 22 de abril de 2014

Tercera Parte. Mostar 20 de abril de 1993


Hubo que utilizar los parques como improvisados cementerios

Despacio, quizás pecando de un exceso de prudencia, la columna avanzaba por la carretera que nos iba a llevar a Mostar, acabábamos de pasar por un tramo que estaba flanqueado por unas viviendas y a la izquierda de la vía entre dos casas vi un carro de combate de inconfundible corte soviético, no fui capaz de identificarlo, me extrañó que no hubiera nadie a su cargo, pero bastante tenía con lo mío como para preocuparme de los carros de combate que me fuera encontrando. Por la línea que me comunicaba con la tripulación, el tirador de la ametralladora y el conductor me llegó la voz del cabo Metralla, ¿lo ha visto? me preguntaba, asentí y cuando pretendía dar la novedad a Dracevo me encontré casi de bruces con el primer check point que atravesamos sin que nadie hiciera acto de presencia; un problema menos, pensé para mi.

Lo comuniqué por radio y seguimos adelante, nos quedaban unos cuantos kilómetros para topar con el segundo check point del que me habían advertido que normalmente tenía una guarnición abundante y que anduviera con cuidado con las minas contra carro que ponían en la carretera para que los vehículos siguieran un itinerario que les obligaba a marchar muy lentamente. Así que andaba yo pensando en lo que me iba a encontrar en unos minutos, cuando de golpe a la salida de una curva, junto a una vivienda que había a la izquierda de la carretera me encontré con lo que parecía un check point artesanal. No me dio tiempo ni de advertir a Morales, éste por una vez en su vida había visto el obstáculo y metió un frenazo que casi me saca del BMR por la escotilla.

Dos burras y dos tableros de los de andamio de toda la vida constituían el puñetero puesto de control, bueno eso y un tipejo de mediana edad con un AK52, flaco, canoso, despeinado, con cara de haberse despertado hacía apenas unos segundos que me estaba gritando en croata muy cabreado. Yo no le entendía ni de casualidad, pero pillé algo que más o menos sonaba a mostaru, harvaska y musulmani, que supuse tenía que ver con el jaleo de Mostar.

Como no parecía que fuera a calmarse pensé en utilizar la llave mágica que me iba a solucionar el problema, nos lo habían explicado en Almería y yo tenía una fe inquebrantable en la instrucción. Así que le hice un gesto al 1º Guerra que estaba acordándose de la quinta generación del miliciano y le solté la frase que iba a abrirnos el paso, como el ábrete Sésamo abría la cueva de los cuarenta ladrones a Alí Babá

No respondo de la corrección de la transcripción pero sonaba así: Mi esmó spanski voinisi ud unprofora, que en castellano significa: Somos soldados españoles de UNPROFOR; pero aquella frase que nos habían jurado que servía para abrir los puestos de control, como quien lava, tuvo justamente el efecto contrario. El tipo se cabreó y muy excitado me dijo ne, ne, mientras se señalaba con energía el reloj y me colocaba un discurso del que no entendí ni jota.

Supuse que entre mostarus, unprofor, musulmanis y harvaskas, lo que me estaba diciendo el miliciano es que en Mostar se había liado la de San Quintín y que no eran horas para que los gilipollas de UNPROFOR anduvieran jodiendo la paciencia por la carretera y colocándole a él en un compromiso con sus jefes.

Miré al 1º Guerra que me estaba diciendo por lo bajini que lo mejor era que nos bajáramos los dos del BMR y nos hiciéramos con el tipo, porque si no se había acercado nadie hasta allí con el follón que estábamos liando, era señal que el miliciano estaba más sólo que la una y no íbamos a pasar por la vergüenza de que un pobre desgraciado nos detuviera.

Personalmente la idea me atraía, el tipo se estaba pasando tres pueblos y tengo que reconocer que soy de arrancada rápida, pero el problema residía en que me quedaban seis meses de misión por delante en los que tendría que pasar forzosamente por allí centenares de veces, porque estas cosas sólo se hacen bien y con cierta comodidad, si una vez que se ha solucionado el problema te vas y si te he visto no me acuerdo.

Así que decidí olvidarme de las frases que abrían controles milagrosamente y puse en marcha la solución hispana. Me quité el casco de transmisiones, saqué un paquete de Winston y le ofrecí un cigarrillo al poseso, que fue ver el tabaco y calmarse. Como no llegaba a darle fuego le alcancé un mechero de propaganda de mi tercio y el tío se lío a echar humo con el ansia de un fumador empedernido que no tiene tabaco ni esperanza de tenerlo en un horizonte próximo.

En tanto la nicotina calmaba sus nervios, le solté un discurso en castellano acompañado de muchos gestos, en el que le dije que efectivamente era muy tarde, pero que yo era militar y mis jefes, lo que son las cosas y las ganas de joder, me habían mandado para Mostar y tenía que pasar que llevaba prisa. El del control me miraba pensativo, fumaba y no apartaba el ojo del paquete de tabaco, sonreí, eché mano al bolsillo y le ofrecí un paquete de Winston.

Me río de los peces de colores y de las frases mágicas en croata chapurreado, en menos de treinta segundos el tipo había trincado el paquete de tabaco, dejado el kalashnikov apoyado en una de las burras y apartado los tablones, mientras sonriente, me hacía señas con la mano para que pasáramos. Y es que para estas cosas no hay nada como un poco de capacidad negociadora, que lo que no haga una bota de vino y unos paquetes de cigarrillos no te lo arregla un doctor en filología serbocroata ni mucho menos un licenciado de la Escuela Diplomática.

Tras dar la novedad correspondiente, me pareció la noche más clara, aunque lo cierto es que era de esas noches que como dicen los americanos, no se veía ni para jurar. La carretera más ancha y el estilo de conducción del legionario Morales resultaba hasta aceptable... o casi. Había descubierto que lo que nos habían contado en Almería no valía para gran cosa y que tendríamos que espabilar y me parecía bien, porque a buscarse la vida y enrollarse no creo que haya nadie que lo haga mejor que un legionario.

Le di más prisa a Morales y pasamos por el siguiente puesto de control, donde no había nadie a la vista,  tuve la impresión que esa gente, harta de que nadie circulara de noche por la carretera, habían optado por hacer horario diurno y dedicar las noches al rakia, las croatas y el descanso que es lo que hace la gente razonable en lugar de andar circulando por una carretera con un chorro de gente a su cargo, sin saber exactamente de qué van las cosas.

Estábamos ya muy cerca de Mostar y lo que son las cosas del querer y de las trasmisiones, no había manera de enlazar con Alfa Sierra Bravo que era el indicativo de mi capitán, ni con Alfa 11 que era el de Recena, pasamos por Buna y al poco vi la señal del desvío al aeropuerto, lo que quería decir que estábamos prácticamente en Mostar y a mí nadie me decía ni que bonitos ojos tienes. Estaba hasta los pelos de llamar, cuando la radio pareció que quería colaborar y se escucho una especie de ruido de fondo en el preciso momento en el que estábamos a unos centenares de metros de una gasolinera que alguien en el PC de la Bandera me había indicado como referencia.

En esto de La Legión hay que tener mucha fe y no atropellarse, porque de golpe oí a Romero que llamaba a mi indicativo, le contesté y le comuniqué que estaba llegando a la gasolinera de la entrada de Mostar. Me indicó que lo esperara allí que él vendría a recogerme. Respiré tranquilo, comuniqué con el resto de mis vehículos y poco a poco fuimos aminorando la marcha y nos paramos al costado derecho de la carretera.

Se oían disparos, coloqué un hombre de puesto por vehículo y ordené que el resto permanecieran atentos en su interior. Llamé al Sargento 1º Ávila y nos reunimos en la cabeza de la columna; en las cercanías se intensificaban los disparos de fusilería y las ráfagas de ametralladora. Vi como se acercaba un uniformado de la Armija dando voces y pidiendo por gestos que nos marcháremos de allí. Lo saludé e intenté darle de fumar en vano, el tipo estaba histérico e insistía en que nos fuéramos. En las cercanías pude ver elementos armados en posición, así que le pregunté si hablaba inglés, me dijo que no, me encogí de hombros y le dije que sólo sabía hablar en ese idioma. El tipo con un mosqueo del quince se fue a buscar a alguien que hablara el idioma de Shakespeare.

Ávila me miró de soslayo y comentó dubitativo, no sabía que usted hablara inglés. Y no lo hablo, le contesté ¿y entonces para que le ha pedido que viniera uno que lo hable? Pues para ganar tiempo Ávila, el tipo tiene que encontrar a alguien que se apañe con el inglés, si lo encuentra, entonces seremos nosotros los que buscaremos a alguien que lo chapurree. Espero que antes llegue el capitán.

Fue nombrarlo y por lo visto la noche se estaba enderezando porque vi como llegaba Romero. Le di la novedad y me dijo con cara de apuro: Miguel haz bajar a la gente de los BMR,s que formen al costado de los vehículos y le das novedades a un general sueco que está a cargo de esto. ¿Novedades mi capitán? Sí Miguel, novedades.

Es sabido de que donde manda capitán... Así que ordené a Ávila que la gente formara al costado de los vehículos. A lo lejos pude ver a los de la Armija que se acercaban, mandé firmes e izquierda y en el último momento, antes de arrancar con el trote cochinero que en La Legión se utiliza para ir a dar novedades, alcé la voz y dije: Si hay alguien en filas que sea más que teniente, que salga de la formación. De la oscuridad al lado del BMR ambulancia surgió una voz mosqueada que decía, soy teniente coronel ¿eso vale? Le contesté, sí mi teniente coronel salga de filas por favor, que voy a dar la novedad.

Me acerqué rápidamente hasta dónde se encontraba el grupo del capitán, al frente ligeramente separado de los demás, estaba el general sueco, me cuadré y le miré a la cara, creo que los dos estábamos pensando lo mismo, ¿está la noche como para andar dando novedades? Se las dí, impasible me contestó al saludo y mirando al Capitán Romero dijo en inglés que era hora de irnos.

Observé como la distancia que nos separaba de los musulmanes se recortaba muy deprisa, no parecía que vinieran para hablar ni en inglés ni en cualquier otro idioma. Oí como Romero me decía, Miguel que tu gente embarque. Nos vamos, sigue a mi vehículo....

Mañana termina este relato, que espero que todavía les interese.


lunes, 21 de abril de 2014

Mostar 20 de abril de 1993. Segunda parte

Mostar, la ciudad del viejo puente


Ayer dejaba el relato en el momento en que, melancólico, contemplaba como la columna de blindados que mandaba mi capitán se dirigía a Mostar. Me había quedado en Dracevo y eso no tenía remedio, al menos eso creía yo, así que me puse a la tarea de buscar acomodo para la tropa que no es que fuera trabajo de mucho lucimiento, pero alguien tenía que hacerlo y me había tocado a mí. Hice de tripas corazón y me  recordé a mí mismo la frase que repetía frecuentemente a los legías cuando pintaban bastos:  “En el Tercio, para lo que se tercie”  y me puse a trabajar.

Me encontraba en la puerta del barracón que había sido el comedor del destacamento hasta hacía unos minutos y que ahora estaba pasando a toda velocidad a ser el dormitorio de tropa de la Cía. Austria y mientras me fumaba un cigarrillo, escuchaba distraídamente al Cabo 1º Guerra que animaba a los legías a practicar las virtudes del trabajo, la limpieza y el orden, con su estilo característico.

Sonreí, el 1º Guerra era un fenómeno. Un legionario de los de antes, ceñudo, valiente, muy exigente consigo mismo, con sus subordinados y sobre todo... con sus jefes, que el puñetero no te perdonaba una. Pecaba en ocasiones de cascarrabias pero era un hombre que amaba profundamente a La Legión, estaba orgulloso de su empleo y, espero que  no lea esto,  quería a los legías como un padre, aunque los breara a broncas.

A mi espalda escuché un taconazo, me volví y me encontré a un  legionario que, en el primer tiempo del saludo, me decía que el Teniente Coronel  me requería con urgencia en el PC.  Pensé en el viejo dicho militar que advierte que del superior y del mulo cuanto más lejos más seguro. Pero como mi parachoques, es decir, el Capitán Romero, estaba en Mostar sabía que me tocaba ir para allá, esperaba que los dioses me fueran propicios y no tuviera que responder de algún desaguisado de mi gente, porque si el que me llamaba era el jefe, la cosa no podía ser menor.

Me apresuré a comunicar al Sargento 1º Ávila que se quedaba al cargo de todo aquello y me dirigí con rapidez a Mando Bandera, no quería que el jefe del cotarro se impacientara. El Teniente Coronel Jefe del GT. Colón, era un viejo conocido, Enrique Alonso Marcili, “el mataosos” apodo que se había ganado de teniente en Smara, hacía ya muchos años.

El Teniente Coronel Alonso Marcili en el barrio musulmán de Mostar
Era un Jefe con muchos años de servicio en unidades legionarias, “sabe manera” que hubiera dicho un saharaui. Tenía una brillante hoja de servicios en el Sáhara como teniente y eso en aquellos tercios saharianos era  mucho; fue mi capitán en la 1ª Cía de la VII Bandera y tuvo a  bien mandarme al curso de sargento, favor que le sigo debiendo. Me gustaba su manera de ser y de mandar, tenía un estilo muy directo y exigente, algo brusco en ocasiones que molestaba a algunos, pero a mí siempre me han gustado los jefes que lo son, que para amigos y compañeros siempre hay tiempo, pero en momentos de dificultad lo que hace falta es un jefe.

Pedí permiso y entre en el PC, la verdad es que mientras me presentaba y una serie de caras me observaban con aire de reflexiva curiosidad, percibí un clima de tensión, pero de tensión tranquila, el follón que tenían montado los del aposentamiento contrastaba con la tranquilidad que allí se respiraba. El Tcol ordenó que me adelantara y me dijo: Tu capitán y Recena están en Mostar, detenidos y recibiendo fuego enemigo,  vas a ir con tu sección para reforzarlos.

Respiré profundamente y tragué saliva, un escalofrío me recorrió la espalda. Se me presentaba una misión importante, de mucha responsabilidad y dije lo que toca decir en estos casos: A la orden mi teniente coronel. Éste me pidió que tomara nota y me dictó la orden misión que me firmó sobre la marcha. Estaban por allí, que yo recuerde, el Comandante Mariñas, el Capitán Armada y el capitán de la Compañía de Apoyo, una unidad que hacía de puente entre las agrupaciones y llevaba allí ya tres meses con la Málaga.

El Teniente Coronel que me miraba con atención, me preguntó si tenía que hacer alguna pregunta. Sonreí para mí mismo, nos estábamos moviendo dentro del protocolo y aunque hablábamos de disparos, enemigo y compañeros en peligro, el intercambio de información se producía con la misma tranquilidad que si me estuvieran ordenando que entrara de guardia con mi gente.

Pregunté cómo se iba a Mostar, porque no tenía plano, oí que alguien me decía que saliendo del destacamento en cuanto llegara a la carretera asfaltada, girara a la derecha y ya todo tieso hasta la ciudad, información que me pareció del todo insuficiente.

Supongo que se apiadarían de la cara de apuro que debía tener y me acercaron al plano que estaba desplegado en una especie de atril para que viera la carretera que llevaba hasta la ciudad, me indicaron en qué lugares encontraría los checks points de croatas y musulmanes, calculé los kilómetros que los separaban del PC y tomé nota de las distancias. En lo que me pareció un espacio de tiempo muy breve me habían explicado todo lo que se me ocurrió preguntar, que tampoco es que fuera demasiado.
Un servidor en el  Destacamento de Dracevo, ya adecentado

El capitán de la Cía. de Apoyo que no sé yo si era un cachondo o un cenizo del tamaño de la catedral de Burgos, hizo un aparte conmigo y me dijo en voz baja: Lo que te han ordenado es una locura, por esa carretera sólo hemos circulado de día. Ten mucho cuidado porque colocan minas y trampas explosivas. Vete con calma que vas a ser el primero en circular por ella de noche. Lo miré por ver si estaba bromeando, pero para mí desgracia me encontré con una cara seria y preocupada.

¡Empezamos bien! pensé, mientras sentía una terrible urgencia por dejar el Puesto de Mando y acercarme hasta la columna que estaba  organizando el Sgto 1º Ávila, antes que cualquier alma buena se le ocurriera darme otro consejo o aclaración. El Teniente Coronel me miraba con  aire de estar preguntándose si aquel Cabo 1º que él había propuesto para sargento, habría evolucionado bien hasta llegar a teniente y me dijo:  Rives buena suerte, en cuanto estés listo das la novedad por radio y te autorizaremos la salida, nos vas dando tu posición cuando llegues a los checks points y cuando estés cerca de Mostar tu capitán, que estará a la escucha, irá a buscarte a la entrada de la ciudad o ya te dirá él  donde quiere que vayas.

Me despedí reglamentariamente y me apresuré a salir en busca de mi gente, mientras caminaba hasta la columna, a la que además de mis tres BMR, s se habían incorporado los blindados de transmisiones y la ambulancia, recordé aquella frase que advierte de que hay que tener precaución con lo que se pide a los dioses, porque a veces éstos te dan lo que pides. Sacudí la cabeza, ya tenía lo que quería aunque estaba preocupado. Procuré olvidar lo que me había dicho el Capitán de Apoyo y afecté toda la tranquilidad del mundo cuando Ávila se me acercó para dar novedades.

"Apatrullando"
 la ciudad
Todo estaba preparado sin novedad, le pedí que reuniera a los componentes de la sección y les expliqué lo que se esperaba que hiciéramos. Los legionarios parecían expectantes pero no demasiado preocupados, les ordené que subieran a los vehículos y me quedé con los jefes de pelotón a los que expliqué la disposición de la columna. Terminé mi charla y  pregunté si tenían alguna pregunta, nadie dijo nada, así que ordené que montaran y pusieran los motores de sus vehículos en marcha.

Mientras subía a mi BMR y comprobaba las transmisiones internas de la sección y el enlace con el Mercurio de transmisiones que me iba a asegurar el contacto con el exterior, me encomendé a todos los santos. Me esperaba un trayecto por una carretera desconocida y peligrosa y me iba a llevar por ella Morales, mi conductor, un chicharrero nacido en Venezuela al que decididamente Dios no había llamado por el camino de la conducción. Le había dado junto a otros muchos legionarios el curso de conducción de BMR y era tan malo, que me lo asigné como conductor porque no tuve valor de hacer que otro cargara con las “cosas de Morales” que con el volante de un BMR en las manos era más peligroso que un mono borracho con un subfusil cargado.

Tras solucionar un problema con el enlace con la ambulancia, que los médicos y las transmisiones no se llevan demasiado bien, como tendría oportunidad de comprobar a lo largo de la misión, decidí que era hora de ponernos en marcha. Di la novedad correspondiente a través del Mercurio y se me autorizó a salir del destacamento, le recordé a Morales una vez más que pusiera a cero el cuentakilómetros de parciales, para saber cuándo nos acercábamos a un check point y por la línea interna de la Sc ordené de frente en columna de a uno. Pude ver al Teniente Coronel Alonso a la puerta del PC observando la columna, lo saludé reglamentariamente y a pesar de la distancia  correspondió al saludo.

A mi izquierda en la escotilla se encontraba el 1º Guerra, que tenía a su cargo el puesto de tiro Milán que llevábamos en el interior del vehículo, lo miré y le sonreí, me hizo una mueca mientras le explicaba a voces al legionario Ascanio, el tirador selecto que llevaba el fusil con mira telescópica, como quería que vigilara desde la escotilla trasera, el legía lo escuchaba con atenta resignación, mientras Morales se las había arreglado para casi calar el BMR y eso que arrancábamos cuesta abajo.

Mientras me acordaba mentalmente de la parentela del chicharrero habíamos llegado al cruce, giramos a la derecha y recé para que aquello  de “y ya después, todo tieso hasta Mostar” se convirtiera en realidad. Las luces  exteriores del BMR no me permitían ver gran cosa, por la línea interna del vehículo le recordé una vez más a Morales que no acelerara demasiado. Mientras intentaba ver algo en la carretera pensé que íbamos demasiado despacio, pero no quiero engañarles, me acordé de lo que me había dicho el Capitán de Apoyo y automáticamente decidí que la velocidad era la correcta. Entretanto habíamos llegado a la altura del cruce de Caplina y lo comuniqué por radio al PC.

Acaba de empezar una noche toledana en la que iban a ocurrir muchas cosas, a nosotros y a mucha gente más, pero eso se lo cuento mañana, si todavía les quedan ganas.