lunes, 30 de junio de 2014

Algunas anécdotas bosnias (Final)

El arma del "crimen"
En Bosnia en ocasiones sucedían cosas que tenían su lado gracioso, aunque también tuvieran  su lado penoso y a menudo trágico; pero que conviene relatar porque ponían de relieve la terrible situación en la que vivían aquellas gentes y cómo eran capaces de arriesgar lo que hiciera falta para conseguir sobrevivir.  Por tanto no vayan a escandalizarse las “almas buenas” porque de eso se trata  en esta anécdota, que como todas las que componen el presente relato pretende poner a sus disposición una serie de detalles que a mí modo de ver, ayudan a comprender mejor, no lo que sucedía en Bosnia en aquel 1993 que es cosa más o menos sabida, pero sí explica de alguna manera cómo éramos los que por allí nos encontrábamos.

Estábamos en las postrimerías de la misión y pese a nuestro esfuerzo, las cosas se iban complicando en Mostar. No es que falláramos nosotros, es que la presión internacional no era todo lo contundente que debiera ser. Para que quede claro, los que realmente manejaban las riendas de la situación, todavía no habían decidido que el problema de Bosnia debía acabar, así de sencillo, así de terrible. Mientras tanto nosotros seguíamos empeñados en paliar las consecuencias que sufría la población civil, que en Mostar fue una salvajada de proporciones inhumanas.

Nosotros estábamos a punto de cumplir con el plazo de permanencia que la ONU nos fijaba y la situación se complicaba para los habitantes del barrio musulmán a cada día que pasaba. En lo que se refería directamente a nuestra misión, la situación de los combates por el control de Buna y de la zona oriental adyacente al río Neretva, habían añadido dificultades a nuestro trabajo. Entre otras cuestiones, ya no podíamos entrar en el barrio musulmán si no era a través de un itinerario que pasaba por el interior del aeropuerto de Mostar y a continuación por una pista de tierra batida por las armas  croatas y musulmanas.

Lo cierto es que salir y entrar en la zona musulmana de Mostar había devenido en un ejercicio en el que uno tenía la sensación de haberse convertido en un pato metálico de esos que se utilizan en las barracas de feria como blancos. Por mucho que uno circule en un blindado la sensación de recibir fuego resulta muy desagradable, se lo puedo garantizar. Por otra parte la población civil tenía menos comida y en sentido contrario crecía entre ellos la sensación de que si los croatas cerraban definitivamente el cerco, a los musulmanes no les iba a quedar  otra que defenderse hasta morir  o esperar a que los degollaran.

La parte "buena" de la nueva salida de Mostar
Como les comentaba, la primera parte de la pista que desde el barrio musulmán te llevaba hacia las pistas del aeropuerto, era una zona muy desagradable para circular.  De tierra, apenas algo más ancha que una senda, ondulada y con bastantes curvas a pesar de atravesar una zona sensiblemente llana, con lo que los tiradores podían hacer puntería sin demasiados problemas.

Mi bautizo en su utilización fue de la mano del teniente coronel Alonso Marcili que un buen día apareció por Mostar sin avisar, como era su costumbre y nos enseñó el camino que habríamos de seguir a partir de esa fecha. Antes de salir ordenó que se cerraran las escotillas y debo confesar que lo de cerrar la escotilla era un problema para mí. Soy de los que cuando pintan bastos,prefiero ver. No sé si les ha pasado ustedes de cuando les han tenido que hacer una cura un poco complicada el médico o la enfermera les hayan dicho eso de “es mejor que no mire”. Cada vez que me lo han dicho, les he explicado que personalmente prefería ver lo que me hacían y siempre tuve la impresión de que no se comprendía demasiado bien mi empeño.

Por lo tanto ordené cerrar la escotilla trasera y la delantera en la que iba siempre el jefe de vehículo, la cerré pero no del todo, dejé una abertura que me permitía observar el terreno  y los detalles de la pista por dónde circulábamos. La columna salió a una velocidad normal, pero en cuanto llegamos a la la pista de tierra, por radio se nos ordenó acrecentar la velocidad y me van a perdonar la ordinariez, pero pasamos “follaos”, creo que ésta es la descripción que mejor refleja lo que hicimos. 

Nos tirotearon a modo, a mí me pareció que lo hacían desde  los dos bandos, aunque no pueda jurarlo  y ya en cuanto enfilamos el camino al aeropuerto volvimos a nuestra “velocidad de crucero” normal. Llegamos a Dracevo sin novedad y cuando me despedí personalmente del teniente coronel, Marcili me miró fijamente y muy seco me dijo ― Rives cuando digo que hay que cerrar las escotillas, se cierran.
― A la orden mi teniente coronel, si no ordena  ninguna cosa más ― le dije con muchas ganas de desaparecer y en cuanto me autorizó, salí de allí haciendo fú como los gatos, devanándome los sesos, intentando adivinar cómo se había dado cuenta el teniente coronel  del detalle de la  escotilla.
Así que ya les digo que circular por esa pista no era demasiado agradable y pasábamos por allí lo más rápido que nos era posible.

Un día, estaba de misión en Mostar con mi gente y no sé cuál pueda ser la razón porque no la recuerdo, pero conmigo estaba el teniente Menéndez Moro, jefe de la primera sección de la Cía. Austria, nos preparábamos para volver a Dracevo.  Moro iba en su blindado en cabeza de la columna, yo iba justo detrás de su BMR, salimos del barrio dejando bastante distancia entre vehículos, como medida de seguridad, llegamos a la pista de tierra y aceleramos, porque ese día llovían generosamente los disparos, además del fuego de fusilería habitual, algún hijo de mala madre estaba probando su ametralladora MG y lo hacía utilizando los blindados como sus  blancos.

Cualquiera que sepa un poco de armas o haya estado bajo el efecto de su fuego, sabe que la MG es una ametralladora temible, así que íbamos que daba la impresión que las ruedas de los BMR no tocaban el suelo. Tanto Menéndez Moro como yo, ocupábamos el lado derecho de la escotilla delantera de nuestros respectivos blindados, lo explico porque esa posición fue importante a mi parecer para lo que ocurrió y me dispongo a contar.

En aquel pandemónium de velocidad, volantazos y disparos, pude ver a unos cien metros a vanguardia, en la parte exterior de una curva que giraba levemente a la derecha a una mujer que nos pedía comida por señas,  se llevaba los dedos de su mano unidos por sus yemas a la boca; aquella mujer se estaba jugando literalmente la vida, así tendría que ser de negra su hambre y apurada su situación. Vi como Javier Menéndez se agachaba y cuando se incorporó llevaba en su mano una ración de comida enlatada de las de previsión, la lanzó hacia la mujer con la mala fortuna que al tener que pasarla por encima de la proa del BMR, por estar la mujer a la izquierda del vehículo, con la velocidad, los saltos y los cambios de dirección calculó mal y la caja impactó en la pobre bosnia.

La caja de la ración, debería pesar más o menos unos ochocientos gramos, por lo que si al peso sumamos la velocidad del blindado y la del lanzamiento, el impacto tuvo que ser muy duro, vi a la mujer, una anciana para más inri, cómo caía al suelo, ordené a Morales que aflojara la marcha, porque por allí no se veía bicho viviente y no la íbamos a dejarla tirada en mitad de la nada, sola y con lo que estaba cayendo. Afortunadamente la vi levantarse, coger la ración y sin solución de continuidad seguir con sus señas en mi dirección, pedí que me alcanzaran tres raciones, que el 1º Guerra siempre atento a todo lo que ocurría, metió en una de las bolsas de plástico vacías que teníamos en el blindado y con mucho cuidado se encargó  él mismo, que iba en el lado en el que se encontraba la anciana de dejar caer el paquete al llegar a su altura.
Contenido de una ración de previsión
Por radio tranquilicé a Menéndez Moro, que estaba como era natural muy disgustado y preocupado y seguimos nuestro camino. Total que no pasó nada gracias a Dios y también a la resistencia del cráneo de la anciana que tenía que tenerlo de acero fundido. Los legionarios se  lo tomaron a risa y se cachondearon tanto de la pobre anciana, como del teniente. Y eso fue lo que pasó… aquel día.

A la semana más o menos  se volvió a repetir la situación, salíamos de Mostar como alma que lleva el diablo y también venía Menéndez Moro, lo único que había cambiado es que esta vez iba yo en cabeza y que los disparos eran menos abundantes que en la ocasión anterior. Mientras intentaba dirigir la conducción de  Morales - todavía no había perdido la esperanza de que me hiciera caso, a pesar de llevar casi seis meses  en los que lo que yo le decía, le entraba por un oído y le salía por el otro -  pude ver a lo lejos, en el mismo lugar que la semana anterior, estaba la anciana que entró en actividad frenética en cuanto nos vio.

Seguía pidiendo comida y alzaba una mano con ese gesto que se hace para pedir, preparamos un  par de raciones y algunas latas sueltas, que es lo que nos quedaba en el blindado y las metimos en una de las bolsas que llevábamos, para que no se desperdigaran demasiado las latas, aflojamos la marcha y cuando Guerra iba a dejar caer las bolsas, vi como la anciana miraba al blindado que me seguía y a pesar de la distancia lo identificó de inmediato, de tal manera que a toda prisa pasó a pedir con una mano, mientras que con la otra se protegía la cabeza.

Era una anciana pero además de tener la cabeza muy dura, disfrutaba de una agudeza visual envidiable. Su reacción hizo que tuviera un ataque de risa, por una parte pensé en lo injusto que era que en el barrio musulmán de Mostar, el buenazo de Menéndez Moro tuviera fama de descalabrador de ancianas, por otra me sorprendió la capacidad de la mujer para identificar al autor del impacto de la semana anterior y finalmente reflexioné sobre la situación de la anciana, que le obligaba a jugarse la vida, entre los disparos croatas y los impactos de la raciones de previsión de los cascos azules de UNPROFOR, para paliar de alguna manera el hambre que sufrían, ella y seguramente los suyos.

Así era la vida de aquella gente y con ellos convivimos durante seis meses, una experiencia muy dura para nosotros, qué decir de lo que ellos sufrieron. Por eso les he contado la aventura de la anciana y la ración de previsión, con ella termino el presente relato.


La semana que viene les contaré como nos pusimos de parto en el A-21 mi B MR.

domingo, 29 de junio de 2014

Algunas anécdotas bosnias (Cuarta entrega)

San Isidoro de Sevilla, sabía hasta de "peinetas"
Seguimos con el relato de algunas anécdotas que de manera consciente buscan referir sucesos que tengan una menor carga emocional, que otros que ya les he contado. No tienen mayor importancia, no aparecerían en ningún relato serio, pero creo que tienen el valor importante de la intrahistoria, del detalle que enriquece, del matiz que ayuda a comprender mucho mejor el cuadro general de aquella guerra y nuestra intervención en ella.

Resulta curioso el hecho de que en aquellas tierras de Bosnia, los legionarios de la AGT Canarias en general y los de la Cía. Austria en particular, estuvieran dispuestos a soportar con llamativa tranquilidad los disparos, morterazos y bombardeos provenieran de los croatas o de los musulmanes, mientras que montaban en cólera en cuanto la cuestión pasaba a lo que ellos entendían como el terreno de lo personal. Probablemente la explicación habría que buscarla en que lo de las agresiones armadas eran percibidas por ellos como algo que tenía que ver con su condición de legionarios y por tanto las aceptaban como cuestiones inherentes a su oficio, mientras que las burlas, insultos o faltas de respeto ofendían a sus personas y eso les resultaba intolerable.

Debo confesar, que en ocasiones, resultaba muy difícil evitar caer en la tentación de tomarse las cosas que por allí sucedían a título personal. Había que tener cuidado con ello porque resultaba relativamente sencillo y era muy peligroso; cuando uno se mueve en situaciones tensas o comienzan a llover los disparos, lo aconsejable es tener la mente fría y los que se cabrean no la tienen.
Ya saben lo que es
Pero en esto como en casi todo, había gente más proclive a caer en ese problema de percepción que otros. Personalmente procuraba tomarme las cosas como lo que eran, sucesos que nada tenían que ver con mi persona y que eran consecuencia del oficio que nos había tocado en suerte ejercer, el de soldadito de UNPROFOR, aunque tengo que reconocer que en ocasiones resultaba terriblemente difícil mantener la cabeza fría y no entrar por la vereda del cabreo personal.

Pero tampoco era tan raro como pudiera parecerme, al fin y al cabo mis legionarios, dignos herederos de los Tercios de Flandes, en eso como en otras muchas cosas, tenían hábitos muy parecidos a los de sus ilustres predecesores, que como bien explicaba nada más y nada menos que Don Pedro Calderón de la Barca, parece que reaccionaban de manera parecida. Así lo explica D. Pedro:

Sufren a pie quedo
con un semblante, bien o mal pagados.
Nunca la sombra vil vieron del miedo,
y aunque soberbios son, son reportados.
Todo lo sufren en cualquier asalto;
sólo no sufren que les hablen alto.

Normalmente los civiles no combatientes, porque los había que combatían, nos trataban bien y por lo tanto no teníamos demasiado problemas con ellos, pero algunos de aquellos no combatientes, fuera por la razón que fuera, se inclinaban en ocasiones por ofender, insultar, cuando no a apedrearnos cuando pasábamos por sus pueblos. Debo decir que estas cosas sucedían generalmente cuando los combates iban mal para los suyos o se habían producido muchas bajas, en esos momentos algunos ciudadanos se inclinaban por pagar sus frustraciones con nosotros.

Personalmente comprendía lo que había y mi cerebro me decía que pasara de esas cosas que no tenían maldita la importancia, pero a veces uno también llevaba a la espaldas y repleto su particular morral de mosqueos y  costaba mucho no reaccionar.

En Bosnia cada uno de los bandos saludaba gestualmente de forma distinta, lo hacían todos, militares con y sin graduación, niños, mujeres, ancianos, etc., etc. Los croatas levantaban la mano derecha y abrían sólo dos dedos, el índice y el medio; para entendernos, el mismo gesto que usted utiliza cuando quiere decir dos por señas; ese era el saludo croata. Los serbios sacaban también la mano a relucir, pero con tres dedos abiertos, el pulgar, el índice y el medio y por fin los musulmanes que debían haber llegado tarde a la moda y les quedaban pocas combinaciones "digitales", saludaban con el mismo gesto que en España utilizamos cuando decimos cuatro por señas, todos los dedos de la mano abiertos, exceptuando el pulgar.

Cuando circulabas por esa carreteras de Dios en Bosnia, podías encontrarte con gente que te saludaba, lo normal era que lo hicieran agitando la mano tal y como hacemos todos, pero había ciudadanos que preferían demostrar con quien estaban sus preferencias. No tenía importancia, pero a veces vale mucho más la intención que el propio gesto y cuando estabas cansado o volvías de una misión en la que la habías pasado canutas porque los colegas del ciudadano que te saludaba, te habían frito a morterazos, tenías la sensibilidad a flor de piel y si encima el cabrito de turno te saludaba con la intención de mosquearte, pues te mosqueabas, que dicen que la carne es débil, pero a mí lo que me parece que es débil, es la razón, que casi siempre termina siendo vencida por el instinto.
Los viejos Tercios de Flandes

Sirva todo este proemio para explicarles una cuestión que tampoco es que sea importante pero que por cosas de la vida, al final me costó un viaje a Medjugorje para mantener una charla “constructiva” con el comandante de EM que llevaba la segunda sección de la Plana Mayor de la AGT. Canarias, y con estas cosas hay que tener todas las precauciones del mundo, porque se sabe cómo empiezan, pero nadie sabe cómo pueden acabar. Es lo que pasa cuando la gente se aburre en las oficinas de las planas y no tienen cosa mejor que hacer que andar jodiendo la paciencia al personal de las unidades tácticas que caen bajo su observación.

Les contaba lo de los distintos saludos que te podías encontrar en aquella Bosnia de nuestros pecados y sobre todo de los de sus habitantes - que nosotros poca ocasión tuvimos de pecar por allá- por centrar el tema.  Así que vamos a lo que vamos. Es muy cierto que a veces cuando iba mosqueado o cuando quién saludaba lo hacía mientras sus colegas te apedreaban o según la manera de saludar del berzas de turno, un servidor en contestación, levantaba el brazo doblado por el codo que apoyaba en uno de los sacos terreros que protegían la escotilla y correspondía al saludo con mi puño enhiesto y con el dedo medio señalando al cielo. Vamos lo que toda la vida se había llamado “hacer la peseta”, hasta que Luis Aragonés (DEP)  renombró el gesto que pasó a conocerse como “hacer una peineta”.

Conste que lo de “hacer la peseta” es costumbre ancestral y que nada tiene que ver con hacer una higa, que es un gesto que pretende espantar el mal de ojo y que se hace cerrando el puño mientras se saca el pulgar entre el dedo índice y el medio, eso que quede muy claro. Decía que lo de “hacer la peseta” es costumbre ancestral, de hecho San Isidoro de Sevilla se refería a ese gesto cuando hablaba de extender “el dedo impúdico” y yo que soy amante de las tradiciones, se lo hacía de vez en cuando a algún ciudadano bosnio que sabían lo que significaba porque se mosqueaban cosa fina.

Hacía el gesto mudo, ustedes sabrán que cuando se muestra el dedo impúdico, que decía el erudito obispo de Sevilla, a la vez se puede decir, “móntate aquí y pedalea”, que es la frase que he oído más veces, aunque otros prefieran aquella que reza “monta aquí y verás París” y también parece ser que existe otra más castiza, en la que te prometen que si te montas en el dedito de marras te llevaran a Madrid.

Bueno pues un día charlando con gente de la sección mientras tomábamos un café, salió a relucir el tema de los saludos y los legionarios se cachondeaban de los malos gestos que hacía su teniente, a pesar de lo educado y circunspecto que era. Siguiendo la broma les expliqué que estaban muy equivocados, que lo que yo hacía no era una peseta, peineta o como quieran ustedes llamar al gesto, sino que era el saludo oficial de UNPROFOR. Que la ONU, se había encontrado con todas las combinaciones ocupadas por croatas, musulmanes y serbios y por tanto había decidido lo de sacar el dedo medio como saludo para que los cascos azules pudiéramos corresponder con toda cortesía a los afectuosos saludos manuales que recibíamos.
Escarapela de la AGT. Canarias.
Nos reímos todos y la cosa no pasó de ahí, pero lo del “saludo UNPROFOR” tuvo su éxito y los legías a los que le va un montón el vacile, se dedicaron a saludar a todo el mundo con el dichoso dedo impúdico que decía San Isidoro, que él sabrá por qué se la tenía jurada al dichoso dedo y al final tanto va el cántaro a la fuente que las cosas se complicaron, porque la noticia del saludo llegó al lugar al que no debería haber llegado jamás. De tal manera que recibí una amable invitación para que en cuanto mis obligaciones me lo permitieran, me personara en la S-2 de la PLMM de la AGT. Canarias y me presentara a su jefe, que tenía mucho interés en mantener una charla conmigo.

No tenía ni idea de cuál era el motivo de la llamada y así lo expliqué en mi unidad, no sabía la razón y a pesar de haber llevado a cabo un profundo examen de conciencia no alcanzaba a barruntar qué coño habría roto yo, para que me llamaran de Medjugorje. Ya he contado en otras ocasiones que los diplomados de Estado Mayor de la AGT Canarias, eran gente encantadora, educada y normalmente se comportaban amablemente, pero será que tengo una conciencia intranquila crónica o por la razón que sea, que nunca he sabido explicármelo a mí mismo, pero lo cierto es que cuando tenía tratos con ellos más allá de los puramente "sociales" siempre tenía la impresión que a pesar de su amabilidad y cortesía eran capaces de educadamente, despellejarme en menos tiempo en el que se santigua un cura loco.

Pero como no podía hacer caso omiso a la llamada, para allí que me fui y marcialmente me presente al comandante que había requerido mi presencia. Tengo que decir que era un hombre encantador y que siempre había distinguido a la Cía. Austria y a sus miembros con su consideración y en la presente afirmación no hay ni un ápice de sarcasmo. Me hizo pasar, me ofreció asiento y me preguntó si me apetecía un café. Le dije que sí y si no era molestia un vaso grande de agua muy fría. Ya que estaba allí y no sabía lo que iba a suceder, al menos me tomaría un buen café y un vaso de agua fría de nevera que eso no lo veía todos los días. El comandante pidió los cafés y esperó a que los trajeran hablando de cosas insubstanciales, el calor, el tiempo y la familia. Cuando llegaron, esperó a que yo hubiera apurado el café y el agua y me dijo

― Rives ¿podrías explicarme que es eso del saludo UNPROFOR?
Me dejó más frío que el agua que me acababa de beber. No me lo podía creer, lo miré por si estaba de broma, pero no era así, lo preguntaba en serio. Le expliqué más o menos lo que les he contado a ustedes, aunque me ahorré lo de San Isidoro, porque pensé que igual no era el mejor momento para sacar a pasear santos. Cuando terminé, seguía serio, relajado pero serio.

― El problema no está en el saludo, que es una ordinariez, pero no vamos a entrar en eso, el problema está en que tú le has dicho a la tropa que es una decisión de la ONU.
Mentalmente maldije la ocurrencia que me había parecido tan oportuna y graciosa en su momento, reconocí que efectivamente era así, pero le signifiqué que lo había dicho en un contexto que dejaba totalmente claro que era una broma y que a nadie en su sano juicio podía pensar que yo lo dijera en serio.
Añadí ― Ya sabe cómo son los legionarios mi comandante, les haría gracia y lo han repetido.
La mayoría de ciudadanos nos estimaba, los niños más

El comandante me miraba apoyando los antebrazos en su inmaculada  mesa. ― Sobre los legionarios me voy haciendo a una idea ― lo miré pero no fui capaz de desentrañar si lo decía en serio o era simplemente un sarcasmo.
― Lo malo es que todo esto ha llegado a los oídos de las autoridades croatas que como siempre están muy molestas y hay que atajarlo inmediatamente.

Le dije que naturalmente hablaría con mi gente, pero desde luego si eso había llegado hasta donde había llegado sería bueno averiguar quien había filtrado la noticia. Incluso afirmé, que en mi opinión, habría que buscar al responsable entre los intérpretes. No conocía a ningún legía que fuera capaz de explicar todo el lío del saludo en croata.
― De hecho juraría que sé quién ha sido el que se ha ido de la lengua y me jugaría la cabeza y no la perdería a que usted también sabe quién es el que ha ido con el cuento a Capljina.
Me miró con una media sonrisa y supe que pensaba lo mismo que yo.

Hizo un gesto con la mano para que no interviniera ― Pues ya sabes Rives procura que esto se vaya olvidando, no comentes de lo que hemos hablado con nadie ― levantó el índice admonitorio ― y cuando digo nadie, es nadie. Si alguien te pregunta sobre esta reunión, te he pedido información sobre el barrio musulmán de Mostar y aquí paz y más allá gloria celestial. Gracias por venir — Se levantó y me dio la mano. Salí de allí como un tiro, llevaba prisa porque con el comandante, que era un buen tío, me había ido superior, pero prefería no forzar con mi suerte. Pasé por el cuerpo de guardia a toda prisa, aunque no tanta, que pareciera que salía huyendo, subí a mi blindado y volví a Dracevo.

En menos de cuatro días el cabrón del intérprete con el que tantas fricciones había tenido, causó baja en la AGT Canarias, de lo que me alegré infinito. Los legionarios siguieron utilizando la peineta o peseta como saludo, pero nadie volvió a recordar la maldita ocurrencia del saludo UNPROFOR.



Mañana un poco más. Un relato que tiene que ver con las latas de las raciones de previsión o quizás dos anécdotas , si soy capaz explicarlas en este espacio...

sábado, 28 de junio de 2014

Algunas anécdotas bosnias (Tercera entrega)

Mostar a veces una obsesión
Hay anécdotas que da cierto rubor comentar, porque lo cierto es que sin que uno lo pretenda, siempre termina siendo el protagonista del relato. Y no es porque esa sea  la intención, aunque siendo el tema de estos relatos mis recuerdos personales, me resulta muy difícil evitar ese exceso de  protagonismo. Así que ya saben, si aparezco mucho será porque probablemente como escritor de relatos no tenga demasiada técnica literaria y las cosas salen como salen y no cómo uno quisiera que salieran.

Quiero explicarles una cuestión que resulta básica para comprender el desarrollo de nuestras actuaciones en el marco de la misión encomendada a la AGT Canarias. La Legión es una unidad del ejército español, muy particular. Atesora una serie de características que la hacen única y sin igual - si se me permite parafrasear el Credo Legionario -, los hombres que la componen – aquí hubiera debido poner los hombres y las mujeres, pero en mis tiempos no había mujeres ocupando puestos tácticos -, digo que los hombres que forman las unidades del Tercio, son lógicamente individuos muy singulares.

La Legión es como es, gracias sobre todo a la clase de tropa legionaria. Los legionarios, cabos y cabos 1º legionarios tienen una categoría profesional muy importante, técnica y tácticamente están a un altísimo nivel y su especial idiosincrasia y adaptabilidad los hace muy aptos para emplearlos en cualquier tipo de misión, situación o ambiente.

Si La Legión es una unidad de élite del ejército español  reconocida a nivel internacional, es gracias a la tropa legionaria, que son los que le dan el tono y la categoría. Luego están los jefes, los oficiales legionarios y los de otras escalas y los suboficiales, pero no se engañen si no fuera por la extraordinaria capacidad de su tropa, si no fuera por ese especial carácter del que hacen gala los legionarios, La Legión no sería ni sombra de lo que es.

¿Y cómo son los legionarios? Pues bastante distintos de lo que la mayoría de la gente cree. Fieles cumplidores del Credo Legionario que conforma su estilo de vida, son gente dura, trabajada, generosa en el esfuerzo, no conocen límites en el cumplimiento del deber, leales al mando y a su unidad, son orgullosos depositarios de una tradición sagrada que rinde culto al valor, al honor y a los que cayeron en el cumplimiento de su deber bajo las banderas legionarias.

Legionarios de la Alba, repartiendo de su comida
Pero a la vez, son gente amable, generosa, que sufre con los más desfavorecidos, que no aceptan la injusticia, que sienten como suyas las causas de los más débiles y además son gente alegre, amantes de la juerga como los primeros, pero cumplidores en el trabajo como nadie.

Bueno con esta descripción pues más o menos se pueden hacer una idea de cómo era la gente de mi sección.  Lo cierto es que los legionarios encuadrados en la AGT Canarias tuvieron que hacer un doble esfuerzo para estar a la altura de las expectativas del mando en su misión en Bosnia. Nos habíamos preparado para un tipo de misión, la de colaborar en el reparto de ayuda humanitaria y proteger los  convoyes y lo hicimos concienzudamente, pero fue llegar a Bosnia y en menos de veinticuatro horas habíamos pasado a ser fuerzas de interposición y control del alto el fuego. Que es una misión que técnicamente ofrece serias dificultades, pero sí hay que llevarla a cabo en una zona en la que el alto el fuego es una entelequia, pues para qué les cuento.

Los legionarios estuvieron a su nivel y se adaptaron perfectamente a la nueva situación, ni el peligro, ni la falta de descanso, fueron obstáculo para llevar a cabo las órdenes recibidas y cumplimentarlas a satisfacción del mando. Los legías conectaron inmediatamente con la población civil que flipaba con las cosas de los legionarios y su manera de ser, también conectaron satisfactoriamente con los contendientes, en aquellos lugares o momentos en los que fue necesario se les demostró a jáveos y armijas que a las buenas éramos muy buenos, pero que a las malas podíamos ser bastante más malos que ellos.

Dicen que el roce hace el cariño y yo digo que también el roce hace enemigos, los legionarios se sentían bien con la población civil y menos bien con los combatientes, la distinción estaba clara y no les creaba problema alguno a la tropa, todos sabían con quién  se jugaban los cuartos y que es lo que deberían hacer en caso necesario, si surgía la ocasión.

La misión en ocasiones resultaba agotadora, las larguísimas esperas en los check points, las noches en vela a cuenta de tiroteos y bombardeos, las interminable patrullas de exploración, las pistas de montaña, la tensión en momentos muy delicados, todo ello contribuía a que entre mis legionarios cundiera un deseo. Estaban locos por darles un disgustillo o vacilarles un poco a los jáveos, que ciertamente eran un poco macarras y a veces se hacía difícil soportarlos, no como cascos azules, pero sí como hombres.

Había que atender a los niños
Disparó el asunto el hecho de que durante una temporada cuando íbamos a  Mostar, teníamos que pasar  a primera hora de la mañana por Medjugorge para recoger al intérprete, que al día siguiente, una vez relevados, devolvíamos al cuartel general de la AGT. Tras cumplir el trámite volvíamos hacia Dracevo pasando por Capljina. Para llegar al puente que utilizábamos para cruzar el Neretva, teníamos forzosamente que pasar por el casco urbano de la población, cuyos habitantes eran acérrimos seguidores de la causa croata.

En una calle por la que circulábamos habitualmente a velocidad reducida porque debíamos hacer un giro a la izquierda, justo antes del cruce, en la acera derecha estaba una terraza de un bar habitualmente llena de jáveos dándole al jarro. Los croatas cada vez que pasábamos nos insultaban en su idioma y por si no entendíamos los insultos - que no era difícil entenderlos, porque cuando a uno le mentan la madre, sea en croata, turcomano o esquimal, te enteras - nos largaban cortes de manga, risas y burlas.

Tenía dada la orden de no responder y de hecho procuraba que mientras atravesábamos Capljina no hubiera nadie en las escotillas salvo el jefe del vehículo. Ya digo que el roce hace el cariño y lo contrario, porque si lo del bar hubiera pasado una vez, ni nos acordaríamos del suceso, pero como eso sucedía cada tres o cuatro días, la cosa se complicaba. Los legías estaban hasta el mismísimo casco azul de soportar en silencio a la pandilla aquella de cabrones, que opinaban impune y libérrimamente sobre la moral y la decencia de nuestras señoras madres.

Hasta tal punto llegó el mosqueo de mi gente, que los legías me pidieron que hiciéramos algo para poner remedio a aquella intolerable situación. A veces me sorprendía la fe que ponían en mí, porque cuando les dije que no había nada que hacer, más allá de ignorarlos, la comisión compuesta por tres de mis legionarios se miraron entre sí, sonrieron y el más expansivo dijo ― Seguro que algo se le ocurre a usted mi teniente. Con la mala leche que se gasta usted con esa gente, seguro que algo se le ocurre.

Ni siquiera me quedaron ganas de explicar que yo gastaba la misma mala leche para unos y para otros. Me habían puesto entre la espada y la pared, porque en los ambientes militares se manejan conceptos muy comprometedores. Cuando estaban saliendo uno de ellos recitó aquello que que hay que tener fe ciega en la victoria y confianza absoluta en el mando y se fue tan tranquilo y a mí me dejo mustio y pensativo. Ante esa profesión de fe no me podía permitir fallar a mi gente, así que le di vueltas al asunto y decidí que allí no quedaba otra que contestar a la afrenta con otra afrenta, que es una solución no muy brillante, pero que quieren que les diga, hay veces en que uno no está a la altura de lo que de él se espera. La vida es así de dura y a veces no se pueden hacer milagros.

Así que decidí aprenderme un par de insultos en croata para corresponder con contundencia a aquella pandilla de descerebrados, aunque me encontré con un problema cuasi insoluble, tenía que buscar a alguien que me enseñara a hacerlo y no se me ocurría a quien acudir. El problema radicaba en que, por lo que me habían comentado, el insulto que más molestaba a los supermachistas jáveos es aquel que dice: ¡Cómeme la …! me van a permitir que lo deje así, porque creo que se entiende perfectamente y  no creo sea necesario reflejar literalmente el insulto.

Me sabía mal acercarme a Adriana nuestra intérprete en Dracevo y pedirle que me enseñara a decir la frase en cuestión, llámenme anticuado o carroza, pero se me hacía cuesta arriba. Al intérprete varón al que podía pedir que me enseñara cómo se decía en croata lo de la comida de marras, era un tío más jáveo que los propios jáveos y estaba seguro que si se lo preguntaba, terminarían enterándose de mi particular interés por el idioma croata, tanto el Comandante Obradovic de Capljina como mi teniente coronel y eso no me lo podía permitir.

Todos regalaban su comida
Así que tiré por la calle de en medio y me acerqué a la hora de comer al barracón de mando bandera y pedí un diccionario español - croata, croata – español. El legionario que estaba allí me lo dejó y busqué las palabras que me interesaban, el problema radicaba en la conjugación del verbo, pero decidí que aunque se lo dijera en plan indio apache hablando con el rubito de la caballería yanqui, la brevedad y contundencia del insulto conseguiría que se me entendiera perfectamente.

Reuní a la gente de la sección y les expliqué lo que íbamos a hacer. Tendrían que aprender el insulto en croata los miembros de mi tripulación y el primer día que pasáramos ante la terraza del bar, yo le pediría a Morales que aflojara la marcha todo lo que pudiera y todos les gritaríamos lo del cómeme…Me excusé por la falta de ingenio de la solución que aportaba, pero la gente dijo que estaba muy bien y que se iban a enterar aquellos cabrones de lo que valía un peine, aunque las tripulaciones de los otros dos BMR les parecía que faltaba su aportación, pero les expliqué que no iba a parar la columna en aquel lugar para que los legionarios insultaran a los del HVO, insistí en que deberían conformarse en ver como los insultaban los de mi blindado.

Así lo hicimos pero en versión mejorada, porque el día que subimos a Mostar, coincidió que vino con nosotros “Carmen” y a ella sí que me atreví a pedirle que explicara como se decía en correcto croata lo del insulto. Lo hizo encantada, le hizo mucha gracia, era argentina de ascendencia croata, pero no tragaba a los jáveos. Lo único que lamentaba era perderse el espectáculo, pero los legías le consolaron, muy serios, comprometiéndose a contarle el asunto con todo lujo de detalles. Los legionarios de mi blindado, me dieron el día,  ensayaron la frase de manera incansable pero estaban encantados porque, al menos así lo decía “Carmen,” sonaba perfectamente.

Acabamos la misión, llegó el relevo y “Carmen” se bajó del blindado en Medjugorge, nos deseó suerte y nosotros arrancamos rumbo a Capljina. Llegamos al casco urbano, los legionarios se colocaron en las escotillas y muy lentamente nos fuimos aproximando a la terraza. Allí estaban  los jáveos que empezaron a gritarnos en cuanto nos vieron aparecer, le ordené a Morales hacer alto en cuanto llegamos a su altura, los borrachuzos aquellos aflojaron un punto los gritos cuando nos vieron detenidos, levanté lentamente mi mano con la palma extendida hacia ellos y los muy pardillos guardaron silencio y entonces a la de  tres les pedimos a gritos que nos comieran eso que ustedes ya saben, mereció la pena ver la cara que pusieron,nos pusimos en marcha, miré a mi retaguardia y vi como pasaban los dos BMR de mi sección y el Mercurio en medio de las voces de los legías, las burlas en castellano castizo y los cortes de manga que les hicieron a los croatas.

La gente se encontraba muy satisfecha. Llegamos a Dracevo y todo el mundo estaba encantado de la vida, les gustó muchísimo lo que habíamos hecho, corté los comentarios y las risas porque todavía teníamos trabajo que hacer,  cada uno se fue a lo suyo y yo di las novedades de la misión, escribí y presenté el informe post misión, me aseé,como y me fui a echar una siesta, que no duró demasiado. Sobre las 16,30 horas vino a verme al contenedor donde intentaba dormir, el intérprete superjáveo que me dijo que yo había insultado gravemente y en público a oficiales del HVO y que el Comandante Obradovic estaba muy molesto y daría queja de lo ocurrido al gospodin Morales y como vio que estaba callado escuchándole, debió pensar que la cosa iba bien y  todo era terreno llano y añadió de su cosecha que era una imprudencia provocar gratuitamente al HVO,  porque podían reaccionar violentamente.

Me levanté de la litera, puse los pies en el suelo y eché un paso adelante, mientras el intérprete, como si lo hubiéramos ensayado, echó uno para atrás.
― ¿Has terminado?― pregunté, ni le dejé contestar ― El Comandante Obradovic es muy dueño de quejarse al gospodin Morales o al sumsum corda, pero le puedes decir de mi parte que si lo que le molestan son las provocaciones, que se preocupe de su gente, que no hace otra cosa que provocar. Y tú lárgate de mí vista y vete pensando cómo vas a justificar ante el teniente coronel, esa línea directa que por lo visto mantienes con el cabrón de Obradovic.

Dio media vuelta y se fue. No tuve noticia de que el súbito interés de los componentes de la II sección de la Cía.  Austria, por aprender el croata popular, hubiera tenido el más mínimo interés para el mando;  los jáveos, vaya uno a saber por qué, decidieron cambiar de bar, lo que ciertamente nos pareció una gran idea. ¿Y los legionarios? Los legionarios encantados de la vida,  lo de poder contestar a los insultos los tenía entusiasmados.

Dicen que el saber no ocupa lugar, creo que es muy cierto… y a veces incluso sirve para algo.

Mañana seguiremos con un par de anécdotas más, si a ustedes les apetece


viernes, 27 de junio de 2014

Algunas anécdotas bosnias (Segunda entrega)

Las raciones de previsión

A lo largo de estos relatos creo que ha quedado muy claro que todos los miembros de la AGT Canarias, desde el coronel Morales hasta el legionario, paracaidista o soldado más moderno, nos enfrentábamos a una realidad social extremadamente dolorosa. Todos sabíamos que la población civil estaba sufriendo de una manera desgarradora las consecuencias de una feroz y sangrienta guerra civil, en la que los civiles no combatientes se empleaban en función de los intereses tácticos de los contendientes.

Una cosa es tener el conocimiento de algo y asunto muy distinto es vivir casi a diario esa realidad en primera fila. Malo es saber que la población civil sufre acerbamente el hambre más desesperada y otra muy distinta es ver a los niños, a las mujeres y a los ancianos pidiéndote que les des de comer. Es por ello que las unidades tácticas, los que teníamos un contacto diario y muy próximo con esa terrible realidad, vivíamos como propia esa realidad y teniendo ante nosotros el doloroso problema y siendo legionarios lo suyo era buscar alguna solución al mismo.

Me consta que todas las compañías del GT Colón, procuraban atenuar el terrible problema, no podíamos buscar una solución, ni teníamos los medios a nuestro alcance, ni era nuestra misión, pero los legionarios de la Cía. Alba, la Farnesio, la Muñoz Castellanos, la de Apoyo y la Austria se quitaban la comida de la boca para dársela a los más necesitados. Unos lo hicieron de una manera y otros de otra, pero todos colaboraron como Dios les dio a entender.

Digo esto porque no quisiera dar a entender o que alguien pudiera pensar  que en mi sección éramos los únicos que nos preocupábamos del hambre de tanta gente. Pero en estos relatos aparece mi gente y no otra, porque conozco lo que hicimos. Lo que hicieron los demás, constándome que lo hicieron, no lo comento simplemente porque no tengo los datos oportunos.
Legionarios de la  Alba repartiendo raciones de previsión
Ya he comentado aunque haya sido de manera tangencial que en ocasiones todos los miembros de  la sección nos rascábamos el bolsillo, hacíamos un fondo común y en Metkovic comprábamos todo lo que podíamos en un supermercado y llevábamos la compra a Mostar, donde lo entregábamos en un comedor comunal, cuyas responsables no podían creer lo que veían, cuando les subíamos cosas tan sencillas como huevos, aceite, quesos y otras cosas que no existían en aquel barrio musulmán, en el que los croatas no dejaban entrar los convoyes de ayuda humanitaria, con la finalidad de que la gente que allí vivía ante la terrible expectativa de morir de inanición, huyeran a lugares menos peligrosos.


El HVO sabía que toda la ayuda humanitaria la controlaba la Armija, como por otra parte hacían ellos en las zonas que dominaban. En el barrio musulmán de Mostar el hombre que no combatía no comía y los responsables musulmanes primaban a los combatientes sobre el resto de la población civil, por eso los croatas se negaban en redondo aceptar que entrara ayuda humanitaria, porque sabían que con eso se reforzaba el esfuerzo combatiente de la Armija.

Nosotros, como el resto de los legionarios y paracaidistas que íbamos de misión a Mostar, hacíamos acopio de las raciones de previsión que nos sobraban. Para entendernos, las raciones de combate del ejército que son francamente buenas,  ya fuera que éstas estuvieran todavía en la caja  sin abrir o fueran latas sueltas, que entregábamos a quién nos pedía ayuda.

Desde luego el picnic que se nos entregaba cuando salíamos de misión y que era nuestra comida, lo repartíamos a la chiquillería nada más llegar a la zona, pero sabíamos que no podíamos hacer gran cosa ante la magnitud de la demanda y la pobreza de nuestra particular oferta. Pero alguien, un buen día en el que habíamos tenido cierta “tensión” con el sargento que controlaba las raciones de previsión y que nos rateaba todo lo que podía, digo que alguien tuvo una idea que poco a poco cristalizó en un proyecto y se llevó a cabo a entera satisfacción de algunos de los innumerables hambrientos de Mostar, de los felices donantes y desde luego con la ignorancia más completa de nuestros amigos los logísticos.

Aquel día el sargento comentó que habían comprado unos candados extraordinariamente buenos en Metkovic me parece que dijo y le habían garantizado que eran extremadamente fiables, por lo que  a partir de esa fecha los contenedores en los que guardaban “sus cosas” iban a estar totalmente seguros. Hay que reconocer que los candados, grandes, voluminosos, con aspecto muy compacto y brillante impresionaban a primera vista. Pero siempre he dicho que para casi todo en esta vida hay que confiar en el juicio de los profesionales, así que le eché una mirada al Metralla que atendía al sargento cómo si le fuera la vida en ello. 

El cabo Metralla tenía un instinto muy afinado,  se percataba de inmediato cuando alguien lo observaba, así que se dio cuenta que lo estaba "ojeando" y cuando estuve seguro que me miraba, alcé las cejas en plan interrogación,  el Metralla se encogió levemente de hombros, mientras sonreía torcidamente.

En ese mismo momento supe que el sargento no tenía ni idea de candados y que nosotros teníamos la puerta abierta al paraíso logístico. Terminado el reparto de las cajas que nos correspondían a satisfacción del suboficial que hizo sus números en una libreta que llevaba, ayudado por una calculadora científica Casio  y que contó incansablemente, una y otra vez las cajas de raciones de previsión que nos correspondían según su criterio, notablemente restrictivo tal y como nos anunció, nos fuimos de allí, mientras uno de los legionarios que más activo se mostró en lo que se dio en llamar entre los iniciados “La Operación Justicia Distributiva”, me comunicaba que le habían tangado al sargento cinco cajas de  previsión que contenían 25 cajas cada una para comida o cena.

Así que en un momento nos habíamos hecho con ciento veinticinco comidas para la gente del barrio musulmán, que por cierto se pirraban por las latas de callos con garbanzos de la ración de previsión, que estaban buenísimas, pero me llamaba la atención que fueran no sólo aceptadas sino incluso aplaudidas por gente que tenía teóricamente prohibido consumir carne de cerdo y derivados,  aunque supuse que sería como lo de la rakia, se suponía que tenían prohibido por su religión el consumo de alcohol, pero se ponían hasta las cejas de aquel aguardiente. Digo yo que tendrían una especie de bula, que en las cosas que tienen que ver con la religión de cada uno, más vales no meterse.

Repartimos las ciento veinticinco comidas, una actividad muy satisfactoria, pero que nos daba medida de la pequeñez de nuestro esfuerzo, este extremo como era lógico se comentó entre los miembros de la sección. El Metralla afirmaba que él era capaz de abrir uno de esos candados sin problema en menos de tres minutos afirmó que quizás fuera bueno que cada vez que fuéramos a ir de misión, el día anterior, alguien, al anochecer se diera una vuelta por la zona de contenedores que igual había suerte y nos encontrábamos unas diez cajas de veinticinco raciones para llevar a Mostar y a la vuelta observar si alguien se daba cuenta de su desaparición.

Me ausenté por prudencia y me dediqué a hacer una lista de familias musulmanas, para tener un control y entregar lo más equitativamente posible lo que seguro se iban a encontrar tirado por ahí el Metralla y sus colegas Y ciertamente el día de la siguiente misión, encontré en el BMR las diez cajas de las que habíamos hablado, que se repartieron una por cada familia de las que les tocó el reparto.

Aquello se transformó en una costumbre y extrañamente el control de las existencias logísticas debía ser menor de lo que cupiera suponer, porque nadie había abierto la boca para preguntar o quejarse de las faltas que debieran haber detectado.  Así que una cosa trajo otra y ante una temporada en que las cosas pintaban muy mal en Mostar, alguien comentó que quizás había llegado la hora de trabajar en serio y hacernos con cien cajas de una vez, que un colega que tenía en la plana, le había asegurado que había llegado un cargamento nuevo de raciones y los contenedores estaban repletos.
Nunca supe los detalles del asunto, pero el día que nos tocó misión en Mostar, cuando intenté subir al BMR casi me rompo la crisma, porque la cámara estaba totalmente llena de las cajas de veinticinco raciones. Empecé a contar y alguien me dijo ― No se canse mi teniente son ciento doce cajas, porque el Metralla se descontó y nos trajimos doce de más. Cuando vi el espectáculo con los legionarios sobre los bancos sin espacio para moverse un sudor frío me corrió por la espalda, pero qué diablos, el problema no tenía ya solución y el único lugar que se me ocurría donde podría hacer desaparecer eficazmente aquel montón de raciones era el barrio musulmán de Mostar, al que por fortuna me dirigía, así que me encomendé a los santos de mi devoción y pensé que, de perdidos al río..

Pedí novedades por radio y mandé de frente en columna de a uno.


Las raciones se repartieron y me preocupé de hacer saber a los responsables del “golpe de mano",  que en adelante apreciaría muchísimo si seguíamos con las diez cajas de costumbre, que la codicia rompe el saco y así fue. Milagrosamente jamás oí a nadie comentar que les faltaban raciones, esos son los milagros que se espera de la logística.

Mañana les hablaré de cosas que tienen que ver por lo visto con la antropología, mañana hablaremos de los modos y maneras de saludar en aquella Bosnia del año 1993

jueves, 26 de junio de 2014

Algunas anécdotas bosnias (Primera entrega)

Destacamento de Dracevo

Tras haber cerrado el relato sobre la tragedia de Dreznica, me pedía el alma relatar algún suceso que no tuviera demasiada carga emocional. En Bosnia nos enfrentábamos muy a menudo  a situaciones nada deseables, en ocasiones  muy duras y comprometidas, pero el ser humano tiene una capacidad de adaptación extraordinaria, de tal manera que apenas sin darte cuenta te vas habituando, no es que te acostumbres a todo, porque a nadie le hace ni pizca de gracia que lo encañonen, bombardeen o disparen, pero sí es cierto que la respuesta emocional ante esas situaciones disminuye con el paso del tiempo y la costumbre.

Por tanto no vayan a pensar que vivíamos, tristes, deprimidos o asustados, lo he dicho ya en algún relato de esta serie y lo repito, las unidades legionarias son unidades alegres, los legionarios somos gente optimista, salvo rarísimas excepciones, porque algún cenizo se puede  encontrar en nuestra filas, aunque por fortuna, como les digo, no abundan.

En este relato pretendo contarles algunas anécdotas distintas a las que les he relatado. Menos duras, sin gran trascendencia, pero que sirven para definir o enmarcar, como ustedes prefieran el carácter de la unidad a la que pertenecía, es decir la Cía. Austria y sobre todo a la sección que me honraba en mandar.

Las unidades se parecen a sus jefes, reza un viejo aforismo militar y eso se notaba muchísimo en nuestra compañía, en la que las secciones tenían procedencias diferentes y desde mi punto de vista resultaban notoriamente distintas. El Capitán de la Cía Austria era de la escala de infantería, él y su PLM eran de la  tercera compañía de la VII Bandera de La Legión. La primera sección la mandaba un teniente de la escala media que junto con su personal provenía de la VIII Bandera; la segunda sección, la mandaba yo, que soy de la escala legionaria y procedía de la quinta compañía también de la VII Bandera, compañía que mandaba en Fuerteventura y que tuve el honor de fundar.

La tercera sección era de la tercera compañía, la que mandaba el capitán Romero en Fuerteventura y su teniente era de la escala superior. Los jefes de sección  procedíamos de escalas distintas  y la tropa y los jefes de pelotón venían de unidades distintas y eso se notaba.
Luego el día a día, las vicisitudes, las misiones, las acciones y reacciones correspondientes fueron marcando la especial idiosincrasia de cada sección, que en gran manera respondía a la de sus jefes, el de sección y los mandos de pelotón.

Tuve muchísima suerte en esa misión, ya sé que lo he dicho alguna vez, pero no me importa repetirme, el teniente coronel  Alonso Marcili que mandaba el GT Colón o la VIII Bandera Expedicionaria, era un  jefe que me gustaba, lo conocí cuando era el capitán de la primera compañía de fusiles de la VII Bandera, donde tuve el honor de estar destinado. Me parecía entonces y ahora más, con la perspectiva que da el tiempo, un jefe eficaz, quizás no demasiado diplomático, pero eficaz y “echao p’alante” y con eso yo iba que chutaba.

Si hablo de mi capitán. D. Antonio Romero Losada, no puedo decir más que cosas buenas. Coincidimos en el empleo de teniente y me gustaba más de capitán que de teniente, lo que habla muy bien de él. Era un hombre dedicado a su trabajo, preocupado hasta por los detalles más nimios, quería a su gente y velaba por su seguridad, día y noche. Profesionalmente era un  gran oficial y el desarrollo de la misión le dio un plus de flexibilidad que le fue muy bien. Justo, paciente, puntual, eficiente y una extraordinaria persona, consiguió crear una compañía que cumplió su misión extraordinariamente bien, bastante por encima de lo que se esperaba de nosotros.

Y si hablo de mis jefes de pelotón, los cabos primeros Guerra y Arienza Santos, junto con el sargento 1º Ávila, no puedo hacer otra cosa que agradecerles el derroche de valor personal, la eficacia, el estilo, la entrega, la exquisita habilidad de su trato con la tropa, la lealtad al mando, el empeño de cumplir la misión por encima de cualquier dificultad y el cuidado de la seguridad y el bienestar de sus hombres.
En la cola del comedor

Así que yo iba por aquella la vida y en aquellas circunstancias maravillosamente bien, aunque, siempre hay un aunque y si no lo hay, surge un pero, un no obstante, un sin embargo y no me extiendo más porque sé que ustedes me entienden perfectamente. Decía que la vida me iba maravillosamente bien, salvo por las malas relaciones que manteníamos mi gente y yo mismo, con los que en Dracevo se suponía que debían atender a nuestras necesidades logísticas. Ya saben ustedes, los que en teoría se debían ocupar de que comiéramos decentemente, que hubiera agua, que nos pudiéramos duchar aunque fuera con agua fría. Los que nos debían proporcionar sin pegas, retrasos ni excusas,  combustible, raciones de previsión, mantas, pilas, espacio para dormir, etc. etc., que tengo que decir  -y si alguno no le gusta lo que digo, que le ponga azúcar - tuvieron una actuación muy deficiente.

Y me refiero a los que mandaban, no a la tropa que a ello se dedicaba y que las pasaban canutas ante el cabreo cotidiano de los legías que sufrían por asuntos que no tenían por qué tolerar, ante la indiferencia, cuando no las malas maneras, de algunos sargentos y oficiales que no voy a nombrar porque me precio de ser persona, que parecía hubieran ido allí de vacaciones.

En la Austria ya sabíamos lo que es sufrir a los logísticos, que muchas veces parece que les inoculen un  virus que hace que vean a los suyos, a los que esperan que les solucionen los problemas del día a día, como si fueran el enemigo. Habíamos tenido experiencias variadas y bastante desagradable en distintos lugares, pero que la misma conducta fuera observada por suboficiales pertenecientes a nuestra Tercio y se hiciera en nuestro destacamento hacía más difícil de soportar la ofensa.

Por eso se entendía muy mal, cuando en Dracevo, en la cola de la tienda comedor, en cuanto un legionario se quejaba de la ridícula ración que le servía una croata, que encima se ponía digna y  en plan borde le decía que eso es lo que había y que reclamaciones al maestro armero o donde sea que te manden a reclamar los croatas, como les digo, en cuanto sucedía eso, saltaba rápidamente uno de aquellos sargentillos que eran íntimos, pero íntimos de verdad de los cabrones que confeccionaban la comida para Dracevo, que desde luego estaban haciendo un negocio redondo con nosotros, digo que inmediatamente saltaba un sargento para defender a los mangantes y darle una bronca al legionario.

Y digo que los croatas nos debían robar, porque en Jablanica, dónde había muchas más dificultades para aprovisionarse, cocinaba gente nuestra y se comía que daba gloria. En Medjugorge, cocinaban croatas y la comida estaba bien, en cantidad y calidad, en Divulje el sargento CL Esteban – el Culebro por mal nombre - daba de comer como los propios ángeles  y sin embargo en Dracevo, donde comíamos las unidades operativas, la comida era mala pero mala de verdad y para más inri escasa.

La tropa estaba muy molesta y cuando los legionarios se atraviesan, malo. Era era muy cierto que la comida era mala y escasa y que en cuanto alguien abría la boca, allí estaba uno de aquellos sargentos que no sabían lo que significaba el toque de diana, porque cuando sonaba no se levantaban y sería porque no les habrían explicado en la academia lo que significaba y allí que se iba y en plan “muy legionario”, bueno lo que ellos entendían que era ser legionario, ponía firmes al quejoso que además de pasar hambre, tenía que soportar que le lavara la cara un tipo que cuidaba muchísimo de no comer en el comedor en el que comíamos todos, jefes, oficiales, suboficiales y tropa, lo que dice habla muy claramente sobre la  calidad de la comida y sobre la del sargento.

Ya habíamos tenido, cada uno al nivel correspondiente, las broncas y discusiones que había que tener, pero lo de quejarse de aquel grupo era como dedicarse a arar el mar, que si uno no tiene nada que hacer y se aburre pues  allá cada cual con la actividad que elige para entretenerse, pero ya se sabe que no va a obtener resultado positivo alguno del arado marítimo.

Así que entre la gente de mi sección - en la que había de todo como en botica, pero que  estaban acostumbrados a que se les tratara como merecían, porque en la 5/VII se cuidaba  del bienestar y los derechos de la tropa tanto como se les exigía en sus obligaciones – la gente estaba caliente, porque si no hay, pues no se come y ya vendrán tiempos mejores y si no hay agua, pues mala suerte, pero no era eso lo que sucedía, porque medios era lo que sobraba.

Los legionarios tienen una capacidad de análisis sorprendente y aunque pongan cara de no enterarse de nada, lo saben todo y más de un imbécil se ha visto sorprendido por ello, así que tras el margen de tiempo que estimaron prudente y una más que cuidadosa observación, decidieron que el grupito de sargentos que mandaban sobre la logística y su superior inmediato, no es que no supieran hacer su trabajo, es que no querían hacerlo. Para entendernos, no es que fueran unos inútiles, es que no les daba la real gana de hacer el trabajo que les correspondía, así que decidieron tomar por la calle de en medio y compensar la situación, al objeto de que no fueran siempre ellos los paganos.

Debo confesar que creo en la justicia, pero sé que a veces resulta difícil reclamarla, conste que en el ejército hay procedimientos, pero esa gente se sentía protegida porque, las cosas como son, teníamos un  lío morrocotudo que solucionar y parecía mezquino y poco profesional quejarse. A eso hay que añadir que tampoco es que nos sobrara tiempo para entrar en asuntos tan delicados y formales como partes por escrito, denuncias, declaraciones juradas, etc., etc. Parecía que no era el momento adecuado para quejarse, la gente callaba por vergüenza torera y había quien aprovechaba esa semi impunidad.

Pero ya he dicho antes que las unidades tienen una idiosincrasia propia, recuerdo un día que un capitán de la BRIPAC, que era muy “brillantina” - que no todos lo son en la BRIPAC, eso que conste y quede muy claro - pero que era ver a un legionario y ponerse a echar espuma por la boca, tuvo la mala fortuna de topar con legionarios de mi sección y cuando tiró del saber y metió la pata hasta el corvejón se encontró en una situación que le llevó a decir antes de emprender la retirada  “Hay que ver que leídos y “escribidos” son tus legionarios, a lo que le contesté que si le parecían demasiado leídos los legionarios ni se imaginaba lo que podían ser  los tenientes legionarios.

Explico esto, porque la tropa de mi sección decidió acogerse a lo que alguien había dicho, aunque no pudieran precisar su filiación, que rezaba más o menos así: Justicia es la virtud que lleva a dar a cada uno lo que le corresponde o pertenece. Y apoyándose en la auctoritas de la frase de marras, habían decidido tomar por su cuenta lo que en derecho les correspondía y que aquellos suboficiales y su superior inmediato les negaban injustamente.

De nada valió que alguno argumentara que eso era una definición religiosa y que la justicia tenía que ver con las normas y por lo tanto era otra cosa. Tuvo muy poco éxito y un exaltado que además era un bocas, le llamó pistolo de mierda, mientras que los más partidarios del debate e intercambio de ideas,  le preguntaron si él no era católico y si acaso y por ventura no lo eran también los sargentillos de la básica y siéndolo todos,  la virtud de la justicia les era de exigible a ellos y a nosotros.

Así se puso en marcha lo que alguien con muchas ganas de coña llamó “Operación Justicia Distributiva” que debo decir funcionó a las mil maravillas, porque por una parte, en la sección no faltaba de nada  y por otra, la idea de que andaban jodiendo a los que los puteaban, funcionó como un bálsamo en los espíritus de mis legionarios que disfrutaron muchísimo con esa operación, que duró toda la misión y se trasladó a Divulje durante los pocos días que, gracias a Dios, tuvimos que estar allí. Que es jodido decirlo pero también muy cierto, que a veces resultaba más fácil negociar con los jáveos, que tener que lidiar con un superior aquejado del virus logístico.

Así estaban planteadas las cosas casi desde el comienzo de la misión. La “Operación Justicia Distributiva” nos permitió hacer mucho bien a las gentes que más sufrían las consecuencias de aquella guerra. Espero que quién deba perdonarnos a todos, lo haya hecho ya. Debo decir que, naturalmente, todo lo que les cuento sucedía a  mis espaldas  y que si conozco la génesis del asunto y algunas cosas más que me callo es porque a lo largo del tiempo, la gente decidió, a toro pasado hacerme las confidencias que estimaron convenientes. 

Por eso y porque - no quiero mentir, ni ser hipócrita - siendo oficial legionario no me chupaba el dedo y poco, por no decir nada, de lo que ocurriera en  el ámbito de mi sección escapaba a mi conocimiento, otra cosa es que juzgara conveniente intervenir o pensara que podía ser más prudente, hacerme el sueco. Aunque tenía que saber, porque mientras supiera cómo iban las cosas, podría mantener la Operación dentro de unos límites aceptables. Que una cosa es buscarse la vida, que eso entra dentro de lo permisible en la vida legionaria y otra dejarse llevar demasiado lejos por el entusiasmo y el amor por la justicia...distributiva, naturalmente.
Tampoco se me oculta que, al igual que me pasaba a mí, es muy probable que mis superiores a todos los niveles, que tampoco se chupaban el dedo, tuvieran algún barrunto de lo que sucedía, aunque la información no fuera tan precisa como la que yo manejaba-

Les he contado este asunto que seguro me va a traer algún problema, en primer lugar porque lo que cuento es cierto y también porque así se entiende mejor cómo éramos, que como ya les he explicado, cada sección  tenía su particular forma de ser. La segunda sección de la Austria era buena en su trabajo, disciplinada y eficiente, pero tenía un alma subterránea que funcionaba como un reloj de precisión y que ha permanecido oculta al menos hasta hoy, momento en el que  me he animado a descubrir en parte, el secreto que hasta hoy había protegido a la Operación Justicia Distributiva.

Mañana les contaré alguna de las acciones de esa Operación