jueves, 9 de abril de 2020

Diario de un confinado

La piloto


El confinamiento me pilló bastante entrenado, normalmente salgo poco de casa y salvo la caminata diaria de seis kilómetros que ahora no puedo hacer, poco ha cambiado mi vida tras el decreto de alarma. Aunque después de escuchar los problemas que podían afectarnos a cuenta del encierro y los procedimientos para resolverlos, decidí escuchar a los que aconsejaban que adoptáramos rutinas. 

Decidí levantarme a las nueve de la mañana, una hora muy decente, desayunar con calma y después entrar en el ordenador para publicar el artículo que todos los días escribo para mi blog. Luego leer la prensa digital y algunos artículos que me mandan mis amigos y tras pasar un rato por Facebook y Twitter, terminar sobre las doce del mediodía y a esa hora leer hasta la hora de la comida.

Siempre me ha gustado leer, tengo en casa unos cuatro mil libros, aprovechando el encierro me impuse la tarea de quitar con calma el polvo a los volúmenes y limpiar las nueve estanterías que tengo en casa, he cumplido diariamente con el trabajo. Me toca, porque mi legítima llegó un momento en el que hasta los mismísimos pelos de limpiar libros me dijo: Miguel si quieres libros los limpias tú y ya se sabe que aquí y en Tegucigalpa quién manda, manda y cartuchos al cañón.

Me cogió el decreto del Estado de Alarma terminando de leer "Fracasología. España y sus élites: De los afrancesados hasta nuestros días" de María Elvira Roca Barea, autora de "Imperofobia y Leyenda Negra" dos libros que les recomiendo si sienten interés por conocer una historia de España muy distinta de la que les contaron en el instituto.

Terminado el libro decidí escoger una lectura más ligera. Le di un repaso a una colección de novela negra que editó el País hace muchísimo tiempo, libros de una narrativa algo anticuada pero que resisten perfectamente la relectura y escogí algunos títulos. Añadí "Las aventuras de Harry Flashman" de George MacDonald Fraser, una serie de trece libros, muy divertida en la que se cuentan las aventuras de Flashman, un cobarde al que la casualidad y la fortuna convierten en héroe.

Cómo no sabía cuánto tiempo duraría el confinamiento, seleccioné "Miserias de la Guerra" de Pío Baroja, obra a la que debía una segunda lectura desde hace años; añadí la "Colección de Cuentos Completos" de Juan Madrid y como quitando el polvo me topé con un libro que había dado por perdido, una edición de "Robinsón Crusoe" de Daniel Defoe, traducida por Julio Cortázar y prologada por JM Coetzee un escritor sudafricano que siempre me ha interesado lo agregué a la selección.

Como con mi mujer y mi hijo sobre las 13,15 horas y después busco alguna película que nos interese, hoy he visto una que lleva por título Mustang, que me ha gustado y mientras tomamos el café vemos la película. A las cuatro me voy a la ducha, a las cinco meriendo y sobre las seis me pongo a escribir lo que publicaré mañana. Entre la escritura, los repasos y un paseo por Facebook y Twitter me dan las nueve de la noche, cenamos y tras la cena nos ponemos a ver alguna serie de las que ofrecen Movistar o Netflix, hasta la una de la mañana hora en la que nos vamos a la cama.

Precisamente en ese espacio dedicado a las series televisivas es cuando me he dado cuenta de que por muy entrenado que uno esté, el confinamiento te hace pagar su precio. Me explico, habitualmente escojo las series, procuro consensuar la serie, pero si he de decir verdad, vemos muchas de médicos, espías, asesinos en serie, policiacas..., vamos, que se nota la mano que empuña el mando a distancia.

Un día no sé yo qué estaría haciendo, mi mujer encontró en Netflix una serie mejicana "La Piloto", bastante malilla, con un puñado de mujeres guapas, subidas a unos tacones exagerados, vestidas con pantalones muy ceñidos, minifaldas mínimas y escotes muy generosos. La serie no estaba hecha para mí, que soy muy impaciente, resulta lenta y repetitiva. A mi mujer le estaba gustando, lo que no es raro porque está en posesión de una paciencia franciscana y esta es una afirmación fácilmente demostrable, Tina, mi mujer lleva casada conmigo cuarenta y dos años y eso sólo se puede conseguir si se tiene una paciencia a prueba de bomba.

Yo tascaba el freno esperando que la serie terminara de una vez, pero una mala noche se me ocurrió mirar cuántos capítulos me quedaban por soportar y me enteré horrorizado que la temporada 1 de La Piloto tenía ¡ochenta y dos capítulos! De inmediato decidí que aprovecharía el tiempo de tele para leer y eso hago, leo en mi sillón frente a la tele y de vez en cuando levanto la cabeza y le pregunto a mi mujer sobre lo que sucede. 

Acepté bastante bien lo de los 82 capítulos, pero lo peor no había llegado, cuando por fin acabó la temporada, mi mujer que se había apropiado del mando a distancia, encontró "La Bella y los bestias" otra serie mejicana de 86 capítulos y aún no había terminado de verla cuando los de Netflix que deben ser unos sádicos de tomo y lomo me mandaron un mail para anunciarme que ya estaba a "mi" disposición la segunda temporada de La Piloto.

Y esto no ha acabado, la Bella terminó con un final abierto que anuncia inexorable otros 86 capítulos del ala. Aprovecho para leer, que no me viene mal, pero ya he dicho que el confinamiento te hace pagar un precio. Les juro que soy de los que no creen fácilmente en las conspiraciones, pero en mis peores momentos de espectador viendo a una minifaldera con unos tacones impresionantes corriendo por la selva o contemplando a un agente de la DEA más torpe que Mortadelo o Filemón, o las escenas de los amores equivocados de las chicas, se me ha pasado por la cabeza un pensamiento siniestro, estos de Netflix y las productoras mejicanas tenían que saber que se avecinaba un confinamiento y por eso se pusieron a hacer series de más de ochenta capítulos como quien lava, para tenernos prácticamente anestesiados. 

Estoy preocupado, el producto del contubernio entre Netflix y las productoras mejicanas va a acabar conmigo, intento salvarme parapetado tras las Aventuras de Harry Flashman; tiemblo cada mañana cuando consulto el correo electrónico, esperando el día en el que los de Netflix me anuncien jubilosos que ya tengo a mi disposición la segunda temporada de La Bella y los bestias.

Pero cuando lo veía más negro, un pensamiento vino a salvarme. Imaginen ustedes, a mí me asusta hasta pensarlo, que a mi mujer además de las series mejicanas, le hubieran interesado las intervenciones televisivas de Pedro Sánchez, Fernando Simón y los ministros, creo que no hubiera podido soportarlo. Me tragué dos comparecencias de Sánchez, otras dos de Fernando Simón y una de Yolanda Díaz y antes de volver a pasar por semejante calvario estoy dispuesto a ver a pulso la tercera temporada de La Piloto y un par más de la Bella y los Bestias de propina.

Así que aquí me tienen ustedes, quitando el polvo, algo más tranquilo. Sigo instalado en mis rutinas, esperando el ansiado momento en el que liberado  del confinamiento mi amado mando a distancia vuelva por fin a mis manos.

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