sábado, 31 de mayo de 2014

La liamos en el Alexis Ham Bridge (Segunda entrega)

El puente de Alexis Ham

Lentamente la columna salió de Mostar y tomó la carretera que nos llevaría a Jablanica, lugar en el que se suponía recogeríamos los doscientos refugiados croatas para llevarlos hasta Mostar. A la cabeza del convoy iba el Nissan del comandante de Estado Mayor que dirigía la “operación”, así al menos la llamaba él. Corrigió a través de la radio que le habíamos prestado, la velocidad del convoy que le parecía se movía demasiado lentamente y  mandó acortar las distancias de seguridad entre vehículos.

No es que fuera cómodo soportar su continua utilización de la radio, hay gente que  como coja un micro no puede evitar saturar las frecuencias pero tampoco valía la pena sufrir demasiado por ello. Cuando todavía no habíamos llegado a Potoci el ANPRC77 que utilizaba tan profusamente el comandante empezó a dar problemas, se le escuchaba con dificultad, tenía interferencias y se cortaba el audio muy frecuentemente. Miré a Guerra, que se encogió de hombros, no sabíamos que pasaba, pero rogué al cielo para que los fallos que se iban encadenando cada vez  con más frecuencia, fuera una de esas cosas transitorias que a veces ocurren con las transmisiones y que tal como vienen, se van.

Pero no llevábamos ni nueve kilómetros recorridos cuando la frecuencia quedó muda, a menos de cincuenta metros vi cómo se encendían las luces de freno del Nissan y avisé a Morales para que estuviera atento. El vehículo se detuvo, el comandante descendió y me hizo señales con los brazos para que me detuviera, definitivamente se había quedado sin transmisiones. Maldije mi suerte, las cosas ya iban mal y ahora con lo de la maldita radio seguro que el humor de mi jefe accidental no iba a mejorar lo más mínimo.

Detuvimos el BMR y como él seguía al pie de su Nissan mirando hacia el blindado con cara de pocos amigos, decidí bajar y ver qué era lo que sucedía. Le dije al 1º Guerra que se quedara en el blindado y que me mandara a un legionario. Rápidamente me acerqué al Nissan.
― A la orden mi comandante ¿qué es lo que sucede?
― Que la radio que me has dado no funciona, me ha dado problemas desde el principio y por fin se ha parado, ni emite, ni recibe.
Escudo de la Armija
Oí como el soldado que conducía el Nissan decía  ― Seguro que la pila se ha agotado ― Es lo que pasa con los soldados que tratan con los mandos - sean conductores, operadores de radio, administrativos o cualquier otra cosa que les haga convivir próximos a los jefes -  al final no saben cuál es su lugar,  cuando deben abrir la boca y cuando deben guardar silencio. Lo miré, tenía cara de listo. Seguro que era el más inteligente de su clase, igual era el más espabilado de su unidad y muy probablemente fuera el más listo del Nissan, pero no tenía ni puñetera idea de lo que estaba hablando.

― Mi comandante, llevaba usted una pila nueva de paquete. Ese 77 funcionaba perfectamente, vamos a ver qué es lo que le puede haber pasado.
Miré a mí derecha― Ascanio, si el conductor si puede,  que baje el 77 del Nissan
Lo he dicho hace un momento, tenía cara de listo y lo era, me entendió a la perfección y en unos segundos estaba pie a tierra y bajaba la emisora por la puerta del pasajero.
Comprobé la frecuencia y la conexión del microteléfono, por ahí no había problemas, pero el aparato estaba muerto, no se oía ni ruido de fondo.

Se me estaba ocurriendo una cosa, pero no me la quería creer― Mi comandante  ¿Cuándo ha fallado el 77, le ha quitado usted la antena?
― No ni siquiera se la habíamos puesto, enlazaba perfectamente sin ella. Algo le ha pasado, seguramente estaba averiado.
Metí la mano en la bolsa de respeto y saqué la base de antena.
― Mi comandante, me dice usted que no le han puesto la antena y esto  ― le enseñe la base ― ¿tampoco se lo han puesto?

El de Estado Mayor se estaba empezando a cabrear, supongo que pensaba que lo estaba interrogando gratuitamente y eso de que un teniente hiciera preguntas incómodas no debía venir reflejado en su particular manual. Respondió tajante.
― Ya te he dicho que no, tal como me lo diste lo puse en marcha y no he tocado nada más, empezó a dar problemas enseguida y al final se ha parado.

Respiré dos o tres veces antes de continuar, le eché una mirada mortal de necesidad a Ascanio, que en silencio se estaba gozando la charla y  al que se le escapaba una sonrisita de cachondeo que no podía permitir. Cuando Ascanio volvió a poner la cara de póquer que el manual señala, debe adoptar cualquier subordinado que accidentalmente es testigo de una charla entre  dos superiores, uno de los cuales se va a llevar un corte monumental, le dije a mi comandante con toda la calma que pude recabar.
― Mi comandante ha quemado usted el 77.
― ¿Qué dices?, ¡cómo va a ser eso! ― exclamó ya con mala leche declarada.
El check point de la emboscada

― Mire usted mi comandante, si usted pone el 77 en marcha sin la base de antena y lo utiliza, se quema el aparato. No me pregunte cómo funciona el mecanismo, pero siempre hay que poner la base de la antena, roscarla sin forzar hasta el tope y tras ello puede usted hablar lo que quiera. Porque el extremo de la rosca hace contacto con una pieza del interior, creo que esférica, que asegura que no suceda lo que ha pasado.
 Me miró con expresión de cálculo, creo que pensaba que lo estaba engañando ― Es la primera vez que escucho eso que me estás contando.

Yo estaba muy cabreado, el comandante se había cargado mi 77 al que cuidábamos con mimo exquisito porque sabíamos que si lo teníamos que utilizar, sería porque las circunstancias nos habrían obligado a echar pie a tierra y en un momento de apuro es fundamental tener enlace. Ahora le tendría que dar otro 77 y ya la sección se queda lista de papeles, sin transmisiones con un único ANPRC operativo y encima el jubiloso padre de la criatura me miraba como si le estuviera intentando colar una milonga.

Sin que pudiera remediarlo, aunque tampoco es que me empeñara demasiado en poner remedio, se me calentó la boca y le espeté ― Claro mi comandante, cuando explicaron eso en la Academia usted debía estar de cuartelero de wáteres ― me arrepentí en cuanto solté la frase. Se hizo un silencio absoluto, todos los presentes, el listillo del conductor, Ascanio, el comandante y yo estábamos francamente incómodos.

Como el asunto ya no tenía solución, me dediqué a hacer lo que debía hacer. Le ordené a Ascanio que se acercara hasta el 1º Arienza y le pidiera su ANPRC77; mientras se lo decía percibí un movimiento en la carretera y cuando me volví, vi al cabo Cisneros que venía al trote con el 77 en la mano y una sonrisa de oreja a oreja. Me asombró la capacidad que tenían mis cabos 1º para anticiparse a mis órdenes.

Tenía que poner aquello en marcha, ya tendría tiempo después para asombrarme todo lo que quisiera. Le di  a Ascanio el  77 que había cantado las diez de últimas hacía unos minutos y le ordené que se fuera al blindado y se quedara allá. Llegó Cisneros, coloqué la base de antena al 77 lo puse en marcha y comprobé su funcionamiento. El Mercurio me dijo que se me oía alto y claro, comprobé que llevaba una pila de repuesto nueva de paquete, como todas las que teníamos en la sección – algún día explicaré cómo las conseguíamos  -  y tal como estaba se lo di al conductor del comandante, que se apresuró a quitármelo de las manos.

El comandante me miró fijamente en silencio, pero entendí perfectamente el mensaje que me estaba mandando. Cuando esto acabe, te vas a enterar de lo que vale un  peine, legionario de los cojones. Fue eso o algo así, que ya saben ustedes que con la telepatía, si no lo tienes muy entrenado, cuesta trabajo entenderse; pero palmo arriba, palmo abajo, eso es lo que pensaba el comandante. Se subió al Nissan y como yo que ya lo tenía todo perdido y me daba igual ocho que ochenta, me quedé inmóvil, mirándole esperando a que me dijera algo, que al fin y a la postre era lo menos que podía hacer. Me dijo silabeando lentamente ― Vámonos.

Nos pusimos en marcha, el 1º Guerra que sabía lo que había ocurrido porque al cabrito de Ascanio le había faltado tiempo para contar el asuntillo del cuartelero de wáteres, me miraba con su mejor cara de comprensión solidaria, sabía que me la había buscado. No iba a comentar nada con él ya habría tiempo, ahora mismo no tenía ganas de hablar con nadie. Seguimos carretera arriba sin que hubiera novedad, el 77 del 1º Arienza con la base de antena puesta funcionaba perfectamente, lo que permitía al comandante llevar un férreo control radiofónico de la columna, quizás no tan férreo porque los cinco autobuses del HVO no tenían radio y además, como buenos croatas, iban a su puto aire.

Escarapela del IV CE de la Armija
Ya estábamos a unos diez kilómetros de Jablanica cuando llegamos el puente que permitía pasar de la ribera este a la oeste. Llegabas a la entrada del puente y hacías un giro de casi noventa grados a la izquierda, cruzabas el río, y cuando llegabas al otro lado volvías a girar a la derecha casi en ángulo recto para seguir la carretera que corría entonces entre el río al este y la vía del tren que transcurría paralela a la carretera, pero a unos siete metros de altura sobre el nivel del asfalto.

Era un lugar peligroso porque la Armija tenía en un saliente de la ribera este una serie de fortificaciones que les permitían enfilar de flanco con fuego de armas automáticas y contracarro la recta de la carretera que tenía unos seiscientos metros de largo, por otra parte en la vía del tren aprovechando la existencia de un túnel, tenían instalado un cañón antiaéreo de 20 mm que utilizaban para tiro terrestre y que tenía una enfilada perfecta sobre la maldita recta, en la que, justo a su finalización, tenían colocada la caseta del puesto de control.

Había que tener la precaución de pasar el check point de uno en uno y no entrar en el puente hasta que el vehículo precedente no hubiera cruzado completamente el control. Era el procedimiento establecido y aunque fuera lento te garantizaba no quedarte bloqueado en la recta de la carretera en una situación nada deseable, con un río a tu derecha y el talud de la montaña a tu izquierda quedabas, expuesto a fuego de enfilada y de flanco, en una situación muy vulnerable.

El comandante hizo alto ante tres armijas que se encontraban en la entrada al puente. Conversó con ellos y por radio ordenó de frente. Mis acciones estaban muy bajas, pero por radio le sugerí que me dejara pasar en primer lugar y que cuando yo hubiera superado la caseta al final del check point y sólo entonces que fueran pasando los demás de uno en uno.

Me mandó callar y ordenó de frente. Y disciplinados, fuimos de frente a la emboscada más clara que jamás le han montado a nadie.


Pero eso ya se lo cuento mañana si a ustedes les parece bien.

viernes, 30 de mayo de 2014

La liamos en el Alexis Ham Bridge (Primera entrega)

Este es el puente de la historia
Quisiera contarles lo que “no sucedió”, al menos oficialmente, en un lugar de Bosnia allá por los primeros días de mayo de 1993. En abril de ese mismo año la AGT Canarias había desplegado en aquel país en la zona de responsabilidad española y nosotros los de la Cía. Austria formábamos parte de esa agrupación. Lo que les voy a contar tuvo que ver como tantos otros sucesos, con un  puente. Parece ser que éste, que cruzaba el Neretva al norte de Mostar en la carretera que iba desde esa ciudad a Jablanica, Konjic y Sarajevo se llamaba Alexis Ham y digo parece porque como jamás tuvimos un plano mientras duró la misión resulta difícil saber los nombres de los accidentes naturales y el de los "artificiales".

A mí me mandaban  de “maleta” por lo que desde el punto de vista del mando, maldita la falta que me hacía saber a dónde iba y mucho menos cómo diablos se llamaba el puñetero puente de las narices. De hecho lo que sucedió y que si Dios no lo remedia les voy a contar, tuvo tan poca importancia a los ojos de mis superiores que la misión que se me ordenó cumplir ni siquiera aparece reflejada en el Diario de Operaciones de mi compañía. Desconozco el motivo, jamás tuve tanta curiosidad como para preguntárselo a mi capitán, hay cosas que es mejor no saber. Probablemente fuera porque como la misión  de aquel día era de compañía y la mandaba el capitán Romero, éste - sus motivos tendría digo yo - no reflejó la acción que llevamos a cabo la 2ª sección de su unidad en su informe post misión. Así que les voy a contar algo que oficialmente no sucedió o que a juicio del mando no tuvo la relevancia suficiente como para ser reflejado en el informe correspondiente.

Era casi la hora de comer, estábamos en Mostar y patrullaba con mi sección cuando mi capitán me llamó por radio y me ordenó acudir al lugar en el que él se encontraba, estaba en lo que posteriormente se conoció como plaza España.  Cuando llegué  advertí a mi gente para que comieran, porque si Romero me había llamado por radio y no me había explicado nada, seguro que nos iban a mandar a alguna misión delicada y no fuera a ser que después no tuviéramos ocasión de comer, bajé del vehículo, le di las novedades correspondientes y esperé a que me explicara lo que fuera que tuviera que decir.

Romero me explicó que iba a ir de escolta a un comandante de Estado Mayor, un coronel croata y cuatro o cinco autobuses, conducidos por conductores del HVO, en dirección a Jablanica y que allí íbamos a recoger a doscientos refugiados croatas de la zona. No debí poner muy buena cara, porque me dijo la frase que más he temido a lo largo de mi vida ― No te preocupes Miguel que está todo hablado, es ir, recoger a la gente y volver aquí ―. Y que quieren que les diga, cuando alguien me dice que no me preocupe, sé que me va a caer encima un chaparrón de los que hacen época.

Vivíamos una situación complicada, llevábamos todavía poco tiempo en Bosnia, nos habían preparado para una misión distinta de la que desarrollábamos. Lo de dar protección y escolta a los convoyes humanitarios había pasado a tercera o cuarta prioridad como poco, realmente lo que hacíamos o intentábamos hacer como Dios nos daba a entender, era lo de fuerzas de interposición y control del alto el fuego.

Combatientes de la Armija
Estábamos en una guerra, en la que en teoría no participábamos, aunque como nos dedicábamos a incordiar al bando que ganaba en la zona que estuvieras, te  convertías en un testigo incómodo, lo que te convertía en blanco de los unos o de los otros, según estuvieras en la zona en la que ganaban los croatas o en la que los vencedores fueran los musulmanes.

El Mando sostenía desde los tiempos en que estábamos concentrados en Almería preparando la misión, un argumento que pretendía garantizaba nuestra seguridad en la zona. Decían que el ser neutrales nos aseguraba no tener enemigos y esa era una parte importante de nuestra seguridad en Bosnia. No creo que me hiciera muy popular entre los miembros de la selecta PLMM de la AGT, cuando sostuve, una vez metidos en el baile, que la realidad demostraba que nuestra neutralidad por el contrario hacía que no tuviéramos amigos; situación nada deseable en mitad de la ensalada de tiros de la que disfrutábamos todos los días. El tiempo le dio la razón a quién la tenía, pero que quede claro que lo de la neutralidad se respetó porque era nuestra obligación, no porque ayudara a nuestra seguridad.

Uno cuando es militar quiere creer que el mando tiene la situación bajo control. La realidad en Bosnia me decía lo contrario, lo cierto es que la situación era tan fluida y cambiante, que diría uno de EM, que era muy difícil saber con precisión a qué nos exponíamos los que dábamos la cara y ahí incluyo a todos, desde el jefe de la AGT hasta el legionario más moderno. Estoy convencido que en ocasiones las cosas se complicaban a cuenta de las imprevisibles mutaciones de la situación y otras veces… y otras veces por cuestiones bien distintas. Vamos a dejarlo ahí, me van a perdonar pero es que todavía me cabreo cuando recuerdo la que liamos en el Alexis Ham Bridge del diablo y cuando me cabreo tiendo a ser algo borde.

Volvamos pues a la plaza en la que mi capitán me había dado las órdenes  correspondientes a mi misión. No eran demasiado complicadas, tenía que ir “de maleta” a buscar refugiados croatas a las órdenes de un comandante de Estado Mayor, situación que desde mi particular punto de vista se me antojaba muy poco deseable y para redondear mi disgusto me había soltado lo del “no te preocupes” que me sumió automáticamente en la preocupación más desoladora.

Me explicaré, lo de ir a buscar refugiados croatas a Jablanica, que quien dice Jablanica, está hablando de Celebici, Konjic, Ostrozak, Costanica etc. etc., suponía de antemano una aventura incierta. En esa zona de Bosnia estaban las cosas al rojo vivo, muchos muertos, cientos  de torturados, innumerables violaciones  figuraban en él debe de ambos bandos. La limpieza étnica sucesiva, conforme los vencedores de ayer tornaban en vencidos de hoy, había originado muchísimas deudas que pagar y los musulmanes de la zona, que eran los que ahora iban ganando, estaban locos por ajustar cuentas con los croatas ayudados por unidades radicales  extremadamente peligrosas. A eso y por si no fuera suficiente lo anteriormente expuesto,  había que añadir que la ARBIH, la Armija para entendernos, tenía poco poder en una zona en la que los jefes locales y sus ocasionales aliados hacían lo que les venía en gana.
Escudo de la Armija

Así que lo de “no te preocupes” me sonaba más a resignado consuelo al que agarrarse que argumento a considerar seriamente. No me entiendan mal, no es que se me hubiera arrugado el ombligo, no era un problema de miedo, sobre todo porque todavía no había habido ocasión para sentirlo todavía. Pero cuando me mandan ir a un lugar, llámenme caprichoso si se lo parezco, pero me gusta saber a dónde voy y que es lo que me espera conforme a la información que obre en poder de mis superiores.

Puedo estar equivocado, de hecho seguramente lo esté, pero desde el principio la misión me olía a un desesperado deseo del Alto Estado Mayor de Kiseljac de meter cuchara dónde no le correspondía y apuntarse con el “rescate” de los refugiados unos cuantos positivos. Y no es porque no me caigan bien los de Estado Mayor,  siento una gran admiración intelectual por los “pitufos”, no puedo decir eso de que entre mis mejores amigos cuento con uno de ellos, sobre todo porque no es cierto, pero admiro su inteligencia, cultura  y conocimientos.

Dicho esto debo hacer constar que al igual que un oso polar en el Sáhara no debe representar un peligro demasiado grande, lo mismo sucede con los del EM, que en su hábitat natural son muy buenos, pero sobre el terreno y mandando personalmente unidades me daban más miedo que un mono cabreado con un  subfusil en las manos, aunque conozca excepciones brillantísimas a mi afirmación.

Desde Kiseljac nos habían mandado un comandante de EM que era el que iba a mandar y disponer y eso me ponía nervioso, añádanle lo del coronel croata y los cinco o seis HVOS conductores, que lo de ir con esos pobrecillos al cogollo de una región en el que el deporte nacional, al menos en esos momentos, era el de despenar croatas no terminaba de alegrarme el día. Romper las cadenas naturales de mando tiene un coste muy caro y es algo que no debería hacerse más que en casos extraordinarios.

Romero me había mirado preocupado en dos o tres ocasiones, comprendo que observar cómo guardaba silencio era poco tranquilizador, debo reconocer que soy del sindicato de los que no callan ni debajo del agua, por lo tanto mi mutismo le tenía que sorprender. Pero como no creo que pudiera decirme nada que me pudiera interesar, también guardaba silencio. 
― Mira Miguel ahí están el comandante y los croatas que debes escoltar.

Miré a mi espalda y efectivamente habían entrado en la plaza, dos vehículos ligeros, uno blanco de UNPROFOR y el otro mimetizado que debía ser el del coronel croata, tras ellos venían cinco autobuses azules, de los que se utilizaban antes de la guerra en el transporte público interurbano y que se utilizaban comúnmente para transportar tropas, refugiados o prisioneros.

Acompañé a Romero que se apresuró a acercarse a los vehículos, del de UNPROFOR se apeó un comandante con un casco azul nuevo de paquete, con lo que mis peores sospechas se confirmaban. Romero le saludó y le dio la novedad. La verdad es que el comandante no parecía muy atento a lo que le estaba largando Romero, parecía estar ocupado observando como el coronel croata se bajaba de su transporte.

El croata se bajó al fin, tenía aspecto de militar profesional, eso me alegraba, siempre sería mejor que fuera militar de verdad y no un arquitecto o un jefe político metido a soldado. Mientras el comandante le largaba no sé qué, ya saben que de inglés ando peor que mal, el del HVO nos estaba mirando con atención. Me dio la impresión que estaba sopesando la valía de la escolta, era normal se iba a jugar el cogote y nosotros éramos los llamados a evitar que se lo cortaran.
Unidades musulmanes radicales

Mientras, el comandante y Romero se estaban dando la mano, cuando terminaron me acerqué y me presenté reglamentariamente. ― A la orden de usted mi comandante, teniente Rives de la compañía Austria a sus órdenes ―, me miró y en lugar de darme la mano que era lo corriente, me dejó en el primer tiempo del saludo y se acercó hasta el croata. El capitán y yo mismo nos presentamos al croata que nos correspondió en inglés.

Hay gente que sostiene que yo no trago a los de EM, pero les aseguro que no es cierto, me parecen gente muy preparada y además de ello educados, no diré amables, aunque muchos de ellos lo sean, pero todos sin excepción son educados. Bueno, ya no podía decir todos, porque el que me había tocado en suerte me había demostrado que militarmente no lo era, lo que no era bueno, pero a lo peor era que estaba muy nervioso y eso sí que resultaba preocupante.

Supongo que ustedes no saben y por eso se lo explico, que en un convoy durante su trayecto desde el inicio hasta el final, la máxima autoridad la ostenta el jefe de la escolta. Lo que resulta lógico, el que manda la escolta, independientemente de su graduación es el responsable de la seguridad de todos y por lo tanto manda y dispone en el convoy. Ustedes ya lo saben, el comandante en ese momento no lo debía saber porque se me arrimó y dijo
― Escucha, voy a ir en cabeza y las órdenes las doy yo.

Miré a Romero, que por lo visto había tenido la mala suerte de no escuchar al comandante porque tenía un gesto imperturbable, sería eso o simplemente no quería meterse en camisas de once varas.
Visto lo que había y para que nadie pudiera entender que le estaba poniendo pegas a la misión, me cuadré y dije ―  A la orden de usted mi comandante― mientras en mi fuero interno le maldecía hasta la quinta generación.

― Me tienes que dar con que mantener el enlace contigo.
― ¿Su vehículo  no monta medios de transmisión mi comandante?
― No.
― Pues le puedo dar un ANPRC 77 y con eso enlazará usted perfectamente.
Le pedí a Guerra que me mandara a alguien con el 77 que llevábamos en mi BMR.
Comprobé el dial de frecuencias ― La frecuencia que lleva es la de la sección mi comandante ¿se lo preparo?
Ni siquiera me miró ― No hace falta, dáselo a mi conductor y ya me ocuparé de ponerlo en marcha.
― A la orden mi comandante.

Le hice un gesto a Valerón que llevó el 77 con su espaldera hasta el vehículo de UN PROFOR.
Los jefazos dejaron de hablar se saludaron y como el comandante español se subió a su vehículo sin decir ni esta boca es mía le dije a Guerra que advirtiera a la sección que primero iría el Nissan del comandante, luego mi BMR, el jeep del croata, el Mercurio de transmisiones, el BMR de Arienza, los autocares y cerrando la procesión el blindado de Ávila.

Me despedí de mi capitán y monté en el blindado. El 1º Guerra que compartía conmigo muchísimas cosas, me dijo en tono amable ― El “comando” ya ha comprobado el enlace, dice que nos pongamos en marcha inmediatamente ―. Mandé de frente y salimos de la plaza lentamente, a mi espalda Ávila había bajado de su blindado y estaba organizando la columna. Al menos por ahí iba bien, mis subordinados eran gente de primera categoría.

Doblamos en la primera calle, me encomendé a San Millán  Astray y comprobé el enlace radio con mi sección  y el Mercurio. No lo sabía pero habíamos comenzado un auténtico viacrucis.


Pero eso se lo cuento mañana, si les quedan ganas...

miércoles, 28 de mayo de 2014

Los tres jardineros de Dracevo (Final)

Operábamos bajo bandera de la ONU
Me volví en dirección al cuerpo de guardia, mandé firmes y le di la novedad al capitán. Romero venía preocupado, el HVO tenía una cara de cabreo más que regular y el intérprete, un croata muy, pero muy proclive a apoyar siempre a los croatas contra los musulmanes y que seguramente trabajaba para sus servicios de inteligencia, iba detrás del militar croata como un  perrito. Le faltaba babear y mover la colita, aunque lo de babear igual me era dado presenciarlo  en un rato si la charla se prolongaba, que por mí iba a ser que no.

Mientras bajábamos hacia el cuerpo de guardia, Romero me dijo que venía por un asunto muy grave y que tenía que hacerme una pregunta. Me paré dando la espalda a la entrada al cuerpo de guardia. ― Usted dirá mi capitán.
El capitán miró al oficial del HVO y luego a mí ― Es importante Miguel, ¿ha pasado alguien por aquí?
Puse mi mejor cara de inocencia extrañada ― Mi capitán ha pasado muchísima gente, hace un rato los que venían de Metkovic y casi ahora mismo la gente que salía de la cantina. Los últimos se tienen que haber cruzado con usted. ¿Pasa algo mi capitán?

― Pues sí Miguel, el capitán ― señaló con su cabeza al del HVO, que parecía que de un momento a otro iba a empezar a echar humo por los oídos y fosas nasales, ― ha informado al teniente coronel, que tres o cuatro soldados de UNPROFOR han robado una ambulancia en Metkovic, los han perseguido y se han visto obligados a dispararles al ignorar las voces de alto. La ambulancia en su huída ha forzado la frontera entre Croacia y Bosnia y a pesar del fuego que han hecho contra el vehículo, éste proseguido su marcha, hasta que en la última curva, antes de la recta que lleva al cruce del destacamento, han volcado. Pero los ladrones han logrado salir de la ambulancia y han huido a pie por la ladera, no los han seguido porque han subido por una zona que en su momento estuvo  minada y no ha querido arriesgar a su gente, pero está seguro que han llegado al destacamento  y tienen que haber entrado precisamente por aquí.

La verdad es que no me costó nada poner cara de asombro, estaba atónito, no podía creerme la que habían montado los tres mosquitas muertas de mi sección.
Ahora que sabía lo que había pasado, al menos en versión croata, no estaba dispuesto bajo ningún concepto a  dar los nombres de los tres legionarios que había visto hacía un rato, al menos mientras estuviera el croata delante ― ¿Y cómo sabe este señor que los que le robaron la ambulancia eran de los nuestros? Miré hacia el del HVO. Se me subió la sangre a la cabeza, no me lo podía creer, el cabrón del intérprete le estaba traduciendo nuestra conversación al capitán croata y lo peor era que Romero no le ordenaba guardar silencio.

― Él dice que eran de los nuestros ― me dijo el capitán.
― Ya, él dice que eran de los nuestros y todo el mundo boca abajo. Mire mi capitán a mí me parece que a esta gente les han guindado la ambulancia y como no saben a quién cargarle el muerto, lo que le sale más barato es acusarnos a nosotros. Igual los ladrones han sido de los suyos o musulmanes. Porque ¿para qué diablos queremos nosotros una ambulancia?

Contenedores dormitorios
Me interrumpió el HVO que empezó a largar unas voces que me parecieron absolutamente inaceptables, pero que agradecí en mi fuero interno, la torpeza del croata  me facilitaba ponerme borde justificadamente.
 Me dirigí al intérprete ― Dile a ese señor que tenga un poco más de respeto, está en nuestra casa y yo soy el oficial de guardia y en el ejército español eso significa que me debe respeto.
Romero intentó terciar ― Venga Rives, no vayamos a liarla más. ¿Tú has visto pasar a alguien?

Me enfrentaba a un problema muy serio, si hubiéramos estado solos el capitán y yo, le hubiera dicho la verdad sin ningún reparo; pero ayudar a los del HVO que nos habían matado compañeros, que  en cuanto podían nos hacían la vida imposible y que se portaban con nosotros como auténticos cabrones, era superior a mis fuerzas. No sabía qué hacer, cuando por sorpresa se me ocurrió una idea.

Como un relámpago recordé al Padre Sorribas, mi profesor de filosofía en sexto de bachillerato, explicando  la restricción mental y poniendo el único ejemplo que debe haber para ello - porque con posterioridad lo he leído en tres o cuatro lugares distintos explicado exactamente igual -  la historia hablaba de  un  fraile que habiendo visto pasar a un fugitivo, al ser interrogado por los perseguidores que le preguntaban si había visto a alguien, a la vez que se metía ostensiblemente las manos en las bocamangas de su hábito les había dicho “Por aquí, no ha pasado nadie” y a imitación del fraile de marras dije muy serio ― Ya le he dicho mi capitán que por aquí –señalando también ostensiblemente el espacio frente a la puerta del barracón –no ha pasado nadie.

El capitán Romero de tonto no tenía un pelo, así que me miraba muy poco convencido, en realidad se estaba enfadando aunque se controlaba. En cambio el croata, que tenía la cara rojo inglés de turista en Benidorm, seguía dando voces. ― Miguel por favor…
― Mi capitán ya le he dicho por dos veces que no he visto a nadie y aunque se caiga el mundo  eso es lo que voy a seguir diciendo.
Me miró, mientras el intérprete intentaba explicarme lo que el croata gritaba. Ni le miré ― Ya te he dicho que lo que diga ese señor no me interesa y dile que baje el tono, que no tenemos por qué aguantar sus gritos.

Romero me miraba apenado, decidió volver sobre sus pasos antes de que la situación se complicara más y acompañar al HVO, que tenía un preocupante aspecto apoplético hasta su vehículo. Me despedí del capitán y volví al cuerpo de guardia, con muy mal sabor de boca. No le había dicho la verdad a Romero y por mucho que me refugiara en aquello que sostiene que nadie está obligado a revelar una verdad a quien no tiene derecho de conocerla y desde mi punto de vista ese era el caso  del intérprete y el croata, el argumento no me tranquilizaba en absoluto.

Afortunadamente tenía tenía toda la noche para pensar en lo que debía hacer, porque lo que estaba claro es que los tres angelitos deberían pagar por lo que habían hecho, gracias a Dios se habían librado de los del HVO, pero de mí no se iban a librar. Por la mañana cuando saliera de guardia iría a confesarme con mi capitán; no iba a ser un asunto sencillo de sobrellevar, pero tenía que decirle la verdad y ofrecerle una solución satisfactoria. Ya se sabe que a los jefes si les llevas un problema lo mejor es que simultáneamente les presentes la solución, sobre todo si el problema lo has creado tú o tu gente, como era el caso.

Los componentes de la guardia andaban algo revueltos, seguro que el telégrafo sin hilos que comunica a las comunidades legionarias se había puesto en marcha y sabían que algo raro sucedía Me mostré serio y distante y así me ahorré preguntas indiscretas; poco a poco recuperamos la normalidad y la guardia fue transcurriendo lentamente como siempre, pero al fin llegó la hora del relevo. La verdad es que no lo esperaba tan alegremente como de costumbre, mi charla pendiente con el capitán me tenía francamente inquieto, aunque ya tenía decidido lo que le iba a decir y proponer.

Salimos de guardia, di las novedades correspondientes en mando y me dirigí al contenedor que ocupaba la PLM de la compañía. Allí estaba el capitán Romero, que me esperaba, porque el sargento auxiliar no estaba ni por las cercanías. Le di la novedad y me dijo que pasara y cerrara la puerta y en La Legión cuanto te mandan cerrar la puerta ya sabes que no te espera nada bueno.

Tuvimos una charla muy larga en la que hubo de todo. El capitán estaba muy dolido conmigo y con razón, por no haberle dicho la verdad, le expliqué lo de la restricción mental y le aseguré que mi intención no era mentirle. De hecho le hubiera explicado lo que vi y le habría dado el nombre de los tres legionarios que la habían liado si no hubiera sido por la presencia del HVO y del intérprete. Aceptó, no sin resistencia, que era mejor que el asunto quedara entre nosotros. No le gustaba demasiado, pero creo que mi afirmación de que no era justo que por la locura de tres niñatos la Cía. Austria perdiera el prestigio que tan duramente nos habíamos ganado en la AGT, le hizo algo de mella y por ahí se creo la brecha por la que pude convencerle.

Tenía un  enfado tan grande, él que era un hombre muy calmado y medido, que no quería ni ver a los tres legías de marras, aunque tengo que decir que lo que más le angustiaba de lo que había sucedido, era el peligro gratuito que habían corrido los legionarios. Le propuse que dado que eran de mi sección, si no disponía lo contrario, me ocuparía personalmente del asunto y ya hablando más distendidamente nació el proyecto de transformar el paisaje de Dracevo en algo más agradable a la vista, gracias al sudor y al esfuerzo de los tres miembros de mi sección. Le pedí perdón  a Romero, le di las gracias por su comprensión y ya más tranquilo, pero con el colmillo algo más retorcido que antes de entrar de guardia, me fui a ver a mis tres amigos del alma.

Le pedí al sargento 1º Ávila - que debía conocer hasta el más mínimo detalle de lo ocurrido, porque con ver la cara de póquer que ponía, ya estaba todo dicho - que me trajera a los tres aventureros. Con la cara de pena que se pone en esas ocasiones, me explicaron al alimón lo que había sucedido. Estuvieron tomando unas copas, se les hizo tarde y cuando llegaron a los camiones éstos se habían ido, se les cayó el mundo encima – esa era su versión – y mal aconsejados por la ingesta de alcohol, les pareció que lo más oportuno era aprovechar un  vehículo abierto, que gentilmente el HVO se había dejado por allí. 

Montaron en la ambulancia y el que conducía, que para más INRI no tenía carnet de conducir ni civil, ni militar, pero conforme a su versión era el que más sereno estaba, arrancó a toda pastilla con la intención de adelantar a los camiones antes de que llegaran a la frontera, pararlos allí y así conseguir el transporte que habían perdido a cuenta de su retraso. No contaban con que el HVO fuera tras ellos, cuando se dieron cuenta de que los perseguían y que abrían fuego contra el vehículo se habían asustado y pensaron que si paraban igual les metían cuatro tiros. Así que siguieron hasta la fronter que pasaron como Dios les dio a entender, a pesar de que les tiraron con una ametralladora y que llegando al campamento debieron pinchar y volcaron. Subieron por la ladera y a la carrera llegaron a la formación de la compañía sin ningún problema, porque nadie se dio cuenta de nada.

Disfruto de una ventaja sobre algunos, tengo muy  buena memoria para recordar cómo era yo a la edad de mis hijos o de mis legionarios. Nunca me llevé una ambulancia, pero podría contar algunas cosas que pondrían la piel de gallina a más de uno, por lo tanto estaba muy cabreado con ellos, entre otras cosas, porque se habían jugado la vida por nada, pero a pesar de la enormidad cometida, era capaz de ponerme en su piel. Era un disparate de principio a fin, no podía justificarlos, pero los comprendía.

Les expliqué que con su conducta habían adquirido una deuda que deberían pagar  y que tanto el capitán como yo mismo estábamos muy molestos por la situación que habían creado, les pregunté si sabían lo que había escrito Valenzuela sobre los arrestos en el pelotón y uno de ellos dijo ― Ah sí el espíritu del pelotón ― que es como coloquialmente se  conoce a lo que escribió sobre este asunto el que fue jefe de La Legión y les pedí que me lo recitaran. Comenzaron a hacerlo titubeantes, pero mal que bien consiguieron pasar la prueba:

El sufrir arresto en el pelotón
es derecho del legionario
que pecó militarmente;
derecho del que no debe desposeérsele
ni con indultos ni atenuaciones,
y cuanto más plenamente realice el pago
más se desliga de su falta
que al terminar el correctivo
deja de pesar sobre él,
puesto que se liberó
pagando por ello su justo precio.

Terminaron de recitarlo y les expliqué que el motivo del arresto que iban a sufrir debía permanecer en secreto para no manchar el buen nombre de la compañía y les detallé lo que deberían hacer para pagar la deuda que habían contraído con la compañía. Aliviados y agradecidos mostraron su acuerdo y en ese preciso momento nacieron los tres jardineros de Dracevo.

Una cosa debo decir, resulta curioso pero a lo largo de los días que trabajaron en el ajardinamiento, que fueron bastantes,  fueron ayudados voluntariamente por muchos de sus compañeros que con ese gesto no significaban su aprobación por lo que habían hecho, pero mostraban su satisfacción por la jugada que los jardineros le habían hecho al HVO. 

Curiosamente, con el paso del tiempo estoy cada vez más de acuerdo con mis legionarios. Lo que sucedió no debió pasar bajo ningún concepto, pero mangarle una ambulancia al HVO y salir con bien del asunto en las circunstancias en las que lo hicieron, no lo hace cualquiera. Llámenme raro pero todavía sonrío cuando lo recuerdo.


martes, 27 de mayo de 2014

Los tres jardineros de Dracevo (Segunda entrega)


Parte de la zona que se ajardinó

Mientras subía hacia los vehículos donde se encontraba la compañía dedicada a la limpieza de armamento y mantenimiento de vehículos y transmisiones, recordé los sucesos que nos habían llevado a la situación que les estoy relatando. Había entrado de guardia con parte de mi sección y creo que nos habían agregado el  pelotón de MM de la compañía con el sargento Hidalgo al frente para completar la guardia. No sé a qué se debía la novedad porque en Bosnia entrábamos normalmente de guardia con la sección al completo, lo que resultaba muy cómodo y sobre todo eficaz, pero así fue. Algún motivo habría pero lo cierto es que no lo recuerdo.

A lo largo de los seis meses que estuvimos en Bosnia hicimos más guardias que el palo de la bandera, personalmente prefería  con mucho un día de misión a una guardia. Las guardias por definición son aburridas, incómodas, fatigosas y monótonas hasta decir basta y esas características tan negativas contrastaban poderosamente  con las situaciones emocionantes que nos proponían los días de misión, por muy tranquilos que resultaran.

Probablemente la droga más poderosa de este mundo sea la adrenalina, eso dicen los que entienden de drogas, hablo de oídas así que no me hagan mucho caso, pero hay que reconocer que disfrutábamos de la excitación que nos proporcionaba y las guardias, normalmente no provocaban situaciones que la produjeran.  

Pero vamos a lo que vamos. El cuerpo de guardia de Drácevo ocupaba parte del barracón que se encontraba situado perpendicularmente a la  pista que llevaba al campamento.  Estaba en el cruce de caminos  en el que la pista que iba hacia la carretera se abría en dos brazos, uno que iba en dirección a unas casas situadas al oeste del cuerpo de guardia y el que rodeaba la instalación por el este y llevaba a la carretera.

El barracón era una instalación multiusos de forma rectangular, tendría unos quince metros de largo por ocho de ancho. Lo dividía en dos partes iguales un pasillo que dejaba a la derecha el cuarto del oficial de guardia y otro para el resto de la guardia, le seguía el botiquín donde se pasaba reconocimiento médico a los componentes del GT Colón y se atendía a los civiles que aparecieran por allí, los baños y terminaba en una sala que ocupaba toda la amplitud del barracón, en la que estaba instalada la cantina. Ésta era atendida por dos o tres mozas, exactamente igual que en Jablanica, con la diferencia que las de Dracevo eran croatas y las otras musulmanas, pero curiosamente actuaban como si hubieran aprendido su oficio en la misma escuela. Igual resultaba que existía en Bosnia un centro de formación profesional para camareras de cantinas de UNPROFOR y nosotros no nos habíamos enterado.

 A la izquierda del pasillo se encontraba el “teleclub” del destacamento, un televisor presidía la sala de aspecto desolado, en la que se alineaban dos grupos de  bancos que dejaban un pasillo entre ellos. Eran duros, estrechos y bajitos, ya lo he comentado en otra ocasión, eran de una incomodidad  tan espectacular como sólo se puede encontrar en un  cuerpo de guardia. Cuando se habla de algo que es muy duro se califica su dureza de diamantina, pues para calificar la peor de las incomodidades habría que referirse a banco de cuerpo de guardia español. Se lo aseguro, si de lo que se trata es de incomodidad son lo más de lo más.

A la puerta del barracón  dos bancos algo más decentes que los del teleclub y dos morales muy frondosos ofrecían descanso y solaz a los desgraciados a los que les tocaba hacer guardia. Sostengo que las guardias eran monótonas y aburridas y esa era nuestra percepción, pero vistas con la perspectiva que da el tiempo, recuerdo unas cuantas en las que sucedieron cosas que hubieran inducido a algún oficial de guardia de los que hay  en muchos acuartelamientos de España a cortarse las venas o pedir la baja del ejército.

Bueno pues en esas nos encontrábamos, no serían ni las nueve de la mañana y todavía estábamos haciéndonos a la idea de que irremisiblemente nos tocaba estar en aquel barracón las próximas veinticuatro horas, a no ser que en Mostar se liara la mundial y a lo mejor el Mando en su infinita sabiduría, nos relevaba para que fuéramos para allí tal y como había pasado ya un par de veces. Ni siquiera estaba lista la cafetera que, como era tradicional en la sección, tenía que estar al fuego dos segundos después de acabar con el relevo y despedir a la guardia saliente.
Como digo, nuestro espíritu  no estaba aún de guardia  cuando aparecieron dos adolescentes entre los 14 o 15 años, que traían como podían a otro chaval de su misma edad, que lucía una laceración, entre herida y quemadura, en el centro geométrico de su cuero cabelludo y que iba desde la frente hasta la zona occipital, al que le flojeaban las piernas y que no era capaz siquiera de hablar. Lo sentamos en un banco, mientras que de forma sorprendentemente coordinada alguien le daba un toque al médico y el 1º Guerra llamaba a Mando para que nos mandaran un intérprete con urgencia.

El médico que salió a los pocos segundos, pidió que acercáramos con cuidado al chaval hasta el botiquín para poderlo reconocer. Dos legionarios lo cogieron, mientras que el 1º Arienza, ayudado por el cabo Dobao impedían que los dos colegas del averiado entraran en el barracón. Los chavales protestaban y nosotros andábamos en lo de polaco, polaco, nema problema (tranquilo, tranquilo, no hay problema) lo que no producía el menor efecto a los chavales, que eran unos críos, pero croatas y ya apuntaban maneras, cuando afortunadamente llegó la intérprete, Adriana - creo recordar - una tía genial, guapa, muy seria y que hacía un trabajo magnífico que se puso a hablar con ellos y en un minuto los tenía comiendo de su mano.

Entró para explicarle al médico que es lo que había sucedido. Los chavalines – juventud divino tesoro – estaban  en el domicilio de uno de ellos y como se aburrían se pusieron a trastear con el kalashnikov del padre y en ello estaban, cuando se les escapó accidentalmente un disparo que no le levantó al colega la tapa de los sesos porque Dios es grande.

Al ratito sacaron entre el médico y Adriana al accidentado, al que le habían pintado con yodo el rasponazo que le habían hecho sus colegas y que parecía  le hubieran hecho una raya en mitad del coco. El médico dijo que no tenía conmoción cerebral, simplemente tenía una quemadura, producto del roce del proyectil y que lo dejáramos un rato a la sombra a ver si se tranquilizaba, porque todavía no había abierto la boca ni para quejarse.

Adriana trasladó a sus amigos lo que había y cuando iba a irse, me vino una cuestión a la cabeza para la que necesitaba su colaboración. Llevaba tiempo dando vueltas a un asunto que me tenía muy mosca, a menos de cien metros del cuerpo de guardia vivía un miliciano del HVO que  durante la semana se iba a la guerra y los fines de semana volvía a su casa. Era un tipo mal encarado, vestía siempre de uniforme y nos miraba francamente mal cuando pasaba por delante del cuerpo de guardia.

Esas cosas no es que importaran demasiado, de hecho no nos importaban nada, el problema real es que al tío le gustaba muchísimo darle al jarro y cuando llegaba a su casa, a las tantas de la noche, harto de rakia, colocado como un piojo, cogía el kalashnikov y celebraba la cogorza disparando unas cuantas ráfagas al aire, lo que de manera automática ponía en pie de guerra a la guardia. La noche anterior había montado el numerito, lo sabía porque me había despertado con los disparos y me juré a mí mismo  que le iba a quitar al andoba las ganas de andar de jarana en las cercanías del cuerpo de guardia.

Así que aproveché la presencia de  Adriana que seguro me iba a traducir fielmente lo que le dijera aunque no le hiciera ninguna gracia lo de ir al domicilio de nuestro amigo y eso que no sabía lo que le iba a decir, pero cedió tras que se lo pidiera un par de veces y tras coger mi cetme - el atrezzo hay que cuidarlo - nos dirigimos a la casita. Al llegar le di un par de puñetazos a la puerta para que el amante de los disparos supiera de antemano que la visita no era amistosa, mientras la intérprete me miraba moviendo la cabeza para expresar su disgusto. Salió mi amigo, Adriana se apresuró a saludarlo y me miró interrogante.

Le dije ― Adriana dile a ese tipo que como se le ocurra volver a disparar y tenga la mala suerte de que esté de guardia le dispararemos. No le vamos a dar el alto, ni mandangas de esas, le dispararemos en el acto.

Adriana le trasladó el mensaje, el tipo me miró, le sostuve la mirada y sin abrir la boca dio media vuelta y se metió en su casa. Fue mano de santo, en dos o tres meses no volvió a disparar jamás a la puerta de su casa. Después no tuve oportunidad de comprobar la eficacia de la amenaza sobre la reflexión porque al pobre diablo se lo llevaron puesto en las cercanías de Mostar y se acabaron para él,  los disparos para siempre jamás.

Volví a mi guardia, comprobé que los chavales se habían ido, Guerra me indicó que el “herido” había salido por su pie y que cuando se fue hablaba animadamente con sus amigos. Tranquilizado al respecto me dediqué a las tareas propias de la guardia. Ésta fue pasando lenta y monótonamente, los relevos, las novedades, las llamadas de Mando, el control de los civiles que pasaban al botiquín, nada que pueda contarles que tenga el menor interés hasta las seis o siete de la tarde, hora en que  el Mando decidió a autorizar – lo hacía cuando buenamente podía - visto que los informes anunciaban calma en la zona, a que la gente libre de servicio se la transportara a Metkovic, en Croacia, para que se dieran una vuelta, compraran lo que les hiciera falta, se cortaran el pelo, telefonearan, se pusieran hasta arriba de alcohol o simplemente cenaran.

Así me lo comunicaron  y tres camiones aparcaron en la pista al costado del cuerpo de guardia, se fueron llenando con rapidez. Los legionarios que se iban a dar el garbeo a Metkovic y los de la guardia vacilaban y se lanzaban pullas y denuestos, pero con ánimo jocoso, ni en eso iba a haber la menor variación. Llegada la hora  y después de comprobar que la escolta estaba lista, agrupé a los legías en dos camiones, autoricé la salida y mandé al tercer camión, cuyo conductor me miraba desolado, a su aparcamiento.

A las tres horas estaban de vuelta, se notaba el efecto relajante de las copas que habían ingerido porque el jaleo que producían era bastante más sonoro que a la hora de salida. Bajaron de los camiones y se dirigieron en grupos hacía sus compañías, dónde pasarían el control nocturno. Llamé a Mando y comuniqué que había recibido el “sin novedad” de la escolta y los conductores de los camiones.

Me ocupé de comprobar que la guardia hubiera cenado, incluidos los que estaban de puesto y salí al exterior del barracón huyendo del ruido que surgía de la cantina, miré el reloj, faltaban unos minutos para que tuviera que ordenar el cierre. Un trabajo feo, porque la gente se empeñaba en alargar el tiempo de permanencia como si  el mundo fuera a acabarse  esa noche y a veces costaba que salieran.

Comprobé la hora en mi reloj y a desgana fui a cerrar la cantina, fue de los días fáciles, menos dos de los que habían salido a Metkovic y que tenían sus facultades mentales algo perjudicadas, los demás salieron rápidamente. Fui controlando a los dos legionarios a los que les costaba volver al modo “ chavalote se acabó la fiesta”, hasta la puerta y allí el aire fresco de la noche los espabiló y comenzaron la subida de la cuesta hacia sus unidades.

Mientras miraba como subían trabajosamente por la pista, encendí un cigarrillo y de golpe a unos metros de mí vi a tres legionarios de mi sección que a la carrera se incorporaban a la cuesta pero viniendo de la ladera que bajaba hasta la carretera, esos habían subido directamente desde la carretera. Tomé nota en mi agenda mental, de averiguar, cuando saliera de guardia, que pasaba con aquellos tres.

Terminé el cigarrillo y me senté en el banco de la puerta a charlar con la gente, a los pocos minutos un legionario que teníamos en la esquina para que nos avisara si bajaba algún  mando, me advirtió que se acercaba el capitán Romero, me acerqué a la esquina y efectivamente vi a Romero, pero acompañado por un HVO y uno de los intérpretes.

No me pregunten por qué, pero en cuanto les eché el ojo encima, supe que pintaban bastos.

Pero eso se lo contaré mañana, si les parece bien. No se lo pierdan porque es muy interesante.


lunes, 26 de mayo de 2014

Los tres jardineros de Dracevo (Primera entrega)

El aspecto del destacamento de Dracevo era manifiestamente mejorable

No me pregunten la fecha porque no tengo ni idea de cuál pudiera ser, probablemente fuera a comienzos de nuestra estancia en Bosnia, porque eran algo más de las nueve de la mañana y todavía se estaba muy a gusto al sol. Me encontraba en el destacamento de Dracevo, sentado a la puerta del barracón de Mando, mientras veía trabajar a tres de mis legionarios que se dedicaban con gran energía a rellenar con la tierra que traían con una carretilla, un cercado de piedra seca que rodeaba unos de los pocos árboles que se podían ver en el destacamento.

Me encontraba en paz con Dios y con los hombres, tranquilo, relajado y satisfecho de algunas decisiones que había tomado hacía apenas unas horas, que me parecían entonces y ahora muy acertadas, sobre todo si me fijaba en cómo sudaban la gota gorda los legionarios a los que observaba. Estaba fumándome un cigarrillo con toda la calma del mundo, cuando me percaté que en el umbral de Mando  se encontraba el teniente coronel Alonso Marcili que miraba entre atento y sorprendido la frenética actividad de los tres legías. Me levanté, saludé y le cedí el asiento que aceptó, mientras que con una mano me señalaba al interior del barracón para que sacara otra silla  y me sentara con él.

Lo hice y permanecimos en silencio unos minutos, mientras mi jefe fumaba uno de sus cigarrillos de tabaco negro. Al rato el Tcol se dirigió a mí ― Oye Rives ¿tú sabes lo que están haciendo esos tres legías?
― Son de la compañía Austria mi teniente coronel. Buenos chavales, trabajadores, muy aficionados a la jardinería y me han  pedido por favor si les daba permiso para ajardinar esta zona y les he dicho que me parecía bien ― Giré la cabeza para mirarlo ― Espero que no haya inconveniente.

El "capataz" de los jardineros
Alonso Marcili guardó silencio y encendió otro cigarrillo que fumaba usando una boquilla. Esperó un buen rato antes de preguntarme ― ¿Aficionados a la jardinería? Rives no me jodas ― exclamó.
― A mí no me extraña tanto porque los conozco mi teniente coronel, es verdad que son un poco raros, pero en la 5ª compañía en Fuerteventura, tengo gente rara a punta pala, usted ya sabe cómo es la VII Bandera.

Me miró, terminó su cigarrillo en silencio, se levantó y haciéndome un gesto para que no me incorporara volvió al interior del barracón. Alonso Marcili, que tenía más tiros pegados que la XIII bandera del Tercio, sabía cuándo no debía insistir. Me conocía desde hacía muchos años y supondría que si no quería aclararle los motivos de la actividad, tendría mis razones.
Y efectivamente las tenía.

Los tres “amigos” de la jardinería estaban pagando una deuda que habían adquirido hacía ya un par de noches. Mantuvimos en su momento una charla muy constructiva que cristalizó en un acuerdo entre caballeros. En aquellos momentos el motivo de la deuda, era un secreto entre los tres legionarios y un servidor. Creo que tras veintiún años se puede alzar el tupido velo que hasta la fecha ha protegido  el misterio y explicar a qué se debía ese repentino y misterioso amor por la jardinería de mis tres legionarios.

Cuando se habla de jardinería no sé por qué será, pero todo el mundo piensa en una joven muy guapa con pamela cortando unas rosas o removiendo la tierra delicadamente en un macizo de hortensias. En el peor de los casos tendemos a asociar esa actividad con un individuo en bermudas, con barriga cervecera, regando el césped  de los tres palmos cuadrados del jardín de su adosado. No era ese el caso de mis tres amigos que se enfrentaban a un trabajo muy duro. Se lo aseguro, no es lo mismo regar plantas en un adosado que ajardinar una zona  que parecía hubiera pisado con cierta frecuencia  el caballo de Atila.

El acuerdo al que llegamos les obligaba a cercar cada uno de los árboles que había en la zona delante del barracón de mando, con  una pared de piedra seca. Ya saben ustedes  esas cercas que se hacen con piedra, sin que medie cemento o argamasa en su construcción. Eso sí hay que colocarlas con arte, procurando que la superficie de contacto entre las piedras sea la máxima posible y luego la habilidad del constructor y la gravedad hacen todo lo demás, eso al menos dicen los que entienden de esas cosas, la verdad es que llevar a la práctica la teoría resultaba más complicado de lo que pudiera uno suponer. Pero era una forma de construir muy habitual en la Fuerteventura rural, así que  mis “amigos” estaban hartos de ver las murallas de piedra seca y las gambuesas para el ganado construidas siguiendo esa técnica, por lo que pensaba que con haberlas visto e incluso haberse sentado alguna vez en ellas, deberían tener el conocimiento suficiente para coronar con éxito su construcción.
Trabajo tuvieron ...

Después de construir la cerca alrededor del árbol, rellenarían el cercado correspondiente con tierra y tras rellenarlo deberían ir al bosque, que había entre el destacamento y la carretera, para cortar tepes de musgo que plantarían sobre la tierra debidamente humedecida para conseguir un efecto césped, maravilloso.

Finalizado todo ello, deberían encalar la pared de piedra, siguiendo la ancestral costumbre de La Legión. Lo de encalar  era y es una tradición en el Tercio y ya se sabe que las tradiciones son muy importantes y hay que conservarlas y promoverlas. De hecho los más veteranos cuentan que cuando una unidad legionaria llegaba a un lugar para establecerse, antes que la cocina, las letrinas o los dormitorios, se construía una calera a fin de conseguir cal suficiente para blanquear lo que hiciera falta.

Y de ahí nace un cuento que tiene que ver con esa costumbre. Debían correr los años cincuenta del pasado siglo, cuando un legionario bastante corto de entendederas llegó de permiso a su pueblo, allí todo el mundo esperaba los relatos sobre las experiencias en el Tercio del vecino, que como ya he dicho era bastante bruto. En la taberna del pueblo había gran expectación, era el primer hijo del pueblo que servía en La Legión y querían saber cómo  era el Tercio desde dentro.  Ante su silencio, el legía era de muy poquitas palabras, uno de los vejetes que había interrumpido la partida de dominó esperando los relatos del chaval, le preguntó ― Pascasio ― así se llamaba nuestro joven ― cuéntanos que haces en La Legión.
Pascasio frunció el ceño, hizo un esfuerzo reflexivo brutal y contestó ― Saludar a todo lo que se mueve y encalar todo lo que se está quieto.

Así que estaba más que claro, cristalino, que teniendo presente que el destacamento de Dracevo era un  destacamento legionario, las paredes de piedra seca deberían estar encaladas para respetar la tradición  y las costumbres. Les explico con precisión todo lo que tenían que hacer  mis “tres mosqueteros”, que eran tres y no cuatro, porque los españoles somos más formales que los gabachos y no enredamos, como éstos con los números, para que se hagan una idea del trabajo que tenían que realizar y que no les evitaba servicio o trabajo alguno que les viniera por la vía jerárquica. Estaba acordado, el ajardinamiento se haría en los momentos libres de los tres jardineros de Dracevo.

Vi venir hacia Mando al capitán Romero, que seguro iba a dar novedades a Alonso Marcili, me levanté y me dirigí hacia él, al llegar a su altura lo saludé, el capitán se detuvo a mirar a los jardineros que habían redoblado furiosamente su actividad y fingían no haberlo visto.
― Mi capitán el teniente coronel ya me ha preguntado por esos tres.
― ¿Y qué le has dicho?
― La verdad, mi capitán. Que son tres legionarios de la Austria que se han ofrecido voluntarios para ajardinar la zona.
― ¿Y? — volvió a preguntar Romero.
― Pues nada mi capitán, el teniente coronel no ha dicho ni palabra. Estoy seguro que si usted no le comenta nada, él tampoco va a profundizar en la cuestión.

― Ya veremos― masculló  Romero al que había cosas que le superaban y que eso de contarle milongas al mando, aunque todo el mundo estuviera al cabo de la calle del milongueo, le ponía de los nervios. Ya habíamos tenido una larga charla sobre la restricción o reserva mental, figura ampliamente debatida por los estudiosos de la ética y la moral, pero la verdad es que no estaba demasiado convencido, no hubo manera de que aceptara que la restricción mental fuera aplicable al asunto que generó el profundo amor por la jardinería de los tres legionarios de marras.

Se despidió de mí y arrancó en dirección a Mando. No habría problemas, en cuanto el Tcol le viera la cara a  Romero, que era un tío estupendo pero un bendito de Dios incapaz de cualquier fingimiento, sabría qué éste tenía pegas  con el asunto de los jardineros y Alonso Marcili era un caballero y “sabía manera” por lo tanto no le iba a preguntar al capitán nada que tuviera que ver ni de lejos con la jardinería.

Tenía que ir a atender asuntos pendientes que requerían mi atención, pero antes de irme me acerqué a los legionarios, que en cuanto el capitán les dio la espalda habían adoptado un ritmo de trabajo bastante más pausado que el que exhibieron ante su presencia y les expliqué con pelos y señales lo que haría con ellos si creaban cualquier situación que, por nimia que pareciera a su criterio,  pudiera ser considerada como un problema por parte del mando.

Me miraron, los miré y me entendieron perfectamente, pude leerlo en sus rostros. Más tranquilo y con la conciencia de haber atendido satisfactoriamente el problema me fui hacia el aparcamiento de los vehículos.


Mañana continuará. Espero que les queden ganas de seguir o les pique la curiosidad.