jueves, 22 de mayo de 2014

Lo mejor es enemigo de lo bueno (Segunda entrega)

Así estaba dividida Mostar a cuenta de la guerra

La mañana transcurrió con relativa tranquilidad. La Comisión Mixta estuvo reunida hasta las 14,30 horas, sin que hubiera demasiados problemas. Probablemente contribuyera a que la tensión no se disparara, la actitud de los delegados musulmanes, que se mostraron, no diré que conciliadores pero tampoco desafiantes. Tras el incidente a su llegada, hablé con su jefe y le aseguré que lo sucedido con la granada de mano quedaría entre nosotros. No iba a reflejarlo en mi informe y por lo tanto si ellos no hablaban del asunto, por mí el lío aquel no había sucedido, a él le había parecido bien y a mí también. Le rogué a “Carmen” que guardara discreción sobre lo ocurrido y aceptó con naturalidad lo que le pedía.

Puntualmente a las 14,30 horas terminada la reunión, sacamos de allí a los delegados musulmanes y me apresté a llevarlos al otro lado del Neretva. Había que ir con cuidado, nunca se sabía que podía suceder y lo que estaba claro es que estábamos en zona croata y seguiríamos un itinerario que el HVO conocía perfectamente. No esperaba que sucediera nada, pero tomamos todas las precauciones posibles, que tampoco eran tantas y nos pusimos en marcha. Cuando llegamos a la plaza que daba acceso al puente de Tito, sonaron unos disparos que provenían del alto edificio de un banco, que dominaba perfectamente toda la zona. Allí acostumbraban a apostarse los tiradores croatas que tenían una especie de retén en el lado oeste de los bajos del edificio  y que a veces nos disparaban, me parecía que  más con la intención de asustarnos que la de hacer blanco.

Esa debía ser la consigna del  día, porque escuché los disparos, pero no localicé los impactos y una cosa estaba clara, cuando les interesaba hacían blanco en el vehículo. Ordené a Morales que acelerara la marcha y nos llevara al puente de Tito, lo cruzamos y en apenas tres minutos estábamos frente al CG de la Armija. Abrimos el portón y los delegados bajaron del vehículo, se despidieron todos, excepción hecha, del tipo de la granada que se limitó a lanzarme una mirada atravesada.

El barrio musulmán de Mostar
― Cualquiera diría que la granada era un recuerdo de familia ― le dije a “Carmen” en tono jocoso, estaba muy satisfecho de su trabajo y quería que ella se diera cuenta de ello.
La intérprete se echó a reír. ― Son muy raros, parecía un niño enfurruñado al que le han quitado su juguete preferido.
― Bueno, nosotros a lo nuestro. Vámonos al lado croata y a ver si podemos comer en la calle de la Comisión Mixta, los árboles dan allí una sombra estupenda ― Se me escapó una sonrisa, estaba hablando como un guía turístico.
Por la conexión interna del  BMR hablé con mi conductor ― Arranca Morales y vete con cuidado al dar la vuelta, no vayamos a llevarnos puesto a alguien.

Salimos del barrio musulmán y nos dirigimos hacia la Comisión Mixta, dónde nos esperaba el capitán Romero. Al cruzar el puente de Tito, saqué la granada del bolsillo del pantalón y tal como estaba sin retirar el seguro - como quién no quiere la cosa - la lancé al centro del río.
― Muerto el perro se acabó la rabia ― le dije al 1º Guerra que me miraba con expresión neutra.
― Si usted lo dice mi teniente, pero me parece que nos quedan muchos perros y mucha rabia.
― Bueno, eso será cuando toque, por hoy nos hemos quitado de en medio lo de la Comisión Mixta, que es de las cosas que me ponen más nervioso y el ambiente parece estar bastante tranquilo.
Guerra no parecía muy convencido ― Ya sabe usted  que si el día está tranquilo, eso es señal que nos espera una noche movidita.
― Joder Guerra no seas gafe, ese puente ya lo cruzaremos cuando lleguemos a él. Ahora vamos a ver si  recuperamos a nuestra gente y comemos con tranquilidad.

Llegamos a la calle de la Comisión Mixta, organizamos los distintos relevos de los puntos de control y  aprovechando que la calle no tenía prácticamente tráfico, nos pusimos a comer al aire libre. Tuvimos que recurrir a las raciones de previsión, las bolsas de comida qué nos daban en Dracevo para que comiéramos, habían desaparecido en cuanto paramos en el barrio musulmán, Guerra se había encargado de repartirlas entre la chavalería.


El capitán hablaba con la intérprete animadamente, mientras su conductor ayudaba a ésta a abrir las latas y montar el hornillo para calentarlas. Desde luego a “Carmen” Dios no la había llamado por el camino de abrir latas que hubiera que calentar y lo de montar el hornillo que traía la caja de la ración parecía que le resultaba imposible. Al final entre toda la tripulación del capitán que curiosamente estaban locos por ayudarla y con el apuro consiguiente de “Carmen”, que parecía algo violenta ante la atención que todos le prestaban, le organizaron el asunto y pudo sentarse a comer en la barandilla que separaba la acera del interior de las edificaciones que estaban a un nivel más bajo que la calzada. Era ancha, con su parte superior plana y de una altura que la convertía en un asiento perfecto, dadas las circunstancias.

Se estaba bien en la calle, soplaba una leve brisa que refrescaba el ambiente al menos a la sombra de los árboles, no muy altos pero sí tupidos. El capitán comía con el casco puesto y controlaba que todos hiciéramos lo mismo, todavía no le había dicho nada a “Carmen” que lucía su pelo de color rojo, sin el estorbo del puñetero casco. Pero mientras se llevaba la cuchara a la boca, se percató que era la única que no lo llevaba y se apresuró a ponérselo. Miré a Guerra y ambos sonreímos, Romero que era muy cortés con todo el mundo y extraordinariamente cumplido con las señoras,  acababa de quitarse un problema de encima.

Yo estaba liado todavía recuperando a mi gente y controlando el reparto de las raciones de previsión cuando el capitán me hizo una seña para que me acercara. Lo hice y me explicó que estábamos esperando un documento de la Comisión Mixta que había que remitir urgentemente por fax a Medjugorje y que mientras él se encargaba de eso y de las patrullas, yo pasaría al lado musulmán para entrevistarme con el Dr. Milovic, el director del hospital musulmán.

― Miguel come con tranquilidad y sobre las 15,30 horas pasas al otro lado y averiguas que quiere Milovic. Ya te he dicho esta mañana que si es por las bombonas vacías de oxígeno dile, que ya anochecido, me acercaré al hospital personalmente y me las llevaré. Me dejas uno de tus blindados para que eche una mano en las patrullas.

Llamé  al 1º Arienza y a Ávila y les expliqué lo que íbamos a hacer. Arienza se quedaba con el capitán y Ávila se venía conmigo al hospital musulmán. Terminamos de comer y descansamos un poco, mientras se montaba el despliegue que había organizado el capitán. Bueno mientras se montaba el despliegue y el hornillo de gas que llevábamos en mi BMR nos hacía el café, un lujo que debíamos a Morales y a mi mujer al alimón. Morales había aportado el hornillo de gas y unas tazas metálicas vidriadas y mi mujer colaboraba, mandándome kilos y kilos de café Tirma, una marca canaria muy apreciada en las Islas.
Zona croata Mostar
Me senté, encendí un cigarrillo y mientras fumaba no pude por menos que pensar en qué es lo que querría Milovic, un hombre que se enfrentaba todos los días a la dificilísima situación de tener que atender a muchísimos heridos y enfermos en un caserón convertido en hospital, prácticamente sin medios,  que se pasaba el día buscándose la vida y que había encontrado un  filón insondable en la buena voluntad de los legionarios, a los que siempre nos ha encantado echarle una mano a los más desfavorecidos.

A Milovic le habían hecho cargo del hospital y peleaba desesperadamente por atender a sus pacientes, sin quirófanos, sin medicinas, sin medios diagnósticos, mientras recibían bombardeos muy frecuentes. De hecho todas las ventanas y puertas de  la fachada oeste del hospital estaban protegidas por sacos terreros. La situación en la que trabajaba era desesperada y él le hacía frente como podía, pero le ponía un empeño y una fe a su trabajo que era de admirar.

Conmigo tenía una relación que nacía de un hecho que él explicaba a todo aquel que se pusiera a su alcance y llevara casco azul. Contaba que yo era un gran militar porque le había salvado la vida a un  amigo suyo. Me lo había contado ya dos o tres veces y jamás supe de qué diablos hablaba. Por más que me insistiera, personalmente era incapaz de recordar la experiencia que él me explicaba con todo lujo de detalles. En el fondo estoy convencido que se equivocaba de teniente y por ahí debía andar el “gran militar” verdadero, viviendo más tranquilo que yo, que tenía que soportar la especial forma de expresar el agradecimiento de Milovic, que suponía entre otras cuestiones, que el bueno del doctor  en cuanto averiguaba que yo estaba en Mostar y lo averiguaba en minutos,  mandaba un mensaje requiriendo mi presencia en el hospital, mensaje que reiteraba incansable hasta que me presentaba en el hospital.

Por otra parte tenía la mala costumbre de enseñar a cualquier UNPROFOR que entrara en sus dominios a los heridos en peor situación, preferentemente niños, creo que pensaba que era la mejor manera de motivarnos para que le prestáramos ayuda. Yo podía comprender lo angustioso de su situación, pero francamente me removía el alma aquel espectáculo sin el que lo hubiera ayudado igual.

Hoy nos iba a tocar sesión extraordinaria dedicada a la nueva intérprete a la que iba a dedicar una atención especial. En cuanto detectara por el acento que era de ascendencia croata, seguro que aprovechaba la oportunidad para mostrar los resultados de la “barbarie” de sus paisanos y sacar ventaja del sentimiento de culpabilidad que le iba a crear. Pero independientemente que yo pensara que forzaba en demasía la mano en ese aspecto, admiraba la capacidad de aquel hombre para conseguir incansable, día tras día, el milagro de atender a tanta gente y luchar contra el dolor y la muerte con los escasos medios que tenía a su disposición.

No había vendas, los heridos reposaban sobre jergones en el suelo, el hospital estaba lleno del polvo producido por los impactos de los morteros, no tenía prácticamente antibióticos, el quirófano era una habitación que no reunía ninguna de las condiciones mínimas de asepsia y equipación que se podrían esperar en un lugar civilizado. Ya no hablemos de medicamentos, la gente tiene la tendencia de pensar sólo en heridas producidas por la metralla o los disparos cuando se habla de una guerra. Pero como es lógico, en mitad de la más sangrienta de las confrontaciones, la gente sigue enfermando  de cáncer, sufren neumonías, comas diabéticos, infartos, ictus, etc., etc.  Es decir, además de los heridos, el pobre Milovic tenía que atender a los enfermos de la zona musulmana de Mostar que eran unos cuantos.

Una voz me sacó de mis pensamientos, era “Carmen” que me preguntaba si me encontraba bien, porque  tenía mala cara. Inspiré profundamente y encendí otro cigarrillo, le expliqué en qué estaba pensando, me pareció lo más honrado irla preparando para lo que iba a encontrarse. Mientras hablaba con ella y le contaba la especial forma de ser del director del hospital y su procedimiento para motivar a las visitas, noté la sensación de que alguien me observaba, me volví y pude ver al el 1º  Guerra que desde el BMR me miraba, mientras discretamente se tocaba el reloj.

Miré mi muñeca, eran las 15,28 horas. Me levanté, me despedí de Romero y nos pusimos en marcha hacia el hospital musulmán. Tenía un mal presentimiento desde la mañana y a lo largo del día no había hecho otra cosa que empeorar. Me encogí de hombros, al mal tiempo buena cara me dije y mientras me aseguraba que todo el mundo estaba en el vehículo, me obligué a tragar saliva con la intención de que se me aflojara el nudo que tenía en la boca del estómago, aunque sabía que iba a resultar inútil.

Ordené de frente y arrancamos.



Había planeado que este relato tuviera dos entregas, pero como de costumbre la cosa se alarga y mañana lo cerraremos con la tercera y última entrega. Será este viernes cuando les cuente lo que nos ocurrió aquella tarde, un  muy mal asunto, créanme. 

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