jueves, 24 de abril de 2014

Entrega final. Mostar 20 de abril de 1993



Así dejaron el Stari Most los croatas

El teniente Castro se echó a reír cuando escuchó la frase que solté con tono grandilocuente. No iba a ser el general el único en utilizar frases peliculeras, lo de parar una guerra me sonaba a película y quedaba bien.

Comencé a subir las escaleras. Mientras lo hacía me di cuenta que la preocupación me estaba pesando demasiado, a fuer de sincero debo reconocer que estaba francamente “acongojado”.  Me parecía que éramos una herramienta demasiado pequeña como para cumplimentar la misión. Respiré hondo y tragué saliva intentando que el nudo que tenía en la boca del estómago desapareciera. Pero afortunadamente, por sorpresa, mi servicio de atención sicológica personal, esa voz que todos hemos oído más de una vez, me habló lenta y claramente.

Me dijo: Miguel si cada vez que tus legionarios se enfrentan a una dificultad y parecen vacilar, tú les dices eso de “que si este asunto fuera fácil no habrían mandado a legionarios a solucionarlo” y el método funciona, aplícate el cuento, levanta el ánimo y recuerda que tienes un montón de almas a tu cargo, así que de frente con la legionaria y salga el sol por Antequera.

Sería una chorrada pero me sentí mucho mejor. Habíamos llegado al vestíbulo y pensé que era el momento de meterle las cabras en el corral a los dos oficiales que nos iban a acompañar. Me detuve y le pedí a Castro que explicara a los bosnios como íbamos a manejarnos en relación con su presencia. Obedecerían las órdenes que recibieran; evitarían cualquier tipo de discusión o enfrentamiento entre ellos; sucediera lo que sucediera no podrían empuñar un arma, deberían tener claro que dispararíamos a matar al que desobedeciera esta orden. No podrían abandonar el BMR sin mi permiso y evitarían, en la medida de lo posible, que los vieran sus respectivos adversarios.

Castro me tradujo y no les gustó ni un ápice lo que escucharon, intentaron discutir la jugada pero callaron al escuchar que los jefazos subían. Me miraron con mala leche, pero trincaron el pico. Salí a la calle y llamé a los jefes de vehículos, les expliqué lo que íbamos a hacer, les di la charla que correspondía y los mandé con su gente para que pusieran los motores en marcha. Retuve al 1º Guerra y le dije: Ojo con esos dos mendas, no hay que fiarse ni un pelo de ellos, sobre todo vigila al del HVO que me da muy mala espina, quiero que los tengas permanentemente controlados, si echan mano de la pipa te los llevas por delante, pero cuida de no desgraciar al teniente Castro que es joven y le queda mucha vida por delante.

Subimos al BMR por el portón trasero y la tripulación ocupó sus posiciones. Escuché al Cabo Metralla que andaba trasteando con la munición de la ametralladora. Enlacé por radio con la columna en demanda de novedades, todos estaban listos. Suspiré profundamente, me encomendé a la Providencia y ordené que nos pusiéramos en marcha.

A mi espalda Castro me iba señalando el camino, nos acercábamos a una zona en la que se oían muchos disparos, asomamos a una plaza en la que la sección de Recena estaba desplegada, lo llamé por radio. Mi compañero estaba profundamente cabreado, les habían disparado y si abría las escotillas lo volvían a hacer, pero le habían ordenado permanecer en ese lugar porque la plaza dominaba un acceso importante al barrio musulmán y me dijo que aguantaría allí hasta que le ordenaran lo contrario. Le desee suerte y corté la comunicación.

Nos dirigíamos hacia un puente Bradley, me acordé de una de las muchas recomendaciones que me había hecho mi capitán y ordené que lo cruzáramos de uno en uno, a mi espalda pude ver como el HVO desaparecía totalmente en el interior del vehículo. Cruzamos el puente y giramos a la derecha para dirigirnos al puesto de mando de la Armija. En la calle se veía mucha gente armada y su actitud no era nada amistosa. Pedí a Castro que el oficial de la Armija hiciera un esfuerzo por que se le viera y el tipo que, apenas asomaba los ojos por la escotilla, se puso de mala gana de pie con cara de cordero degollado.

Llegamos al PC musulmán y nos detuvimos. La gente nos gritaba, agitaban sus armas y unos cuantos hijos de puta se dedicaron a disparar al aire. El clima era de locura contenida, me preguntaba cuanto tardaría aquella gente, que parecía actuar sin que nadie los dirigiera, en decidir pasar de la actitud amenazante a la violencia. Para mi consuelo, por la puerta principal del acuartelamiento aparecieron tres individuos que se acercaron al BMR. 

Charlaron brevemente con nuestro acompañante y volvieron por donde había venido, Castro dijo que habíamos terminado allí y aliviado ordené que siguiéramos de frente para alejarnos de aquellos locos. Nos cruzamos con unos coches civiles que transportaban heridos a toda velocidad, marchábamos lentamente y de golpe pude ver la gasolinera en la que hacía unas horas  había estado esperando a mi capitán.

Castro me dijo que nos detuviéramos a la altura de la gasolinera y allí el oficial musulmán mantuvo una excitada charla con el que por lo visto era el jefe de la gente que por allí andaba desplegada y que protegían, entre otros objetivos, el acceso al puente.

Giramos y volvimos por donde habíamos venido, pero al llegar a la bifurcación en lugar de volver a entrar en el barrio musulmán cogimos una desviación que era la carretera que llevaba a Sarajevo circunvalando Mostar. Íbamos a volver a la zona croata a través de un puente que estaba situado más al norte.

Si digo verdad, guardo un recuerdo muy confuso de aquella noche. No conocía la ciudad, la oscuridad era casi completa, los disparos y explosiones no ayudaban en nada a mi concentración. 

Teníamos problemas cuando nos topábamos con grupos pequeños de combatientes porque tal era la confusión que no se sabía, hasta estar muy cerca de ellos, a que bando pertenecían. Mis dos bravos acompañantes habían decidido que era mucho más cómodo y sobre todo más seguro viajar en el interior del blindado y nos costaba Dios y ayuda convencerles para que se asomaran cuando hacían falta  porque  se arriesgaban a que les dispararan si topaban con la gente equivocada.

Personalmente había tomado una decisión no muy inteligente y desde luego nada prudente. En la plaza donde estaba Recena alguien había disparado una ráfaga de AK muy cerca de mi BMR. Me sobresalté y practiqué una “inmersión” urgente en el interior del blindado. No me pregunten por qué, pero me sentí avergonzado y decidí que ningún hijo de puta iba a conseguir que me metiera dentro, así que circulaba de pie y con medio cuerpo fuera de la escotilla.
Resultaba extraño llegar a un cruce de una avenida y toparte con unos tíos que estaban allí disparando su MG y pedirles cortesmente que dejaran de disparar para que pudiéramos cruzar, lo hice unas cuantas veces y cuando podía distinguir las escarapelas, sacaba de su refugio al acompañante correspondiente para que les anunciara la buena nueva. Se había ordenado por la autoridad competente, un alto el fuego.

Estuvimos patrullando unas tres horas, hasta que en uno de los altos que hacíamos para descansar en el cuartel general de la Armija, alguien decidió que ya no nos hacía falta el concurso de los dos oficiales y se largaron sin siquiera despedirse. Era cierto que el fuego había disminuido notablemente, pero había que seguir patrullando, aunque ahora sin guías.

Al principio procuré circular por terreno conocido, pero poco a poco me fui animando y cuando me quise dar cuenta me había perdido. No tenía ni idea de dónde estaba, las miradas circunspectas del Cabo 1º Guerra que ya ocupaba su lugar en la escotilla a mi lado, no me ayudaban nada. Para que se hagan una idea del tamaño de mi despiste, debo confesar que fui incapaz durante cuarenta minutos largos de localizar ¡el río Neretva! que cruza la ciudad de norte a sur.

Toda una experiencia. A lo largo de la noche nos pasó casi de todo, nos dispararon, nos amenazaron, nos insultaron. Aunque modestamente debo confesar que nosotros también aportamos nuestro particular peligro a las circunstancias. De hecho subiendo hacia el estadio del Velez Mostar, una zona arbolada en la que los croatas tenían un hospital, el BMR de transmisiones no se llevó puesto de milagro a un hijo de mala madre que estaba medio oculto con un RPG, lo cuento, porque todo no va a ser meterme con mi conductor, el pobre Morales que estaba desesperado con mis órdenes sobre la marcha que a veces era dubitativas y alguna vez contradictorias.

Pero dijo alguien, supongo que sería Pero Grullo, que todo lo que empieza acaba y poco a poco llegó el amanecer y con él se nos ordenó volver al cuartel general de la Armija. Cansados, aliviados y muy satisfechos hicimos alto y tras dar las novedades reglamentarias, ordené que la gente comiera, descansara, y sobre todo, que no se desperdigara; el ambiente había cambiado,  los de la Armija resultaban casi amistosos y yo conocía a mi gente.
Me senté en uno de los escalones de acceso al acuartelamiento y me fumé tranquilamente un cigarrillo, nuestra acción y la fatiga de los combatientes, había conseguido que no se oyera siquiera un disparo. Pensé que era un milagro, pero un milagro de los de verdad que cuatro “mataos” y un general “raro” hubiéramos conseguido parar el conflicto. Cuando se hiciera de día, volveríamos a patrullar por la ciudad, pero simplemente para que los ciudadanos de Mostar nos vieran. Lo haríamos hasta que nos relevara la caballería que estaba en el CG de la AGT y cuando eso ocurriera bajaríamos a Dracevo.

Estábamos reventados, había sido mucha la tensión y llevábamos muchas horas sin descansar como Dios manda y además estábamos pagando el bajón de la adrenalina, pero la cosa había salido bien. Un armija interrumpió mis pensamientos para ofrecerme un café, un detalle que decía bien a las claras  cómo habían cambiado las cosas.

Llegó la caballería, se hizo cargo de aquello a su manera y a nosotros nos tocaba irnos ya a nuestro destacamento, Pellman nos despidió ceremoniosamente, nos felicitó y estrechó la mano a los oficiales. Las cosas debían ir muy bien, porque percibí un atisbo de sonrisa en el rostro impenetrable del capitán que le acompañaba.

Luego las cosas se complicaron y a media tarde la Cía Austria al completo fue reclamada para subir urgentemente a Mostar, donde se había vuelto a liar la de Dios es Cristo. Tristemente eso sucedió y nos tocó vivir otra noche toledana en la que acontecieron sucesos difíciles y oscuros que le costaron el puesto al tal Pellman. 

Pero eso es harina de otro costal y no sé yo si tendrá cabida en otro relato. Así que hasta otra y muchas gracias por el favor de su lectura.




2 comentarios:

  1. Magníficos relatos, Miguel. Me he leído las cinco entregas del tirón y me he quedado con ganas de leer más. Espero las siguientes entregas. Un abrazo

    ResponderEliminar
  2. Muchas gracias Ernesto, me encanta tu generoso comentario, ahí estoy dándole vueltas al próximo relato, tengo doce in mente y todavía no he decidido por cual me voy a decidir. Los voy a ir publicando sin orden cronológico. A ver si escribiéndolos con tiempo, consigo un texto más completo. Lo de escribir deprisa y corriendo cada entrega para publicarlo al día siguiente es un coñazo. Un abrazo muy fuerte.

    ResponderEliminar