lunes, 26 de diciembre de 2011

La magia navideña



Hablaba el otro día sobre la Navidad y hoy, día de San Esteban, en el que en mi tierra celebramos el segundo día de la fiesta de Navidad, quiero hablarles de una experiencia que tuve la fortuna de vivir hace apenas unas horas, gracias sin duda a la magia navideña. Que existe, que a poco que nos descuidemos se nos hace presente y nos sorprende. Voy a explicarles algo que me sucedió, como les digo, en estos días. No tiene ninguna importancia, más allá de que refuerza mis teorías sobre la Navidad y que de algo tengo que escribir hoy y francamente se me hace muy cuesta arriba, hablar  de las cosas de la política y la economía, a las que habremos de volver, me temo, mañana sin falta.

Así que les pido que me excusen por utilizar una anécdota personal, pero así están las cosas. Tras la cena de Nochebuena, que transcurrió plácidamente, mis hijos, mi mujer y yo estábamos cómodamente sentados, haciendo los honores al cava, el café y los turrones, de charla, esperando a que llegara la hora en que pudiéramos recoger los regalos de Papá Noel. Un detalle, como los define Tina, mi mujer, que fue la impulsora hace ya muchos años de que Papá Noel entrara por primera vez en nuestra casa, aunque hayamos permanecido fieles o semifieles a la tradición y el esfuerzo principal de los regalos se lo hemos encargado  a los Reyes Magos de Oriente desde siempre.

Llegado que hubo el momento de los regalos, mi mujer nos repartió un paquete a cada uno de los presentes y procedimos a su apertura según costumbre. El que primero abre su regalo soy yo, siguen mis hijos de menor a mayor y cierra la sesión mi mujer. Yo tengo la costumbre de hacerlo lentamente, casi con delectación, mientras todo el mundo me observa y mi hija, cada año, me da prisa para que acabe, entre risueña e impaciente,  sabiendo como sabe, que la que sigue en la apertura de su regalo es ella.

Este año el de los renos, me “dejó” un polo azul marino, con el escudo bordado del club de mis amores, el RCD. Español, es de la línea oficial del club y a mí se me había encaprichado, todavía no sé bien por qué, un buen día en el que andaba trasteando por internet. De hecho, aprovechando que mi hija viajaba a Barcelona le encargué de que comprobara si había talla para mí. Elena me llamó desde Cornellá y me explicó que no había tallas de mi tamaño en ese momento y que habían quedado en avisarla en cuanto les llegara el pedido, que esperaban en breve.

No era cierto, pero me enredó como a un chino y la verdad es que me había olvidado del caprichito de marras. Cuando por fin abrí el paquete me llevé una muy agradable sorpresa, agradecí el regalo, encarecí la ilusión que me hacía, en fin hice lo que sentía y lo que se esperaba que hiciera y tras cumplir con mi parte del rito o la costumbre, seguimos con la ceremonia. Terminada ésta volvimos a brindar por nosotros y por la Navidad y ya me dediqué decididamente a consumir turrones, hojuelas de mi cuñada Ana - una auténtica delicia gastronómica - truchas de batata y unos roscos, mientras con un ojo miraba la tele y distraídamente escuchaba la charla que mantenían mi mujer y mi hija, sobre la manta que ésta le había hecho a su madre, una maravilla a ganchillo, comentando las dificultades de su elaboración.

Así que me encontraba satisfecho, repleto de buena comida, relajado, un tanto somnoliento, cuando de repente la magia de la Navidad se hizo presente y, por sorpresa, me llevó de su mano por los caminos de la ensoñación y el recuerdo. Y mientras en segundo plano oía la excitada charla de mi hija, los comentarios que Miguel, mi hijo mayor, hacía sobre su regalo, yo emprendí un  maravilloso viaje de la mano de la Navidad.

Y me vi con cinco o seis años con mi tía Mercedes, hermana de mi madre, que fue la responsable de que yo haya sido “perico” desde que tengo uso de razón. Fue la que me regaló, in illo témpore, una equipación de fútbol, naturalmente blanquiazul, y eso amigos míos imprime carácter, al menos en mi caso lo hizo. Y sin solución de continuidad, me volví no a ver sino  a encontrar en una tarde de un  domingo lejano, en la que mi padre, directivo de Bayer, nos llevó a mi hermano Arturo y a mí a Sarriá, a cuenta de una promoción que hacía la empresa en la que trabajaba, que consistía en que Bayer le regalaba una copa de plata al portero que parara un penalti, y claro alguien de la empresa debía estar en todos los campos cada domingo, por si se daba la ocasión de tener que entregarla; que no se dio, pero allí estuvimos entonces y volví a hacerlo en estas Navidades.

Y entre sorprendido y emocionado me encontré también, ya mucho más tarde, en Sarriá, en compañía de mi buen amigo Joan Prunés, un culé de tomo y lomo, pero amante del buen fútbol por encima de todo, el día que hizo su debut con el primer equipo españolista, una maravilla de jugador llamado Solsona, un jugador de una técnica depuradísima.

Y de la mano de la Navidad me encontré en el Nou Camp, acompañando a Joan Prunés, procurando que no se me notara demasiado mi condición de periquito, como él hacía en Sarriá, el día en que Guruceta decidió liar la de Dios es Cristo en  c’an Barça y volví a revivir la jornada y vi unas cuantas cositas más, que no pienso contar, al menos en público, siquiera sea en presencia de mi abogado, que tengo que reconocer que tuve una juventud de lo más “entretenida”.

Así que en apenas unos segundos volví a estar con mi tía Mercedes, tan anti culé, que me marcó de por vida y  es que en Barcelona ser perico a veces resulta  incómodo, se lo dice quién hizo el bachillerato en una clase en la que era el único españolista. Y volví a estar, con muy poquitos años en Sarriá, de la mano de  mi padre, expectante ante la ocasión de ir a un campo de fútbol de los de verdad y volví a contemplar a Solsona en el calentamiento previo a su debut, haciendo una exhibición de toque de balón que, ya ven lo que son las cosas, no había vuelto a recordar en la vida, y volví a estar en lo de Guruceta y en la que lio porque había que estar allí y ver la que montó el tipo, que no fue solo el penalti, que fueron muchas cosas más, y eso lo dice un  perico, que conste.

Y volví a percibir el aroma del césped húmedo y el excitado run run de los espectadores cuando saltó al campo Solsona y volví a sentir la dureza del cemento en mis nalgas. Estuve otra vez junto a Manresa, un hincha españolista que ocupaba como siempre la localidad a mi derecha, y volví a sentir el latido de la sangre en mis venas, la expectación, la agradable temperatura de aquel domingo lejano en el tiempo y que no había vuelto a recordar. Y volví a ver a mi padre preocupado porque no nos separáramos de él en el momento de la entrada al campo y el de la salida y percibí la indignación de un jovencísimo Rifé mientras volvía a escuchar el rugido de la masa ante la injusticia y la chulería del árbitro.

Todo eso en unas décimas de segundo y mientras escuchaba las alabanzas al color verde musgo que adornaba la manta que mi hija había confeccionado a ganchillo en Madrid. Una experiencia maravillosa que me permitió volver a revivir  algunas vivencias que tenía olvidadas y hacerlo con una intensidad y un realismo maravilloso, todo ello gracias a esa magia de la Navidad.

¿Qué eso tiene otra explicación?, pues saben lo que les digo, que me da lo mismo. Yo sé bien lo que experimenté y prefiero apuntarme a lo de la magia de la Navidad. Lo de las explicaciones psicológicas lo dejo para otras fechas, si  a ustedes no les importa.

3 comentarios:

  1. Buenas tardes están bello lo q e leído q puedo decir que esa magia la e vivido la e tenido al lado y es como si estuviera en ese lugar como si fuera realidad. La magia de la navidad m quedo con ella Miguel ¡!!!Bella Navidad un abrazo enorme.

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  2. feliz navidad y prospero año nuevo 2012

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  3. Me gustó mucho la entrada... y el recuerdo que narras del RCD Español, también equipo de mis amores. Mis recuerdos no alcanzan momentos tan memorables como los tuyos... pero guardo con dulce sabor (originalmente amargo) las derrotas europeas y las victorias coperas... y multitud de sentimientos más.

    Desearte unas felices navidades y que pasees orgulloso con tu polo blanquiazul.

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