martes, 17 de junio de 2014

La Armija toma el cuartel Tihomir Misic (Segunda entrega)

Morales y el cabo Espinosa a la sombra del A-21
Dejamos atrás el casco urbano de Medjugorje y tomamos una carretera secundaria que nos llevaría hasta Mostar, circulábamos por una meseta y  al final de ella bajaríamos por un corto tramo de carretera con curvas muy pronunciadas al valle del Neretva y a la propia Mostar. Teníamos que entrar por un check point, en el que los jáveos que lo ocupaban eran extremadamente desagradables. El control estaba muy cerca de un cementerio católico – en Mostar había cementerios católicos, musulmanes, ortodoxos y la guerra había conseguido que los hubiera mixtos - y relativamente próximo a las ruinas de la catedral católica de Mostar, a la que los serbios en su momento le dieron un meneo importante.

El control estaba situado en la mitad de una curva que giraba a la derecha casi noventa grados, le advertí a Morales que no parara al final de la recta que precedía a la curva, porque había bastante pendiente y los cabrones aquellos tenían la manía de colocarte minas contracarro delante de las ruedas. Se me ponían los pelos de punta al pensar que me lo hicieran a mí – ya se lo habían hecho al capitán Romero una noche la mar de entretenida - y que Morales tuviera que echar marcha atrás sin que el BMR se le fuera ni un centímetro hacia delante para evitar pisar las puñeteras minas y que saltáramos por los aires.

Esperaba que los augures de Inteligencia de Kiseljac estuvieran en lo cierto y no habiendo pegas en el horizonte, pasáramos sin demasiados problemas. Me bebí uno de los zumos requisados por mi gente en el Cuartel General, que tenía un sabor demasiado dulce y extraño para mi paladar, pero como no había otros, había que tragártelos y dar las gracias por tenerlos. Miré a mi derecha  y vi la pista que bajaba hasta unas instalaciones en las que fabricaban piezas para helicópteros antes de la guerra y que ahora usaban los del HVO como campo de detención de prisioneros.

Advertí a la columna de la cercanía del control y le pedí a Morales que fuera aminorando la marcha, giramos a la izquierda en una curva en la que tuve la oportunidad de hablar con el pobre teniente Castellanos el 11 de mayo, día en el que lo mataron. Él entraba en dirección a Mostar con su columna y yo salía con la mía, le advertí que la cosa estaba mal y me contestó ― Tranquilo, no tengo problemas,  llevamos medicinas y equipo médico a los dos hospitales, al croata y al musulmán — Se equivocó, a las pocas horas los croatas le metieron un morterazo que acabó con su vida.
Cementerio musulmán de Mostar
Bueno, pues estábamos en la recta y ya podía ver a los jáveos del control. Dijeran lo que dijeran los de Kiseljac parecía que había mucha tensión por allí, ordené a la columna que mantuvieran las distancias de seguridad y que estuvieran muy atentos. Entramos en la curva muy despacio y allí estaban tres tipos haciéndome señales para que me detuviera, esperé un par de segundos y cuando el BMR se encontraba en mitad de la curva le ordené a Morales hacer alto. Con su acostumbrada técnica en lugar de dejar el  BMR cerca de la cuneta, lo dejó en diagonal, lo que era perfecto para mis planes.

Llegaron los del HVO exigiendo que aparcáramos el BMR de manera que no interrumpiéramos el tráfico. Con mi mejor sonrisa les dije a través de “Carmen” que como iba a ser sólo un momento no había problema, así que mi BMR  y el Mercurio que estaba también aparcado de aquella manera - seguramente su conductor habría ido a la misma academia de conducción que Morales - no se movían un milímetro, que se dieran prisa y no habría problemas.

Me miraron con mala cara y se dirigieron a un tipo que debía ser el jefe del control, que ya estaba pegando gritos y gesticulando con maneras descompuestas. Miré a “Carmen” que se encogió de hombros, de lo que deduje que el tiparraco aquel debía estar opinando sobre las disolutas costumbres sexuales de nuestras madres y la falta de hombría de nuestros padres en particular y de  los españoles en general.

Les voy a contar una cuestión, que me parece importante para que comprendan mejor muchas de las cosas que les he contado. En aquella Bosnia de nuestros pecados y sobre todo de los de sus habitantes, los contendientes, gente muy poco disciplinada de natural y nacidos la mayoría a la vida militar por la vía de las milicias, estaban acostumbrados a hacer lo que les venía en gana. No podías adivinar jamás por donde te iban a salir; por el contrario ellos nos conocían perfectamente y podían prever lo que íbamos a hacer. Militares de ejércitos tradicionales, teníamos unos protocolos que se cumplían a través de unos procedimientos semejantes para todos y eso les daba una ventaja considerable, sabían prácticamente al milímetro como íbamos a reaccionar ante cualquier eventualidad.

Particularmente el primer día de mi llegada a Bosnia, cuando vi que lo que me habían enseñado como infalible no servía para nada, decidí que en adelante iba a actuar como me dijera mi instinto y ya después de tener cierta experiencia en un escenario como ese, lo mejor era hacer lo posible y lo imposible por descolocar a nuestros adversarios, hacer cosas distintas al resto de mis compañeros que me permitieran jugar un poco con ellos.
El A 21 en Mostar

Por eso me bajaba del BMR para charlar con cualquier grupo de vociferantes, contaba unas milongas que daban miedo y que se tragaban sin pestañear o les dejaba mi pistola a una pandilla de asesinos para que la admiraran. De ahí que detuviera el BMR como lo detuve. Estábamos parados de tal manera que dejábamos libre solo una  parte pequeña de la calzada y consecuentemente sólo se podía circular en una dirección y además los vehículos grandes que intentaran salir de Mostar, tendrían que maniobrar en la curva.

Por eso estábamos allí y por eso les había dicho ya a los jáveos, que los blindados no se movían ni un milímetro. Desde luego se estaba montando una cola de preocupar entre los que querían entrar y los que pretendían salir de Mostar, de tal manera que tuvieron que poner gente para controlar el tráfico, para que de manera alternativa pudieran circular, cuantos más problemas les creáramos con nuestra presencia, más prisa se darían en dejarnos pasar. El jefe del control  vino con la exigencia de inspeccionar el interior de los blindados, a lo que me negué, no se abrían las puertas de los blindados bajo ningún concepto, porque esas eran mis órdenes y así figuraba firmado por las autoridades bosnias en los acuerdos internacionales. Libre circulación en territorio bosnio para UNPROFOR y libres de inspección alguna.

El tipo se puso como una moto y yo dejé de hablar con él, es decir le pedí a “Carmen” que dejara de discutir con él. Simplemente le tenía que decir que yo tenía tiempo hasta el mes de octubre y mientras tanto no me movería de allí y si el tráfico era un problema, no lo era para mí, era un problema a resolver por él, que tomara las medidas oportunas que yo me iba a tomar un café. Desde luego si las miradas mataran el tipo me habría dejado seco cuando escuchó a “Carmen” traducirles mis palabras.

Puestos a montar el numerito y aprovechando que mientras en el exterior del blindado todo eran broncas y gritos,  Morales que tenía tendencia a ir a lo suyo y pasar de todo lo demás, había puesto el hornillo de gas en marcha y la cafetera al fuego, en cuanto me sirvieron una taza, me bajé del blindado y con una novela que llevaba en la mochila de combate, me senté en el bordillo de la carretera frente al costado del BMR y me puse a tomar un café con total naturalidad, mientras leía tranquilamente. Todo el mundo continuó en los vehículos con atención especial a que no se les acercara nadie, de acuerdo a lo que había ordenado  por radio justo antes de llegar al check point. En la escotilla de mi blindado estaban “Carmen” y el Cabo 1º Guerra tomándose su café.
Pero aquello no era un capricho del jefe del check point, respondía a una tensión cuya causa desconocía. 
Mientras representábamos la idílica escena, con su café, su libros y sus cigarrillos,  pasaron a mi vera cinco autobuses cargados de prisioneros que salían de Mostar, algunos de los cuales llevaban las muñecas atadas con alambres. Mal asunto porque cuando te maniatan con alambres, el tiro en la nuca está muy, pero que muy próximo, allí había gente a la que llevaban al matadero.

Los comuniqué por radio al GT. Habían sacado de Mostar a cerca de 300 prisioneros varones y el ambiente era muy parecido al de las grandes ocasiones, para rematar la fiesta, entraron en Mostar dos autobuses con gente perteneciente a una unidad de operaciones especiales que normalmente estaba acuartelada en Capljina, describí su escudo, con una hoja verde de higuera o de parra y señalé que esa unidad era la que había tomado el Cuartel general de la Armija en el centro de Mostar. Tras dar las noticias, pedí otro café y tras recogerlo me senté y continué con mi lectura, los tipos aquellos tenían que tener la impresión de  que a nosotros nos importaba un bledo estar detenidos allí, porque si lo pensaban bien, tampoco es que tuviéramos muchas cosas que hacer.

En esas estaba, cuando oí un frenazo muy próximo. Un vehículo de color negro, no me acuerdo de la marca, pero sería un Mercedes seguramente se había detenido a menos de medio  metro de mi pierna derecha. Del vehículo bajó un militar uniformado y recién peinado, parecía que se acabara de duchar, de lo que deduje que venía de Citluk, tenía facha de mandar mucho y en cuanto se me acercó, comenzó a chillar desaforadamente.

Estuve tentado de levantarme, pero lo pensé mejor y dirigiéndome a “Carmen” que se había pasado a la escotilla trasera para estar más cerca, sin mirar siquiera al HVO le pregunté ― ¿Qué dice?
“Carmen” hizo un gesto con su mano que tuvo un efecto mágico, consiguió que se callara el militar croata ― Dice que es el ministro de Defensa croata y que debemos dejar que nos inspeccionen y para ello debemos abrir las puertas de los blindados cuanto antes, para que la circulación se normalice.
― Dile que no, que no hay inspección que valga, que él sabe que los tratados internacionales me dan la razón a mí y que si tiene problemas con la circulación, que de orden de dejarnos pasar y muerto el perro se acabó la rabia.

“Carmen” tradujo y el tío se puso a gritar, bueno me gritaba a mí, estaba de pie justo a mi lado y al estar  yo sentado en el bordillo, gritaba sobre mi cabeza. Yo ni lo miraba, estaba decidido a conseguir que un responsable del HVO sufriera un ataque cardíaco en un check point a cuenta de la resistencia pasiva de un oficial español de UNPROFOR.
Para que se callara le pregunté a “Carmen” otra vez ― ¿Qué dice?―. “Carmen” volvió a levantar su mano y con su gesto consiguió que el ministro de Defensa se callara.

Cementerio mixto en un parque público de Mostar
― Dice que como militar deberías saber que en Bosnia mandan ellos y que no hay órdenes superiores ― se volvió al HVO y le preguntó algo que inmediatamente fue contestado por nuestro amigo ― que no hay órdenes superiores ni tratados internacionales que valgan, que aquí manda él y nosotros debemos obedecer y si no nos gusta que nos vayamos a España.

― Dile que yo estaba muy bien en mi país, que nada se me había perdido en Bosnia, pero que cuando los serbios se los iban a comer con papas y les entró el pánico, ellos fueron a Ginebra y pidieron árnica a la ONU y por eso estoy yo aquí aguantando impertinencias en lugar de estar en mi casa con mi familia.

“Carmen” me miró dubitativa  y como le mantuve la mirada, tradujo y tradujo fielmente, porque el tipo se cogió un empute del quince y le oí cómo se iba dándole gritos a la gente del check point. Habían cometido dos errores y el ministro se había dado cuenta, en primer lugar nos habían permitido bloquear la carretera,  estábamos viendo las “evacuaciones de personal civil” que es como venderían el traslado de los pobres prisioneros maniatados y además podíamos ver  como entraban tropas croatas en Mostar.

En cuanto desapareció entre un chirrido espectacular de neumáticos, me puse en pie. Antes de media hora, si el ministro tenía muchas ganas de no perder la cara y antes si eso le daba igual, nos iban a permitir el paso, monté en el BMR, guardé el libro y justo a los diez minutos, se acercó el responsable del control y nos dijo que iban a inspeccionar los vehículos desde el exterior, a través de las ventanillas a lo que accedí y en un pis pas estábamos en marcha mientras anunciábamos la novedad a Mando y a la compañía Farnesio que estarían hasta el gorro de esperarnos, porque entre pitos, flautas, Medjugorje y jáveos eran  las 10,30 horas de la mañana, cuando entramos por fin en Mostar.

No iba tranquilo, la cosa pintaba muy mal, los de Inteligencia de Kiseljac se habían columpiado y ahora todo el mundo estaría preocupado. Yo decidí  tranquilizarme, montaría mi dispositivo y llevaría a cabo la misión que me habían encomendado y cuando llegaran las dificultades pues ya veríamos, que de menos nos hizo el Señor.


Pero eso se lo cuento mañana, si a ustedes no les importa que el relato va para largo.


4 comentarios:

  1. Francisco Padilla Pita17 de junio de 2014, 8:43

    Mi querido y admirado Capitán, no puedo por menos que darle las gracias, por tan valiosa aportación para el deleite de quienes sintiendo a La Legión tan propia, vivimos sus relatos como si fuéramos uno mas en cada una de las misiones. En esos momentos en los que la añoranza de seguir vistiendo nuestro glorioso uniforme se hace tan evidente, leer uno de sus relatos le devuelve a uno, aunque solo sea mientras dura la lectura, a nuestros mejores momentos.
    Gracias mi Capitán y por favor, no pare usted de rememorar y plasmarlos por escrito, para que sigamos disfrutando.
    Con su permiso, un abrazo legionario.
    Francisco Padilla

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  2. Muchas gracias Padilla, en primer lugar te agradezco tu amable comentario, creo que nace más del cariño que de la valía real de lo que escribo, pero me resulta muy agradable leerlo. Y darte las gracias por el interés que muestras por la serie. Un abrazo legionario amigó mío.

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  3. Estos relatos son dignos de leer y releer. Un placer y una vez mas, muchas gracias

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  4. Buenas noches, gracias a usted, con lectores así, merece la pena escribir, en ese sentido hago lo que puedo y me alegra saber que le gusta lo que escribo. Repito, muchas gracias.

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