viernes, 20 de junio de 2014

La Armija toma el cuartel Tihomir Misic (Final)

Bombardeo musulmán, impacto en la zona croata
A las siete de la mañana decidí que era un buen momento para intentar cruzar al lado croata. En el barrio musulmán ya nos habían confirmado que durante la noche habían tomado por sorpresa el acuartelamiento Tihomir Misic y habían llevado a cabo una "limpieza" muy importante entre los combatientes del HVO. Habían sufrido bajas muy sensibles, decían, porque ellos no podían permitirse perder más gente, eran menos que los croatas y por lo tanto cada baja que sufrían les perjudicaba mucho más.

En ese sentido recordé las palabras del comandante Humo, jefe de la brigada 41, que un día, hacía bien poco, me dijo. ― Si esta guerra dura mucho tiempo, la vamos a perder. A cada día que pasa perdemos a los mejores. Los mejores soldados y lo más valientes son los que primero mueren y nosotros no nos podemos permitir una derrota, los croatas si pierden la guerra pueden contar con Croacia,  nosotros no tenemos país al que acudir, si no vencemos, estamos condenados a morir.

Por lo que pude averiguar, a pesar de atacar por sorpresa la resistencia había resultado muy dura y allí se combatió literalmente a muerte, con las consecuencias fáciles de suponer. A las bajas del asalto había que sumar las que produjo el bombardeo croata  entre los armijas, pero también entre la población civil. Tampoco perdí mucho tiempo en el CG de la 41ª brigada, me limité a “escuchar” a través de “Carmen” lo que decían y pedí que se me garantizara la libre salida de mi unidad de la zona musulmana. Los mandos de la Armija, estaban locos por perderme de vista, no era día para visitas y de inmediato me aseguraron que no habría problema alguno. Así que me despedí y me dispuse a cruzar el Neretva.
Los apartamentos al lado de la marquesina después del chocolate

Subí al blindado y nos pusimos en marcha, en la calle principal del barrio musulmán se percibía mucha excitación.
Contrariamente a lo que había sucedido el día anterior, se veía bastante gente que iba y venía por la calle a pesar que desde la zona croata se seguía disparando aunque fuera de manera intermitente. Seguimos la calle hasta que alcanzamos la carretera que nos permitiría alcanzar el Puente de Aviadores, los musulmanes no nos pusieron obstáculo alguno para salir tal y como me habían asegurado, me detuve en en control y les advertí que en unos minutos me seguirían tres blindados que pertenecían de mi unidad.

Estaba tenso, aunque medianamente satisfecho, bueno para ser sincero más que satisfecho, estaba aliviado. La noche había sido muy dura y lo cierto es que la decisión de quedarme en la marquesina no sabía si había sido un acierto o un error. Es muy fácil no detectar los errores cometidos en la toma de decisiones que por pura suerte salen bien, aunque sean las equivocadas. No quería darle demasiadas vueltas al asunto, porque todavía no había terminado con la misión y desde Dracevo se me había advertido que el relevo estaba muy difícil, pero sentía esa inquietud, me daba la impresión que había puesto en peligro la integridad física de mí gente, aunque seguía pensando que de moverme podría haber sido peor. De lo que estaba seguro es que la Providencia nos había echado una mano importantísima.

Llegamos al Puente de Aviadores y en el check point croata el ambiente era de furia contenida, me preguntaron de dónde venía, les dije la verdad porque estaba convencido que la sabían y nos dedicaron algunas lindezas cuando les dije que veníamos de la zona musulmana. “Improvisé” una explicación  que les pudiera satisfacer y les expliqué que me había sorprendido el bombardeo en el barrio musulmán y por eso no me pude mover en toda la noche y que ahora que podía, quería pasar a la zona croata en la que me encontraba más seguro y a gusto.

Tragaron, nos explicaron que la Armija había atacado un cuartel, con la connivencia de algunos musulmanes que pertenecían a la unidad que estaba acuartelada allí y que habían pasado a cuchillo a mucha gente, puse cara de sorpresa y les dije que llevaba prisa y me dijeron que pasara. Viendo que las cosas pintaban bien, le pedí a “Carmen” que les explicara que estábamos esperando a tres vehículos que se iban a incorporar de inmediato porque uno de ellos había tenido dificultad en el arranque y que los esperaba allí, si no tenían inconveniente. Me dijeron que no había problema.
Cartel de propaganda de la Armija

Llamé a Hidalgo para que se viniera con sus tres blindados a toda prisa y al poco rato, el tiempo en que tardaron los croatas en terminarse mis últimos cigarrillos, lo vi asomar por la carretera, me despedí de los jáveos y cruzamos todos el puente. Doblamos a la derecha y lo más rápidamente posible cogimos el bulevar, para dirigirnos al centro de Mostar, aquella zona estaba muy cerca del monte Hum y no quería que ahora fueran los musulmanes los que nos dispararan.

Me dirigí a una avenida muy ancha flanqueada por torres de viviendas y zonas ajardinadas, estaba situada en el centro y lejos de cualquier instalación militar, lo que me hacía  considerar que estábamos en zona segura. Sin embargó desplegué la sección de manera que la zona y sus accesos quedaran controlados. Si ya estaba nervioso, ahora estaba desesperado. En el Puente de Aviadores los jáveos habían acabado con mi tabaco y tenía unas ganas de fumar que iban a acabar conmigo.  Mientras los legionarios que no estaban de puesto aprovechaban para echar una cabezada, que buena falta les hacía,  me dediqué a pasear por la acera de la avenida intentando olvidarme del tabaco.

En una de esas idas y venidas pude ver al cabo Metralla que me observaba muy sonriente desde la escotilla delantera de mí vehículo. ― Qué mi teniente ¿sin tabaco, no?
Le maldije el alma, él sabía perfectamente que estaba sin tabaco, porque me había oído renegar cuando se acabaron mi último paquete de Winston en el check point y en el hospital musulmán me había advertido que no me quedaban reservas. ― Coño Metralla, ya sabes que sí.

El cabo se echó a reír estrepitosamente y me mostró dos cartones de Winston ― Mire lo que he encontrado detrás de mí saco de dormir, yo creía que no le quedaba tabaco,  pero aquí tiene dos cartones. Sentí un alivio que sólo pueden comprender aquellos que sean o hayan sido fumadores empedernidos, como era mi caso. Ya me daba igual el follón que habíamos pasado, el relevo y lo que pudiera suceder, tenía tabaco.

El cabo 1º Guerra me advirtió ― Por ahí ― señalaba la avenida a mi espalda ― viene uno de esos blindados de la policía bosnia.― Efectivamente un blindado ligero de cuatro ruedas pero con un  montaje de dos ametralladoras, estaba aparcando tras una esquina. Estaba claro que procuraba estar a cubierto de las vistas de la zona musulmana y buscaba la enfilada, aprovechando que la calle estaba bien orientada.
Tareas de municionamiento
A los cinco minutos abrieron fuego como posesos sobre la zona norte del barrio musulmán, lo hacían de tal manera que me daba la impresión que iban a fundir los cañones de las armas. Prácticamente de manera simultánea los morteros croatas del monte Hum comenzaron a disparar sobre la misma zona. No me gustaba la compañía ni como evolucionaba la situación, aunque creía que el bombardeo era una represalia y no parecía que se estuviera apoyando con su fuego un contraataque de la infantería croata, pero así y todo decidí irme a unos quinientos metros de allí. Volví a montar el despliegue y se me acercaron algunos ciudadanos para preguntarme que es lo que había sucedido. Les dije que no sabía nada y me contaron la misma versión que me habían comentado en el check point, lo del degüello de los combatientes del HVO los tenía absolutamente crispados.

Seguíamos sin tener noticias del relevo, así que me dispuse a esperar  lo que hiciera falta, contando con dos cartones de Winston, tenía muy pocos problemas. Serían sobre las diez de la mañana cuando Hidalgo me advirtió que teníamos compañía, que dos autobuses habían aparcado frente a él a unos cincuenta metros y de ellos habían desembarcado unos cien jáveos armados, que habían desplegado y estaban en formación abierta, aunque no hacían nada, más allá de observarnos en silencio.

Salí al centro de la avenida y pude ver a cuatro uniformados que se  acercaban y que al llegar a la altura del portamorteros se detuvieron, me acerqué hasta allí con “Carmen”, que nos hizo esperar un rato hasta que encontró su casco. El que mandaba el grupo era un tipo correcto, bajito pero con muy mala leche, se identificó como el jefe de la Policía Militar de todo (sic) Bosnia y adjunto al ministro de Defensa y me comunicó que se me ordenaba abandonar de inmediato Mostar.

Tenía un problema, bueno más de uno pero en aquel momento no tenía tiempo para hacer un inventario de ellos, en primer lugar cuando mi colega de la policía militar – yo mandaba una sección de PM en Fuerteventura – me soltó lo de “adjunto al ministro de Defensa” no es que quisiera darse importancia, lo que me estaba diciendo era: “Mira cabrón, tú eres el listo que nos montaste el follón ayer por la mañana en el control de entrada, así que vete con cuidado porque estoy loco por meterte mano.
Transporte de combatientes

Maldije la especie de imán que tenía para atraer jefazos, me venían como las moscas a la miel o las avispas bosnias a la Pepsi Cola. Estaba loco por tener una charla con un simple cabo furriel o un jefe de pelotón, pero no había manera, cuando no era un general, era el puñetero ministro de defensa y ahora que la cosa iba de veras y por lo visto pintaban bastos, me mandaban a un tío que iba a entrar por derecho sin despeinarse, lo tenía claro.

Sonreí amablemente, porque aunque me estuviera acordando de su quinto padre, la cosa iba de urbanidad tensa y mala leche contenida, por lo tanto había que corresponder, le solté el cilindro de siempre, es decir, que me daba por enterado, que no tenía inconveniente en abandonar Mostar, pero como él y yo sabíamos, por esas cosas del querer y de la vida militar, necesitaba la orden expresa de mis superiores para abandonar la ciudad.

El tipo aguanto impasible el cilindro, aunque en cuanto comenzó a traducirlo “Carmen”, enarcó las cejas y me quedó más que claro, cristalino, que alguno de los míos ya le había soltado el mismo rollete. Me dijo que estaba de acuerdo en que pidiera permiso, pero que tuviera bien presente que a él, que también era militar y cumplía órdenes como yo, le habían mandado sacarme de Mostar por las buenas o por las malas y como me enrollara lo más mínimo, pondría en marcha a su gente de manera automático, sin previo aviso.

Volví a sonreirle con la misma sonrisa que uno dedica a un hermano que hace tiempo no ve y sin dejar de hacerlo, le coloqué la primera milonga. Afirmé que tenía problemas de enlace radio con Dracevo, intentó interrumpirme pero no le dejé, le hice un gesto con la mano y continué, le expliqué que eso  no era un problema insalvable, porque desplegaría la antena del Hispasat y contactaría con Dracevo.
El tipo me miró, se lo estuvo pensando un ratito y mientras miraba su reloj de pulsera, dijo ― Diez minutos.
― Lo intentaré pero…― me interrumpió ― Diez minutos.

El problema residía en que yo no quería hablar por radio porque sabía que estaban a la escucha de nuestras frecuencias  tanto los croatas como los musulmanes y en previsión de tener que dar explicaciones que no quería que escucharan oídos ajenos al GT Colón, prefería enlazar con el HISPASAT que no se podía intervenir. Les di toda la prisa del mundo a los del Mercurio, que me dijeron que sacarían la antena en plan chapuza porque así ganaríamos tiempo y que al ver mí cara, me aseguraron que no debía preocuparme, que el invento funcionaba.

Estuvimos un ratito esperando, de golpe apareció uno de los paracaidistas que me alcanzó el micro teléfono, en voz baja me informó  que estaba al aparato el comandante Cora Bardeci.
Hablé con el comandante, le expliqué lo que había, me escuchó y me hizo un par de preguntas lógicas y rápidas, escuchó atentamente y me dijo, espera. Fue oír lo de espera y se me cayó el mundo encima, el jefe de los PM, estaba al frente de su gente y me observaba atentamente, empezaba a pensar que se iba a liar, cuando asomó el de transmisiones y volvió a alcanzarme el micro teléfono.
Según contaban estuvieron en el asalto al Tihomir Misic

― Rives, soy Cora, estás autorizado a abandonar la zona, se ha llegado a un acuerdo por el que el adjunto al ministro de Defensa te escoltará hasta la salida. Avisa cuando estés fuera.
Respiré tan profundamente que me sorprendió mi propia capacidad pulmonar, me acerqué hasta mi amigo el croata y le conté la orden que había recibido. 

Sonrió con cierta retranca, debía estar pensando que esta vez me había librado por los pelos, pero que ya me pillaría en mejor ocasión y me preguntó cuál era mi vehículo. Me informó que debía estar preparado para salir en cuanto él se pusiera al frente de la columna. Así lo hicimos, dos vehículos del HVO nos precedieron y salimos por la carretera que llevaba a Citluk, es decir, lo hicimos por el mismo lugar que entramos, pero en el control, salvo algún que otro insulto, no se nos puso pega alguna.

Salimos de Mostar y a unos tres kilómetros los jáveos se hicieron a un lado y nos hicieron señales para que siguiéramos, comuniqué por radio a Dracevo que estábamos fuera de Mostar, sin novedad. Ahora me tocaba llevar a “Carmen” a Medjugorje dónde me iban a asar a preguntas, no era plato de gusto, pero entraba en el sueldo.

Bien está lo que bien acaba, pensé, mientras me daba cuenta que estaba muerto de hambre. No sabía en esos momentos, que las autoridades croatas iban a negar la entrada en Mostar  a UNPROFOR durante más un mes. Tuvimos el triste privilegio de ser los que cerramos un ciclo.

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