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El padre del legionario

131.646 contagiados, 12.641 fallecidos y recuperados 38.080


Nuestro país está sufriendo los embates de una epidemia que ha acabado con la vida de muchísimos españoles -me van a perdonar, pero prefiero no poner la cifra- y que ha llenado hasta el colapso los hospitales en los que nuestro personal sanitario se bate heroicamente contra el virus. 

Estamos pasando por experiencias dolorosísimas, los enfermos fallecen solos, sin el consuelo de la compañía de sus seres queridos, muchos han muerto por no poder contar con un respirador, los ataúdes se amontonan en morgues improvisadas, el miedo, por qué no decirlo con todas las letras, cunde entre los ciudadanos que confinados en sus domicilios, no saben lo que les va a suceder a ellos o a sus familias. 

A la incertidumbre que nos crea el maldito coronavirus y sus consecuencias hay que añadir la certeza que tienen millones de españoles que saben que la crisis económica va a acabar con su horizonte laboral y su seguridad. Hay gente a la que el gobierno ha dejado atrás y no saben si podrán comer el próximo mes, una incertidumbre angustiosa que oprime el ánimo al más pintado.



Las noticias son malas tirando a peor y creo que lo que hoy les voy a comentar y que seguramente algunos de ustedes ya hayan leído a través de internet, supone una bocanada de aire fresco, una inyección de optimismo que nos ayudará a afrontar mejor nuestro oscuro presente. 

Sabemos que abundan las personas que están jugándose la piel por salvar a nuestros enfermos, gente que trabaja incansable en el abastecimiento de nuestros pueblos y ciudades, personas que cuidan de la limpieza, bomberos, soldados, policías, empleados de supermercados, etc. y que lo hacen de una manera generosa y entregada, eso que quede claro.

Pero lo que quiero contarles me afecta muy directamente, soy padre y soy antiguo caballero legionario y el ejemplo de Juanjo me ha llegado al alma. Juanjo perdió a su hijo Alejandro hace más o menos un año y lo perdió en circunstancias dolorosísimas, su hijo que era caballero legionario perdió la vida en un ejercicio de fuego real en el que un proyectil le atravesó el corazón. La versión oficial decía que había sido un desgraciado accidente, un caso de mala suerte, un rebote. 

Sin embargo, en el Ejército estas cosas no se tapan, la investigación de la Guardia Civil desmontó la versión, no era un asunto de mala suerte, presuntamente había gente que había mentido, quizás por evadir la responsabilidad que les cupiera en la muerte de Alejandro, como es natural el asunto pasó al juzgado. 

No puedo ponerme en la piel de Juanjo, porque perder a un hijo es una experiencia que sólo pueden entender los que han sufrido esa desgracia; pero el que haya tenido que añadir a la pérdida, el convencimiento de que la muerte probablemente hubiera podido evitarse y que compañeros de su hijo y algún superior mintieran para que no se depuraran las responsabilidades que les atañían, tiene que ser una experiencia durísima.

Juanjo como es lógico ha estado muy pendiente de la investigación y la instrucción judicial, no creo que nadie le pudiera reprochar si hubiera desarrollado una profunda animadversión contra La Legión y los legionarios. Pero la vida nos sorprende, casi siempre para mal y en ocasiones como esta, para bien. 

Cuenta Juanjo que "Un día noté en mi interior que mi hijo de alguna manera me decía algo", "La Legión ha salido a la calle a ayudar a los ciudadanos, a colaborar, a mantener la seguridad en el estado de alarma. Si él hubiera estado vivo, si una bala maldita no me lo hubiera robado, seguro que habría querido salir el primero".

Juanjo entendía que uno de los problemas a los que se enfrentaban los compañeros de su hijo era la escasez de mascarillas, guantes, etcétera, se puso en marcha y compró a un operador internacional 500 mascarillas FPP2 homologadas y las pagó de su bolsillo. 

Dicen y es verdad, que Dios ayuda a quien se ayuda y comentando a un conocido, natural del pueblo de Bornos, sus gestiones y el interés que tenía en proteger a los legías, éste le dijo “No te preocupes, te voy a ayudar. Puedo conseguirte aproximadamente 10.000 mascarillas de uso quirúrgico". Y así fue, porque en ese pueblo gaditano un grupo de mujeres altruistas y solidarias trabajan todo el día, cosiendo mascarillas en sus máquinas de coser.

A Juanjo le faltó tiempo para hablar con un responsable de La Legión, le explicó que quería donar esas mascarillas para que los compañeros de su hijo ayudaran a los ciudadanos con la protección adecuada. De hecho pidió que las 500 mascarillas FPP2, que son de las buenas como él mismo dice, se les facilitaran a los legías que estuvieran más expuestos.

Alejandro era un buen legionario, así nos lo dicen sus compañeros; no me cabe duda de que  si hubiera tenido tiempo para madurar, habría sido un legionario ejemplar. Dice el refrán que de tal palo tal astilla y ahí tienen ustedes a su padre que me parece todo un ejemplo. La Providencia se lo llevó, causó alta en la Lista de Revista del V Tercio muy pronto y allí nos espera a todos los legionarios, junto a nuestro protector el Cristo de la Buena Muerte.

Mientras aquí, su padre nos da ejemplo; hay que tener un corazón de los que no caben en el pecho y una bondad espectacular para saber separar a La Legión de aquellos, que sirviendo en sus filas, presuntamente no supieron estar a la altura de las circunstancias. Un padre ejemplar que homenajea el recuerdo de su hijo ayudando a sus compañeros. 

Y aquí y ahora, ausente su hijo Alejandro, Juanjo ha cumplido con el espíritu de compañerismo del Credo legionario que dice "Con el sagrado juramento de no abandonar jamás a un hombre en el campo hasta perecer todos", demostrando con hechos hasta dónde puede llegar el amor de un padre por su hijo.

Esta es la historia que les quería contar, a mí me ha emocionado. Creo que es de las que te reconcilian con el género humano.






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