domingo, 10 de abril de 2016

Legionario en Bosnia 1993. Tercera Parte




Patrullando por Mostar

Les contaba el otro día que tengo publicado un libro que se titula "Legionario en Bosnia 1993" y se subtitula "Quince relatos cortos de una guerra larga". Cuatrocientas setenta y tres páginas en las que relato a mi manera, una serie de anécdotas que tuve la oportunidad de vivir, junto a los hombres de la II sección de la compañía Austria, que encuadrados en la VIII bandera expedicionaria de La Legión, participamos de la misión encomendada a la AGT Canarias.

Un libro en el que el lector puede encontrar de todo, humor, tensión, entretenimiento, dolor, que les va a acercar a una realidad muy poco conocida de la guerra de Bosnia. Les puedo asegurar que con su lectura van a vivir momentos muy emocionantes.

Hoy les dejo unos párrafos de uno de los relatos, éste se titula concretamente  "Agrupación Táctica Espere", creo que les gustará y se animarán a adquirir el libro. Si así lo desean les basta con clicar en la imagen de la publicación que se encuentra en la columna a la derecha del texto, exactamente donde dice "Compra Legionario en Bosnia 1993, aquí" el enlace los llevará hasta la página que les permitirá comprarlo en Amazón.

Espero que sea así, quí les dejo el texto:

Reza el viejo Romance del Prisionero, Que por mayo era, por mayo, cuando hace la calor. Y así era, estábamos en el mes de mayo y  en Bosnia hacía un calor de mil pares de diablos que nos anunciaba un verano tórrido en el que íbamos a sudar tinta china y no sólo por las circunstancias atmosféricas. Aunque al contrario que el protagonista del romance no estábamos prisioneros y nadie o casi nadie lloraba por un amor perdido, sobre todo porque el que de los nuestros viviera esa triste circunstancia tendría muy poco tiempo para hacerlo, que eso de los disparos y las explosiones de las granadas tiene un efecto casi narcótico para los pesares personales, que no todo iba a ser negativo en esa experiencia.

Como les decía, los miembros de la Cía. Austria de la AGT Canarias andábamos o más bien, intentábamos andar a lo nuestro en aquella Bosnia del año 1993. La situación en Mostar se estaba deteriorando rápidamente y más al norte, en Jablanica, ocurría prácticamente lo mismo. Estábamos empeñados en mantener la paz en la ciudad y nuestra actividad se había duplicado mientras los políticos de la zona habían creado una Comisión Mixta, en la que participaban musulmanes y croatas que supuestamente pretendían mantener la paz y el alto el fuego en Mostar mediante interminables reuniones que degeneraban en violentas discusiones y conatos de agresiones que nosotros evitábamos como podíamos.

La cosa se estaba poniendo más peligrosa a cada día que pasaba. Los legionarios, bueno los legionarios, los jefes de pelotón y los de sección estábamos muy fatigados, no hay motivo para negarlo. Hacía mucho calor, dormíamos tres o cuatro horas diarias de promedio; vivíamos prácticamente en un BMR lo que no resultaba nada cómodo, se comía a salto de mata, de vez en cuando un hijo de mala madre te encañonaba, insultaba o amenazaba y durante las patrullas comenzaban a abundar los disparos sobre los BMR. La tensión subía a cada minuto que pasaba y sin embargo nuestro problema no eran las incomodidades, ni el peligro, lo que nos tenía realmente preocupados era ver como minuto a minuto, aquel alto el fuego que habíamos conseguido imponer casi milagrosamente el 20 de abril, se nos iba de las manos.

No lo sabíamos pero se estaban produciendo los movimientos previos al enfrentamiento brutal y sangriento que iba a estallar en Mostar. Una situación de la que, a riesgo de parecer mal pensado, siempre sospeché que tenía el visto bueno de las potencias que intervenían activamente en el conflicto, aunque lo hicieran de manera discreta o indirecta. Estoy seguro, visto lo que sucedió, que alguien instalado muy arriba en la cúpula del poder, sólo o en compañía de otros, había llegado a un acuerdo con los croatas y éstos tenían bula para intentar liquidar a los musulmanes de Mostar, aunque se les hubiera impuesto un plazo para ello.

Así que aquel 9 de mayo de 1993, estábamos en Dracevo preparándonos para salir de misión hacia Mostar. Por si había algún despistado que no se hubiera enterado de que irremisiblemente pintaban bastos, el teniente coronel Alonso Marcili, jefe del GT Colón, había decidido tomar el mando de la columna, lo que sólo podía significar una cosa: La cosa no iba nada bien.

Eso de que el jefe quiera compartir los riesgos con sus subordinados es algo que siempre se recibe muy bien, que cuando las cosas se ponen negras, pero negras de verdad, uno tiende a aferrarse a los aspectos positivos que la vida le ofrece, por nimios que éstos sean, entre los que se encuentra en lugar muy principal el que tu jefe decida de motu proprio, compartir contigo lo que tenga que venir, por malo que sea ello.

La columna que se estaba alistando y esperando la confirmación de que no habría problemas por parte del HVO para que circulara hasta Mostar, estaba compuesta por el blindado de mando del GT Colón,  el BMR de mando de la Cía. Austria, dos blindados del pelotón de morteros medios de mi compañía al mando del sargento Hidalgo,  tres de mi sección, otros tres de una sección agregada de la Cía. Alba más el Mercurio de transmisiones y la ambulancia.

Me acerqué hasta los vehículos de mi sección y me interesé en saber si todo el mundo había desayunado y sobre todo, si todos se encontraban bien de salud. Sabía de la buena voluntad de mis legionarios que eran tíos muy bragados, pero no quería a ninguno que tuviera fiebre o diarrea en una misión que se podía complicar y alargar. Nadie iba a pensar mal de aquél que, aquejado del “mal de Dracevo”, un síndrome gastrointestinal de etiología desconocida que nos llevaba por la calle de la amargura, se quedara en el destacamento. Pero como los conocía, me aseguré; que a veces la vergüenza torera y la honrilla hay que guardársela  y si hay que darse de baja, se hace y aquí paz y más allá gloria celestial.

Todos estaban bien, les dije que embarcaran en los blindados y que aprovecharan la espera para echar una cabezada hasta que saliéramos, que igual después no iban a poder hacerlo. Recomendé a los jefes de pelotón que estuvieran atentos porque estaba convencido de que  el capitán iba a ordenar formar al costado de los BMR para dar la novedad al TCol. y no quería numeritos raros.

Dejé a Ávila a cargo de todo y me acerqué hasta mando Bandera, donde seguro que conseguía alguna información y ya de paso un café. Pedí permiso al teniente coronel para entrar, me dijo que pasara, entré y saludé. Allí se encontraban además de los mandos de la PLMM, mi capitán y el teniente de la Cía Alba.
Pregunté a Romero si ya nos habían dado el nihil obstat los del HVO.
― En eso andan liados en Medjugorje, aunque me parece que va para largo ― me contestó.
Miré a mi alrededor y no vi ninguna cafetera. Me extrañó, un puesto de mando de La Legión sin una cafetera echando humo es una cosa rarísima ― Con su permiso mi capitán, voy a ver si el brigada Málaga tiene algo de café.

No me dio tiempo a salir, un legionario entraba en ese mismo momento con un termo grande de café y en una mesa auxiliar estaban las tazas, cucharillas y el azucarero. Esperé prudentemente a que me llegara el turno que por mi rango que correspondía y me serví una taza que apuré inmediatamente a pesar de que el café abrasaba. Estaba muy bueno, así que en cuanto se sirvió el teniente de la Alba que era el más moderno, me puse otra.

El teniente coronel Alonso, nos dijo que nos sentáramos hasta que la AGT nos diera luz verde. Procuraba parecer distendido, pero me pareció que estaba medio mosca, seguramente desde la AGT le habrían advertido que los del HVO estaba jugando a retrasar nuestra salida.
Pensé que si había que esperar, esperaría. Sentado en la PLMM, a cubierto del sol y  con un café en la mano me parecía una situación casi apetecible. No estaba mal un ratito de calma, antes de meternos de lleno en el berenjenal que se nos avecinaba, porque si no nos habían dado luz verde ya, es que había jaleo y eso lo íbamos a pagar a lo largo de esa carretera que ya conocía tan bien.

Fue pasando el tiempo y fueron cayendo tazas de café, cigarrillos y charla distendida. A la puerta de Mando vi a Ávila que hacía porque yo  lo viera. Me excusé con un murmullo y salí. El Sgto. 1º quería saber si podía autorizar a la tropa para que fueran a orinar. Le dije que sí, que fueran y se dieran prisa porque pasaban de las once de la mañana y teníamos que estar a punto de salir.

Volví a entrar en el barracón de Mando y sobre las 11,30 horas el teniente coronel ordenó que fuéramos hasta nuestros vehículos, pusiéramos los motores en marcha y comprobáramos las transmisiones. Él iría en cabeza, detrás el vehículo de mando de la Austria, el pelotón de MM, el Mercurio, la ambulancia, mi sección y cerrando la marcha la sección de la Cía Alba.

Salimos de allí y llegué hasta mi sección, al pie de mi BMR estaban los tres mandos de pelotón. Me dieron la novedad, todos estaban listos y el equipo preparado, ordené motores en  marcha y comprobación de transmisiones, poco a poco la frecuencia que parecía un guirigay se fue normalizando y el Mercurio recibió las novedades que ellos se encargarían de transmitir al Tcol; todo funcionaba sin problemas, incluidas las transmisiones de la ambulancia, lo que podía considerarse un milagro.

Vi al teniente coronel como subía a su vehículo, no distinguí quien lo acompañaba, aunque me dio la impresión de que era el capitán Armada. El BMR se puso en marcha y entró en la pista en la que estábamos todos aparcados esperando. Oí que por la radio se nos ordenaba de frente en columna de a uno y poco a poco los blindados fueron  descendiendo por la cuesta en dirección a la carretera que nos llevaría a Mostar.

Me relajé, eso de llevar delante al jefe, relaja mucho, la responsabilidad es suya y uno se limita a obedecer órdenes, que muchas veces obedecer resulta más sencillo que mandar. Miré hacia mi izquierda, Guerra me estaba diciendo algo. Levanté un poco el auricular del casco de trasmisiones y lo oí bastante mejor.
 ― ¿Hay problemas mi teniente?.
― No tengo idea, pero salimos con mucho retraso y eso no dice nada bueno. Aunque si en Citomislici - donde había un check point de una hijoputez sobresaliente - no nos lían la pajarraca, es que todo va bien.

Me equivocaba de plano, fue llegar a Caplina, apenas a cinco kilómetros de Dracevo y nos pararon en el check point. La receta fue de dos horas, dos horas a pleno sol mientras los del HVO iban inventando excusas. Al final - todo tiene un final - nos dejaron pasar. Si soy sincero me hubiera jugado la vida y la hubiera perdido, a que a partir de ese momento íbamos directos hasta Mostar.

En Citomislici, nuestros amigos de siempre nos hicieron esperar otra horita más, que en lo de joder la paciencia estos del HVO eran auténticos maestros y llegando a Buna, en las mismísimas puertas de Mostar, nos detuvieron y allí estuvimos tomando el sol y acordándonos de la madre de los croatas del HVO hasta las 18,00 horas, en las que nos dijeron, bueno se lo dijeron al teniente coronel, que no podíamos pasar y que volviéramos a Dracevo, porque se combatía en Mostar y no podían garantizar nuestra seguridad. Me imagino cómo se le puso la tensión arterial al Tcol, pero hubo que dar la vuelta y volver al destacamento al que llegamos a las ocho de la tarde, cansados y cabreados, pero sin novedad.

Nada más llegar me llamó el capitán para que fuera a verle al Puesto de Mando, me ordenó que la sección repostara con rapidez,  porque tenía que salir para intentar entrar en Mostar por la carretera de Citluk. La idea era buscarles un hueco a los del HVO, que por la noche se relajaban y proceder a relevar a la sección de Farnesio que se encontraba en Mostar esperando el relevo todo el día.

Me puse a preparar a mi gente, para salir de inmediato…

La semana que viene les cuelgo la continuación de este relato, por si les quedan ganas.




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