domingo, 15 de mayo de 2016

Legionario en Bosnia 1993. Octava parte

Una de las garitas del destacamento de Jablanica
Los que sean fieles seguidores del blog, ya saben que los domingos descansamos de política y me permito "hablar de mi libro". Un libro titulado "Legionario en Bosnia 1993"  que lleva por subtítulo "Quince relatos cortos de una guerra larga". Cuatrocientas setenta y tres páginas en las que relato a mi manera, una serie de experiencias que tuve la oportunidad de vivir, junto a los hombres de la II sección de la compañía Austria, que encuadrados en la VIII bandera expedicionaria de La Legión, participamos de la misión encomendada a la AGT Canarias.

Para que se hagan una idea de como es el libro, les dejo unos párrafos de uno de los relatos, éste se titula concretamente  "La guardia de Jablanica", creo que les gustará y les animará a adquirir el libro. Si así lo desean les basta con clicar en la imagen de la publicación que se encuentra en la columna a la derecha del texto, exactamente donde dice "Compra Legionario en Bosnia 1993, aquí" el enlace los llevará hasta la página que les permitirá comprarlo en Amazón.

Espero que sea así, aquí les dejo el texto:

"...Corría el mes de junio del año 1993 y la Cía. Austria de la Agrupación Táctica Canarias estaba destacada en Jablanica. Una pequeña población situada al norte de Mostar en manos de los musulmanes que formaba parte del área de responsabilidad de las tropas españolas. Era una zona montañosa dedicada tradicionalmente a la agricultura, la explotación de los bosques y la ganadería.

Las líneas de confrontación entre el HVO y la Armija estaban muy cerca de Jablanica. Por el sur los del HVO estaban en Vrdi y combatían para controlar de manera permanente la carretera que conducía a Mostar y ocupar la ribera este del Neretva con la finalidad de evitar que hubiera comunicación con los habitantes del barrio musulmán de Mostar. Hacia el norte la existencia de bolsas croatas amenazaban la carretera a Sarajevo y al noroeste se encontraban los serbios que instalados en posiciones dominantes, observaban encantados la escabechina que se estaba produciendo entre musulmanes y croatas.

Entre la población de la zona se percibía tensión, cansancio e inquietud, por desgracia sufrían muy directamente las consecuencias de la guerra los civiles que allí vivían o los que, procedentes de otras zonas arrasadas por los serbios primero y los croatas después, habían buscado refugio en la población.

El destacamento, que estaba al mando de un comandante del GT Colón, era una instalación de fortuna que se encontraba en el casco urbano de la población, situada entre la carretera que llevaba a Sarajevo y la ribera del Neretva. Ocupaba unas antiguas instalaciones deportivas que comprendían un campo de fútbol con un césped magnífico; el edificio del club, ocupado por los de la PLMM, las oficinas, transmisiones, botiquín y una especie de cantina que poco o nada podía ofrecernos, aunque el hecho de que se ocuparan del servicio dos jóvenes musulmanas bastante atractivas, hacía más soportable la escuálida oferta. Había también una pista de balonmano ocupada por tiendas parque y contenedores dormitorio y alguna que otra edificación, que supongo, en otro tiempo serían los vestuarios, almacenes, etc., etc.

Alrededor del campo de fútbol se habían instalado los aparcamientos y el comedor compuesto por tres tiendas. Más al norte se encontraban entre otros servicios, el camión lavandería y la cabina del Hispasat - convenientemente protegida por sacos terreros - desde la que podíamos hablar con la familia, en las raras ocasiones en las que tenías tiempo libre y la cola no era demasiado larga.
La pista de balonmano estaba ocupada por las tiendas dormitorio para los legionarios de la unidad destacada y en su perímetro se encontraban los contenedores en los que dormía la tropa que cuidaba del destacamento, un contenedor para duchas y servicios, los contenedores para los oficiales y suboficiales de la compañía a la que le tocara estar allí destacada. En la esquina NE estaba el acceso a uno de los refugios contra bombardeos  que completaba el “paisaje” que no vamos a engañarnos, resultaba bastante deprimente.

En su momento, las fuerzas españolas habían alambrado el contorno de las instalaciones ocupando hasta la acera de la carretera e incluyendo en el recinto una gran marquesina, en la que en tiempos de paz se detenían los autobuses que iban a Konjic y Sarajevo. Allí se instaló el cuerpo de guardia y muy próximos a la instalación estaban los talleres.

Era un destacamento en constante perfeccionamiento. Obligados por las circunstancias - los croatas se entretenían bombardeando a la población y al destacamento - las garitas de los centinelas se habían protegido con sacos terreros, lo mismo que el cuerpo de guardia, defendido de la metralla por paredes de sacos colocadas bajo el techo de la marquesina. En distintos lugares del destacamento se habían cavado refugios para proteger al personal de los frecuentes bombardeos y todos los días trabajábamos muy duro, codo con codo con los zapadores paracaidistas del teniente Aguado que eran unos auténticos monstruos en lo que se refiere a  la fortificación de instalaciones.

Las compañías de fusiles de la AGT rotaban en el destacamento. Una vez instalados lo primero que llamaba la atención para los que veníamos de Dracevo era la cantidad, variedad y calidad de la comida. En Jablanica se comía extraordinariamente bien, justamente lo contrario que sucedía en Dracevo. Gracias al trabajo y la dedicación de mi buen amigo el teniente legionario Javier Menéndez Moro y al de su equipo de cocina, se hacía bueno aquello de “comida sana y abundante la que dan en el Tercio de Extranjeros”, tal y como reza la letra de una antigua canción legionaria.

El teniente Menéndez Moro pertenece a una saga legionaria impresionante. Era, bueno, era y es, nieto, hijo, sobrino, primo, padre, hermano y tío de legionarios, así que lo del estilo de La Legión lo había mamado desde la cuna. Como buen legionario servía tanto para un roto, como para un descosido. Ya saben, como dije el otro día, en el Tercio para lo que se tercie. Y Moro valía para dar de comer extraordinariamente bien a pesar de las dificultades, como valió al poco tiempo, para mandar brillantemente la 1ª sección de la Cía. Austria, cuando Recena, que pertenecía a la Escala Media, ascendió a capitán de Infantería y tuvo que dejar el mando de la sección.

Antes, cuando hablaba de la calidad de la comida, me refería al trabajo del teniente y al esfuerzo de su equipo. Lo de ser ranchero en el Tercio tiene su aquel, la exigencia es mucha y desde luego no resultaba sencillo dar de comer en un destacamento en el que había que cocinar, como era el caso de Jablanica, fuera del propio recinto y en el que los víveres llegaban de lejos, cuando buenamente podían los convoyes y además hay quien piensa y si no lo piensa lo parece, que los rancheros pertenecen a una suerte de subespecie legionaria. La canción que he citado hablaba de la comida sana y abundante, pero terminaba la estrofa diciendo “cocinada por cinco o seis mangantes que nosotros llamamos los rancheros.

Así que lo de menospreciar a “los de cocina” como también se les conoce genéricamente, está injustamente inscrito en la tradición legionaria y desde luego nada más lejos de la realidad. A lo largo de la historia de La Legión, los rancheros han demostrado una y otra vez que cuando pintan bastos, pero bastos de los de verdad, sueltan el cucharón, agarran el fusil y con absoluta normalidad, se comportan como los mejores.

En Jablanica el equipo de cocina estaba encabezado por el cabo André Cornelli de la 9ª/VIII/3, que nos va a servir para que veamos de que pasta están hechos esos hombres. Antes de continuar quiero excusarme con el resto del equipo a los que no voy a nombrar, pero estoy seguro que se sentirán bien representados por dos anécdotas protagonizadas por el bueno de Cornelli, que cuando hacía falta, sacaba a relucir un temple, que para sí hubieran querido muchos.

Cornelli era un flamenco, pero no de los de Jerez de la Frontera, era un flamenco belga, que es cosa bien distinta. Alto, nervudo, con los rasgos faciales muy pronunciados, medio calvo y con un pelo rubio poco lustroso. Era trabajador, alegre y muy comunicativo para mi desgracia; porque he de confesar que el castellano del cabo me resultaba prácticamente ininteligible y cuando Cornelli me soltaba una de sus parrafadas, me dejaba casi siempre en treinta y tres y contestando a ojo de buen cubero.

El cabo era y es, que todavía debe estar dando trabajo por esos mundos de Dios, un hombre de grandes virtudes a las que acompañaba, como nos sucede a todos o casi todos, una panoplia medianamente surtida de costumbres no muy recomendables. Entre esas costumbres estaba la de ser un convencido adorador de Baco. Lo del morapio y La Legión son cuestiones que han ido de la mano desde los tiempos de la fundación. Los legionarios hemos tenido fama, unas veces justificadamente y otras menos, de ser muy aficionados a darle al jarro con una dedicación y entusiasmo que dejaba a los cosacos en simples aficionados.
De vez en cuando a Cornelli se le iba la mano con el vino y cuando eso se producía, sucedía lo que acostumbra a pasar en estas situaciones. El “incidente” y sus consecuencias se solucionaban discretamente entre el mando correspondiente y el cabo, como se solucionan estas cosas en La Legión. No lo voy a explicar aquí, porque si el que me lee es legionario, sabe perfectamente a qué me refiero y si el lector no lo es, para qué se lo voy a contar. Dejaremos los detalles de la particular metodología del mando y la instrucción en unidades legionarias que se conoce como el “estilo legionario” en el discreto lugar en el que debe permanecer.

Corneli era un tío muy serio para su trabajo, responsable y preocupado por su gente. Una noche de tantas, estaban el cabo y los rancheros en la cocina del hotel que se empleaba para cocinar el rancho del destacamento, cuando se coló por allí un musulmán joven, con el kalashnikov reglamentario, mucha cartuchera, alguna granada de mano y la bayoneta nueva de trinca. Un despliegue impresionante para un tipo con aspecto de recluta y además colocado como un piojo.

Debe ser que los musulmanes de Bosnia tienen bula para consumir alcohol o lo que sea que tengan los musulmanes para estos casos, pero lo cierto es que se ponían de rakia hasta las tachas, como dicen en Canarias. Pues bien, el musulmán que irrumpió en la cocina estaba hasta arriba de alcohol y fue entrar, meter un cartucho en la recámara del arma y encañonar a los legionarios que andaban por allí a sus tareas culinarias. Hay que ver con qué facilidad te encañonaba esa gente a las primeras de cambio, costumbre que me ponía de los nervios en cada ocasión que ocurría, que fueron muchas.

Pero, dejemos las particulares manías de esa gente y volvamos a lo que les estaba contando. El cabo que andaba a lo suyo, levantó un poco la cabeza y sin inmutarse le dijo al tipo que se largara. En defensa del musulmán habrá que decir que si en castellano era complicado entender a Cornelli, es de suponer que en croata tampoco fuera un prodigio de claridad. No sé qué entendería el “rambo musulmán” pero se puso como una pantera hidrófoba y les informó con maneras muy descompuestas que los iba a matar a todos. El cabo suspiró, soltó el remo con el que removía el guiso, se limpió las manos en el trapo que llevaba a la cintura y antes de lo que tarda en persignarse un cura loco se fue a por el musulmán, le quitó el AK y le partió la cara a conciencia, vamos que le dio un repaso monumental.

Cuando el miliciano ya no podía ni defenderse, lo dejó tirado en el suelo, cogió el fusil y lo desmontó pieza a pieza. Y allí fue Troya, porque sorprendentemente el bravo combatiente musulmán devino en borracho lloroso y balbuciente; no sabía montar su arma y entre súplicas y sollozos pedía que André le montara el fusil.

Corneli lo miró con desprecio, lo cogió por el cogote y a rastras lo echó de la cocina y tras el bosnio fueron las diferentes piezas del AK. Miró a su alrededor y muy despacio, casi gustándose, dijo: Estos cabrones tienen que aprender a respetar nuestro trabajo y continuó removiendo el guiso...

Una demostración que se puede ser buen cocinero y tener mano y agallas para hacer frente a un tipo con un fusil de asalto en las manos. Pero lo que de verdad define el especial carácter de Cornelli, sucedió mucho después. Una mala noche los croatas lograron meter tres granadas de mortero de 121mm en el recinto del destacamento. Una de ellas precisamente hizo blanco en la pista de balonmano, la metralla de la explosión se llevó la vida del legionario José Luis León Gómez (DEP) de 21 años que montaba el servicio de imaginaria. Además provocó heridas graves a diecisiete españoles, que se encontraban durmiendo en sus contenedores, Cuando se comenzó a atender a los legionarios y soldados heridos, el Cabo Cornelli al que la metralla le había interesado el hígado y tenía más de doce perforaciones en el intestino y estaba para ingresar en la UVI, se negó a ser atendido hasta que no lo hicieran antes con sus legionarios.

Creo que las dos anécdotas ilustran perfectamente el espíritu que anida en el corazón de los rancheros legionarios. Hace falta mucho valor, desprecio al peligro, generosidad, entrega y amor por sus subordinados para hacer lo que hizo con total naturalidad el cabo André Cornelli en las dos ocasiones que les he contado. En esta vida hay que tener siempre muy presente que a veces las apariencias engañan y que el hábito no hace al monje tal y como aprendió con dolor el "rambo musulmán" de esta historia

Así era el destacamento de Jablanica y así era la gente que allí estaba, me he salido algo del tema tal y como lo tenía pensado cuando me puse a escribir, pero creo que ha valido la pena..."

El próximo domingo más y conste que se pone muy interesante







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