domingo, 16 de octubre de 2016

Los tres jardineros de Drácevo (Entrega final)

Como es sabido actuábamos bajo la bandera de la ONU


Hoy como probablemente sepan la mayoría de ustedes es domingo y por tanto y siguiendo una costumbre que a mí me parece buena, hoy no hablaremos de política. Así que en lugar del ladrillo con el que acostumbro a torturarlos, les ofrezco la entrega final de “Los tres jardineros de Drácevo”, un relato que forma parte de mi libro “Legionario en Bosnia 1993”, en el que como ya saben explico a mi manera, una serie de experiencias que tuve la oportunidad de vivir, junto a los hombres de la II sección de la compañía Austria, que encuadrados en la VIII bandera expedicionaria de La Legión, participamos en Bosnia de la misión encomendada a la AGT Canarias.

Un relato que a mí me parece interesante, claro que como soy el autor del mismo, yo que voy a decir, pero en esta entrega cierro una anécdota que vivimos en Bosnia y que a mí se me antoja curiosa e interesante, les voy a explicar la peligrosa experiencia que vivieron tres de mis legionarios. Espero que la lectura de esta entrega les anime a adquirir el libro. Si así fuera les basta con clicar en la imagen de la publicación que se encuentra en la columna a la derecha del texto, exactamente donde dice "Compra Legionario en Bosnia 1993, aquí" el enlace los llevará hasta la página que les permitirá comprarlo en Amazon.

Espero que sea así, aquí les dejo el texto:

"....Me volví en dirección al cuerpo de guardia, mandé firmes y le di la novedad al capitán. Romero venía preocupado, el del HVO tenía una cara de cabreo más que regular y el intérprete, un croata muy, pero que muy proclive a apoyar siempre a los croatas contra los musulmanes y que seguramente trabajaba para sus servicios de inteligencia, iba detrás del militar croata como un  perrito. Le faltaba babear y mover la colita, aunque lo de babear igual me era dado presenciarlo  en un rato si la charla se prolongaba, que por mí iba a ser que no.

Mientras bajábamos hacia el cuerpo de guardia, Romero me dijo que venía por un asunto muy grave y que tenía que hacerme una pregunta. Me paré dando la espalda a la entrada al cuerpo de guardia. ― Usted dirá mi capitán.

El capitán miró al oficial del HVO y luego a mí ― Es importante Miguel, ¿ha pasado alguien por aquí?
Puse mi mejor cara de inocencia extrañada ― Mi capitán ha pasado muchísima gente, hace un rato los que venían de Metkovic y casi ahora mismo la gente que salía de la cantina. Los últimos se tienen que haber cruzado con usted. ¿Pasa algo mi capitán?

― Pues sí Miguel, el capitán ― señaló con su cabeza al del HVO, que parecía que de un momento a otro iba a empezar a echar humo por los oídos y fosas nasales, ― ha informado al teniente coronel, que tres o cuatro soldados de UNPROFOR han robado una ambulancia en Metkovic, los han perseguido y se han visto obligados a dispararles al ignorar las voces de alto. 

La ambulancia en su huida ha forzado la frontera entre Croacia y Bosnia y a pesar del fuego que han hecho contra el vehículo, éste ha proseguido su marcha, hasta que en la última curva, justo antes de la recta que lleva al cruce del destacamento, han volcado. Pero los ladrones han logrado salir de la ambulancia y han huido a pie por la ladera. No los han seguido porque han subido por una zona que en su momento estuvo  minada y no ha querido arriesgar a su gente, pero está seguro que han llegado al destacamento  y tienen que haber entrado precisamente por aquí.

La verdad es que no me costó nada poner cara de asombro, estaba atónito, no podía creerme la que habían montado los tres mosquitas muertas de mi sección. Ahora que sabía lo que había pasado, al menos en versión croata, no estaba dispuesto bajo ningún concepto a  dar los nombres de los tres legionarios que había visto hacía un rato, al menos mientras estuviera el croata delante.

Zona de contenedores dormitorios de la Cía. Austria
― ¿Y cómo sabe este señor que los que le robaron la ambulancia eran de los nuestros? Miré hacia el del HVO. Se me subió la sangre a la cabeza, no me lo podía creer, el cabrón del intérprete le estaba traduciendo nuestra conversación al capitán croata y lo peor era que Romero no le ordenaba guardar silencio.

― Él dice que eran de los nuestros ― me dijo el capitán.
― Ya, él dice que eran de los nuestros y todo el mundo boca abajo. Mire mi capitán a mí me parece que a esta gente les han guindado la ambulancia y como no saben a quién cargarle el muerto, lo que le sale más barato es acusarnos a nosotros. Igual los ladrones han sido de los suyos o musulmanes. Porque ¿para qué diablos queremos nosotros una ambulancia?

Me interrumpió el HVO que empezó a largar unas voces que me parecieron absolutamente inaceptables, pero que agradecí en mi fuero interno, la torpeza del croata  me facilitaba ponerme borde justificadamente.
 Me dirigí al intérprete ― Dile a ese señor que tenga un poco más de respeto, está en nuestra casa y yo soy el oficial de guardia y en el ejército español eso significa que me debe respeto.

Romero intentó terciar ― Venga Rives, no vayamos a liarla más. ¿Tú has visto pasar a alguien?
Me enfrentaba a un problema muy serio, si hubiéramos estado solos el capitán y yo, le hubiera dicho la verdad sin ningún reparo; pero ayudar a los del HVO que nos habían matado compañeros, que  en cuanto podían nos hacían la vida imposible y que se portaban con nosotros como auténticos cabrones, era superior a mis fuerzas. No sabía qué hacer, cuando por sorpresa se me ocurrió una idea.

Como un relámpago recordé al Padre Sorribas, mi profesor de filosofía en sexto de bachillerato, explicando  la restricción mental y poniendo el único ejemplo que debe haber para ello - porque con posterioridad lo he leído en tres o cuatro lugares distintos explicado exactamente igual -  la historia hablaba de  un  fraile que habiendo visto pasar a un fugitivo, al ser interrogado por los perseguidores que le preguntaban si había visto a alguien, a la vez que se metía ostensiblemente las manos en las bocamangas de su hábito les había dicho “Por aquí, no ha pasado nadie”.

A imitación del fraile de marras dije muy serio ― Ya le he dicho mi capitán que por aquí –señalando también ostensiblemente el espacio frente a la puerta del barracón –no ha pasado nadie.

El capitán Romero de tonto no tenía un pelo, así que me miraba muy poco convencido, en realidad se estaba enfadando aunque se controlaba. En cambio el croata, que tenía la cara rojo inglés de turista en Benidorm, seguía dando voces. ― Miguel por favor…

― Mi capitán ya le he dicho por dos veces que no he visto a nadie y aunque se caiga el mundo  eso es lo que voy a seguir diciendo.
Me miró, mientras el intérprete intentaba explicarme lo que el croata gritaba. Ni le miré ― Ya te he dicho que lo que diga ese señor no me interesa y dile que baje el tono, que no tenemos por qué aguantar sus gritos.

Romero me miraba apenado, decidió volver sobre sus pasos antes de que la situación se complicara más y acompañar al HVO, que tenía un preocupante aspecto apoplético hasta su vehículo. Me despedí del capitán y volví al cuerpo de guardia, con muy mal sabor de boca. No le había dicho la verdad a Romero y por mucho que me refugiara en aquello que sostiene que nadie está obligado a revelar una verdad a quien no tiene derecho de conocerla y desde mi punto de vista ese era el caso  del intérprete y el croata, el argumento no me tranquilizaba en absoluto.

En la cola del comedor
Afortunadamente tenía toda la noche para pensar en lo que debía hacer, porque lo que estaba claro es que los tres angelitos deberían pagar por lo que habían hecho. Gracias a Dios se habían librado de los del HVO, pero de mí no se iban a librar. Por la mañana cuando saliera de guardia iría a confesarme con mi capitán; no iba a ser un asunto sencillo de sobrellevar, pero tenía que decirle la verdad y ofrecerle una solución satisfactoria. Ya se sabe que a los jefes si les llevas un problema lo mejor es que, simultáneamente, les presentes la solución, sobre todo si el problema lo has creado tú o tu gente, como era el caso.

Los componentes de la guardia andaban algo revueltos, seguro que el telégrafo sin hilos que comunica a las comunidades legionarias se había puesto en marcha y sabían que algo raro sucedía Me mostré serio y distante y así me ahorré preguntas indiscretas; poco a poco recuperamos la normalidad y la guardia fue transcurriendo lentamente como siempre, pero al fin llegó la hora del relevo.

La verdad es que no lo esperaba tan alegremente como de costumbre, mi charla pendiente con el capitán me tenía francamente inquieto, aunque ya tenía decidido lo que le iba a decir y proponer.

Salimos de guardia, di las novedades correspondientes en mando y me dirigí al contenedor que ocupaba la PLM de la compañía. Allí estaba el capitán Romero, que me esperaba, porque el sargento auxiliar no estaba ni por las cercanías. Le di la novedad y me dijo que pasara y cerrara la puerta y en La Legión cuanto te mandan cerrar la puerta ya sabes que no te espera nada bueno.

Un servidor en Drácevo
Tuvimos una charla muy larga en la que hubo de todo. El capitán estaba muy dolido conmigo y con razón, por no haberle dicho la verdad, le expliqué lo de la restricción mental y le aseguré que mi intención no era mentirle. 

De hecho le hubiera explicado lo que vi y le habría dado el nombre de los tres legionarios que la habían liado si no hubiera sido por la presencia del HVO y del intérprete. Aceptó, no sin resistencia, que era mejor que el asunto quedara entre nosotros. No le gustaba demasiado, pero creo que mi afirmación de que no era justo que por la locura de tres niñatos, la Cía. Austria perdiera el prestigio que tan duramente nos habíamos ganado en la AGT, le hizo algo de mella y por ahí se creó la brecha por la que pude convencerle.

Tenía un  enfado tan grande, él que era un hombre muy calmado y medido, que no quería ni ver a los tres legías de marras, aunque tengo que decir que lo que más le angustiaba de lo que había sucedido, era el peligro gratuito que habían corrido los legionarios. 

Le propuse que dado que eran de mi sección, si no disponía lo contrario, me ocuparía personalmente del asunto y ya hablando más distendidamente nació el proyecto de transformar el paisaje de Dracevo en algo más agradable a la vista, gracias al sudor y al esfuerzo de los tres miembros de mi sección. Le pedí perdón  a Romero, le di las gracias por su comprensión y ya más tranquilo, pero con el colmillo algo más retorcido que antes de entrar de guardia, me fui a ver a mis tres amigos del alma.

Le pedí al sargento 1º Ávila - que debía conocer hasta el más mínimo detalle de lo ocurrido, porque con ver la cara de póquer que ponía, ya estaba todo dicho - que me trajera a los tres aventureros. Con la cara de pena que se pone en esas ocasiones, me explicaron al alimón lo que había sucedido. 

Estuvieron tomando unas copas, se les hizo tarde y cuando llegaron a los camiones éstos se habían ido, se les cayó el mundo encima – esa era su versión – y mal aconsejados por la ingesta de alcohol, les pareció que lo más oportuno era aprovechar un  vehículo abierto, que gentilmente el HVO se había dejado por allí.

Montaron en la ambulancia y el que conducía, que para más INRI no tenía carnet de conducir ni civil, ni militar, pero conforme a su versión era el que más sereno estaba, arrancó a toda pastilla con la intención de adelantar a los camiones antes de que llegaran a la frontera, pararlos allí y así conseguir el transporte que habían perdido a cuenta de su retraso. 

No contaban con que el HVO fuera tras ellos, cuando se dieron cuenta de que los perseguían y que abrían fuego contra el vehículo se habían asustado y pensaron que si paraban igual les metían cuatro tiros. Así que siguieron hasta la frontera que pasaron como Dios les dio a entender a pesar de que les tiraron con una ametralladora y que llegando al campamento debieron pinchar y volcaron. Subieron por la ladera y a la carrera llegaron a la formación de la compañía sin ningún problema, porque nadie se dio cuenta de nada.

Disfruto de una ventaja sobre algunos, tengo muy  buena memoria para recordar cómo era yo a la edad de mis hijos o de mis legionarios. Nunca me llevé una ambulancia, pero podría contar algunas cosas que pondrían la piel de gallina a más de uno, por lo tanto estaba muy cabreado con ellos, entre otras cosas, porque se habían jugado la vida por nada, pero a pesar de la enormidad cometida, era capaz de ponerme en su piel. Era un disparate de principio a fin, no podía justificarlos, pero los comprendía.

Les expliqué que con su conducta habían adquirido una deuda que deberían pagar  y que tanto el capitán como yo mismo estábamos muy molestos por la situación que habían creado. Les pregunté si sabían lo que había escrito Valenzuela sobre los arrestos en el pelotón y uno de ellos dijo ― Ah sí el espíritu del pelotón ― que es como coloquialmente se  conoce a lo que escribió sobre este asunto el que fue jefe de La Legión y les pedí que me lo recitaran. Comenzaron a hacerlo titubeantes, pero mal que bien consiguieron pasar la prueba:

El sufrir arresto en el pelotón
es derecho del legionario
que pecó militarmente;
derecho del que no debe desposeérsele
ni con indultos ni atenuaciones,
y cuanto más plenamente realice el pago
más se desliga de su falta
que al terminar el correctivo
deja de pesar sobre él,
puesto que se liberó
pagando por ello su justo precio.

Terminaron de recitarlo y les expliqué que el motivo del arresto que iban a sufrir debía permanecer en secreto para no manchar el buen nombre de la compañía y les detallé lo que deberían hacer para pagar la deuda que habían contraído con la compañía. Aliviados y agradecidos mostraron su acuerdo y en ese preciso momento nacieron los tres jardineros de Dracevo.

Una cosa debo decir, resulta curioso pero a lo largo de los días que trabajaron en el ajardinamiento, que fueron bastantes,  fueron ayudados voluntariamente por muchos de sus compañeros que con ese gesto no significaban su aprobación por lo que habían hecho, pero mostraban su satisfacción por la jugada que los jardineros le habían hecho al HVO.


Curiosamente, con el paso del tiempo estoy cada vez más de acuerdo con mis legionarios. Lo que sucedió no debió pasar bajo ningún concepto, pero mangarle una ambulancia al HVO y salir con bien del asunto en las circunstancias en las que lo hicieron, no lo hace cualquiera. Llámenme raro, pero todavía sonrío cuando lo recuerdo."

Hasta el próximo domingo si Dios quiere.

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