sábado, 10 de septiembre de 2011

¡Cómo nos gusta escandalizarnos!

Desde luego no van descalzos.


Anda el personal entre revuelto y escandalizado ante el descubrimiento de la cuantía de los patrimonios de los políticos que rigen nuestros destinos y que acaban de hacerse públicos. No hay emisora de radio o televisión que no haya aprovechado la oportunidad para llevar a cabo esas encuestas de urgencias, en las que le meten la alcachofa al primer ciudadano que encuentran para que diga lo que opina sobre el tema del día, de la semana o del siglo.

Y tengo que decir que al menos los que he visto en la tele, he escuchado en la radio y la inmensa mayoría de los que opinan en las redes sociales, han entrado al trapo de la noticia, diciendo – como es costumbre en este país – no lo que realmente piensan,  sino por el contrario lo que creen que deben decir. Así que probos ciudadanos y ciudadanas se han apresurado a expresar su sorpresa por la importancia de las cifras y su rechazo, porque claro “con la crisis que sufrimos parece mentira que tengan lo que tienen” y ”hay que dar ejemplo, faltaría más”

Me voy a meter en un charco, pero no me importa, no puedo entender esta  reacción por distintas razones. En primer lugar y pese a lo que vende la izquierda, el ser rico no es malo per se; el que alguien tenga dinero no le convierte en un explotador responsable del hambre en el mundo o en un especulador sediento de la sangre de los obreros y necesitados. En segundo lugar todo el mundo en este país, salvo cuatro y el cabo, estábamos de acuerdo y así se expresaba de manera unánime, que los componentes de la casta política se dedicaban a cultivar diligentemente sus intereses y los de sus amigos mientras que a los ciudadanos nos iban peinando.

Por lo tanto partiendo del general consenso sobre la presunta falta de honestidad de los políticos de cualquier color político, el acuerdo unánime sobre la virtud de sus señoras madres y las correspondientes tragaderas de sus presuntos progenitores, no sé a qué viene la sorpresa, el pasmo, el escándalo. Si como parece el “pueblo soberano” sabía con quien se jugaba los cuartos  y sólo ejercía su derecho al pataleo y a la crítica en la barra del bar o en Twitter y Facebook ¿a qué viene ahora el guirigay, la controversia, la conmoción?

Si realmente quisiéramos conocer la verdad y opinar con fundamento habrá que convenir que nos resulta imposible opinar con criterio, porque para resolver este problema nos faltan datos, sólo se nos ha permitido ver una parte del conjunto. Se nos dice cuánto, pero no cómo  ni cuándo. Me explico, para estudiar el asunto con la seriedad que amerita un tema que afecta a la honorabilidad de personas, que por muy políticos que sean, habrá que concedérsela, debería figurar en esa declaración, cuál era el patrimonio del político en el inicio de su actividad pública  y cuál  ha sido su evolución a lo largo de los años, además de relacionar que cargos se han ostentado y en qué fechas.

Entonces podríamos saber quiénes se han enriquecido de una manera “normal” y quién forzosamente debe ser dueño de una varita mágica, porque sólo con un sueldo de 3.500 euros se ha hecho con un patrimonio espectacular.

Porque la pregunta es ¿nos parece mal que sean ricos? Bueno al margen de la natural envidia, creo que no, si lo son es porque nosotros se lo hemos permitido. Desde siempre he escuchado a los ciudadanos quejarse de los esplendorosos sueldos de los políticos y del poco empeño que ponían en ganarlo, mientras que por el contrario los padres de la patria afirmaban precisamente lo contrario. Por tanto parece que no puede haber sorpresa, pero es que además estamos en el debate que menos interesa de verdad al ciudadano.

No son los sueldos que perciben, y que pagamos con nuestros impuestos, lo que les permite tener los patrimonios que hoy disfrutan, el secreto está en la posibilidad que tienen de mantener actividades económicas paralelas a su  actividad como cargos públicos. Ese sí es un asunto vidrioso que deberíamos remediar, en vez de estar ocupados en la estéril tarea del escándalo, el pataleo y el morbo de saber cuál es el que  más tiene.

Lo que deberíamos exigir es que mientras un individuo decida libérrimamente dedicarse al servicio público, le esté prohibido llevar a cabo actividades económicas que le produzcan beneficios económicos. Lo que no puede ser es que la inmensa mayoría de nuestros diputados tengan concedida la compatibilidad, lo que les permite trabajar en la empresa privada o en sus asuntos particulares. Y a lo mejor son contratados en empresas y bufetes por su valía profesional, pero también pudiera ser que a lo peor lo son, precisamente por el cargo público que ostentan.

Eso es lo que debe preocuparnos, la manga ancha que se ha tenido para con nuestra particular casta política a la que le hemos permitido organizar el asunto en su beneficio sin que los ciudadanos hayamos abierto la boca. Hay que establecer la incompatibilidad absoluta para ejercer cargo público y  a la vez llevar a cabo cualquier tipo de actividad remunerada. Sumen a la incompatibilidad, la desaparición de los privilegios anejos a sus cargos y seguro estaríamos hablando de otros patrimonios.

Claro que en la noticia ha habido cosas que me han llamado la atención y que no me resisto a comentarles. Por ejemplo la especial relevancia que se le ha dado al patrimonio de Rajoy, que en su juventud se tragó la durísima preparación que le permitió aprobar la oposición a Registrador de la Propiedad, lo que justifica en principio su patrimonio, mientras que por el contrario alguno con un patrimonio más “modesto”  no tiene actividad alguna declarada, lo que obliga a suponer que vive de su sueldo y ciertamente llama la atención la cuantía de ese patrimonio ahorrado euro a euro de un sueldo generoso, pero no tanto.

Eso sí, este asunto me ha devuelto la fe en el capitalismo,  el ejemplo del camarada Llamazares que a pesar de su comunismo militante ha invertido sus más de 300.000 euros de patrimonio en fondos de inversión supone un bálsamo para los que defendemos la libertad de mercado. Llamazares invierte su dinero en  esos fondos especulativos que modifican la conducta de los mercados en su particular beneficio y que nos tienen amargados con lo de la prima de riesgo, etc... Que un marxista convencido invierta su patrimonio en una actividad de ahorro, pero ahorro especulativo, me convence una vez más, que una cosa es la que dicen y otra lo que hacen.

Y si no me quieren creer, observen la particular conducta de Pérez Rubalcaba, que hace unos meses recomendaba a los ciudadanos consumir, al objeto de animar la economía y sin embargo él con un millón de euros de patrimonio anda por la vida con el célebre Skoda rojo con más de once años de sacrificados servicios a su espalda.

Así que ya saben no deben preocuparse de cuánto tienen, sino cómo y cuándo lo han ganado. Eso por una parte, por la otra exijan que el que se dedique a la política lo haga con dedicación exclusiva, probablemente si así fuera tendrían menos de la mitad del patrimonio que ahora disfrutan.

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