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Democracia o Partitocracia

Congreso de los Diputados
La deriva en la actuación de los partidos políticos, resulta preocupante. Creo que no hace falta una gran capacidad crítica, para observar que los partidos políticos han devenido, en unas herramientas inútiles para la finalidad a la que teóricamente deben servir.

Dice la Constitución en su artículo nº 6 que: “Los partidos políticos expresan el pluralismo político, concurren a la formación y manifestación de la voluntad popular y son instrumento fundamental para la participación política...” y continúa en el mismo artículo “… Su estructura interna (la de los partidos) y funcionamiento deberán ser democráticos.”

Vamos a empezar por el final. Deben quedar muy poquitos ciudadanos que crean que la estructura interna de los partidos responde a criterios democráticos. Los partidos políticos sólo defienden el interés de su partido y el de la cúpula que dirija, en ese momento, la organización política de turno. Por tanto su estructura responde a las necesidades de la organización política y de sus dirigentes, y el funcionamiento interno puede ser formalmente democrático, pero nada más.

La ley electoral ha permitido, que los ciudadanos no escojamos directamente a nuestros representantes. Se nos permite participar en las elecciones y decidir a que partido, coalición o agrupación electoral preferimos, pero en ningún caso a nuestros representantes.

Siempre pongo como ejemplo a Fuerteventura, llevo casi treinta y cinco años viviendo en esta bendita isla, así que me refiero con más conocimiento a los problemas que aquí vivimos, aunque en este caso el problema, que comentamos, se extiende por igual en todo el territorio nacional.

Cuando votamos al Parlamento Canario, lo hacemos a favor del PP, PSOE, Verdes, CC o el partido que mejor nos parece, en Fuerteventura nos corresponde una representación parlamentaria de siete diputados autonómicos. Cuando se trata un problema que afecta directamente a la isla, los parlamentarios votan de acuerdo a lo que dispone su partido, independientemente que su voto favorezca o perjudique el interés general de los majoreros.

Representan a su partido político y no a sus electores, díganme ustedes de que nos vale que elijamos a alguien al que no podemos exigir que sirva a los electores que lo han colocado en su escaño. Y el problema no es menor, se supone que los parlamentarios no pueden estar sujetos a ningún mandato imperativo, pero todos sabemos que los que no votan conforme a las órdenes del partido, son multados y apartados de las listas electorales en la siguiente ocasión.

Sumen a este dislate, el hecho de que en los partidos se está llevando a cabo una selección negativa. Darwin nos explicó la importancia de la evolución. Las especies incapaces de adaptarse a las mutantes situaciones de su entorno están condenadas a desaparecer. En los partidos, existe una norma que regula la evolución de la especie, pero, desgraciadamente, en negativo.

De todos es sabido y el que no lo sepa es porque no le ha interesado el asunto, que la primera labor del entorno del líder de turno, es acabar con cualquiera que despunte en esa organización política. Hay que acabar con la competencia interna al precio que sea, por tanto dentro de las organizaciones políticas nada más prosperan los mediocres que no supongan un peligro para el líder carismático de figura inmarcesible y la inevitable guardia pretoriana dispuesta a obedecer lo que haga falta, al objeto de mantenerse en la cúpula del partido.

Por tanto cuando votamos a esa lista cerrada a la que nos obliga la ley electoral, estamos votando a una colección de elementos que si por algo destacan es por su mediocridad, su amor a la sopa boba y su disposición a la obediencia más sumisa.

Esto es lo que nos representa, una pandilla de oportunistas, ágrafos en su mayoría, pero con la férrea voluntad de mantenerse cobrando del presupuesto y vivir del cuento. Para ser justo, añadiré que el que sea cofrade que coja su vela, al fin y a la postre, alguno habrá que pueda salvarse.

Es imperativo el cambio legislativo que permita que los ciudadanos elijamos directamente a nuestros representantes, de manera que los electores puedan exigir que éste, cumpla con los compromisos adquiridos personalmente; no a través de un partido, que se compromete con un programa electoral que después desnaturaliza, cuando no prostituye en aras de unos pactos que lo único que persiguen es el bienestar de los electos y no el de los electores.

Claro que les parecerá un empeño imposible. Ciertamente, es difícil, tan difícil como acabar con la “democracia orgánica” con la que nos gobernaron durante casi cuarenta años. Ahora vivimos en una “partitocracia”. No se engañen, esto no es una democracia, y si lo es, habrá que adjetivarla de incompleta o defectuosa.

No es cierto, eso tan bonito que podemos leer en nuestra Constitución:

1.-España se constituye en un Estado social y democrático de Derecho, que propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político.

2. La soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado.

El mero hecho de elegir a los diputados no nos da, lo que nos promete la Constitución. La soberanía nacional no reside en el pueblo español, porque las leyes se han encargado de evitarlo. La soberanía nacional, está en manos de los partidos políticos y sus paniaguados. Eso resulta inadmisible.

Senado
































Comentarios

  1. Cierto. La soberanía nacional es una utopía que pierde fuelle y tiende a desaparecer; consecuencia de múltiples causas.

    Me pregunto quién o quiénes ostentan la soberanía económica? Es de la que mana todo ahora.

    Lo de Fuerteventura no tiene nombre.

    ResponderEliminar
  2. Demagogia. Me gustaria llevar este tema a un referendum, dudo que saliese. El clintelismo por un lado y por otro la ansias de poder y sentirse el gallo del corral, ........ Pero, bueno para quedar bien y ser populista queda muy bien.

    ResponderEliminar

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