jueves, 10 de julio de 2014

La última misión en Mostar (Cuarta entrega)

Pasó un rato que me pareció larguísimo hasta que Arienza llamó por radio para comunicarme que  el comandante y el capitán habían terminado con su trabajo y volvían a la ambulancia. Aprovecharon para ello un momento en el que los jáveos dedicaban la atención de sus morteros a la zona del hospital, bajé del BMR y ayudé a llevar parte del equipo con el que cargaban. Cuando entraron en la ambulancia volví a mi blindado y por radio hablé con el comandante, suena raro hacerlo así, pero estaban cayendo tal cantidad de morterazos sobre la zona que aconsejaban precaución y mucho más después de lo que nos había sucedido.

El comandante me dijo que los heridos estaban bien, que el capitán tenía una herida en el culo (sic), concretamente en la nalga derecha, que ya la había tratado y no había problemas. El sargento presentaba unas cuantas heridas muy pequeñas de metralla en las piernas y el cabo Dobao tenía una herida en el entrecejo que no era nada, añadió que le pareció un poco desorientado, pero que entendía que era debido al shock.  Le pregunté si alguno necesitaba evacuación y me dijo que lo mejor sería trasladarlos, pero que no había urgencia sanitaria que obligara a hacerlo.
El Hospital de Campaña en Dracevo


Me comuniqué por radio con Dracevo y di el parte del comandante, corregí  lo de nalga por glúteo, que me pareció sonaba más profesional y me indicaron que me pasara al Hispasat. Ya lo he explicado más de una vez en esta serie, todas las frecuencias que utilizábamos en nuestras comunicaciones por radio se habían entregado a los bandos contendientes como demostración de que nada teníamos que ocultar, por lo tanto cuando había que hablar de algo más confidencial, lo que sucedía en ocasiones, utilizábamos el teléfono vía satélite, sistema que no podían interceptar los contendientes, los vehículos Mercurio llevaban una terminal que funcionaba a la perfección.

Me acerqué con prisas al Mercurio, lo de la confidencialidad te obligaba a salir al descubierto en momentos muy poco aconsejables y  me puse en contacto con Dracevo. Al otro lado estaba el teniente coronel Alonso Marcili, preocupado sobre todo por la seguridad de los heridos, le expliqué lo que me había dicho el comandante médico, pero Marcili que tenía el oído muy fino, no estaba muy conforme ― Miguel esta gente no autoriza la evacuación de los heridos, pero si tú crees que es necesario, vamos y los sacamos como sea.
Uno de los impactos de la metralla

Le di las gracias, sabía que era muy capaz de sacarlos a la brava, pero insistí en que el médico entendía que no era necesaria la evacuación, me dijo que anduviéramos con cuidado y me aseguró que en cuanto les autorizaran nos sacarían de allí y los mecánicos repararían las ruedas de los blindados para que pudiéramos desplazarnos sin dificultad. Me despedí de mi teniente coronel y me di otra carrera hasta el blindado de Arienza, porque quería ver a los heridos, que entre una cosa y otra no había tenido ocasión de hacerlo.

Me abrieron la portezuela del portón  y entré en el blindado, el olor del gas oíl derramado era insoportable. Por aquello que era de fuera, casi un invitado en realidad, le pregunté primero al capitán como se encontraba, se le veía preocupado, pero por lo que pude hablar con él la preocupación por lo visto estaba relacionada con la honrilla.
― Rives ¿qué has dicho de la herida?
― Pues que tenía usted una herida producida por metralla en el glúteo derecho, mi capitán. ¡Qué voy a decir!
El capitán me miraba molesto, se incorporó algo en el banco en el que estaba recostado ― ¿Coño, no podías haber dicho otra cosa?
― Pues podría haber dicho lo que me dijo exactamente el comandante médico, que dijo que usted tenía una herida de metralla en el culo, así que yo de usted, me daría por satisfecho.

El sargento estaba bien, los legías me enseñaron asombrados el chaleco anti fragmentos del suboficial, que justo donde acababa en la zona lumbar, había detenido un trozo de metralla que debía medir lo menos cinco centímetros y tenía un grosor muy apreciable. ― El chaleco anti fragmentos te ha salvado la vida ― le dije, él soltó una sonrisa en plan conejo y se encogió de hombros. Para que lo escuchara el capitán, alcé un poco la voz porque el bombardeo continuaba, y le dije mirándole a los ojos ― Al menos te habrá servido para aprender lo peligroso que resulta jugar al ajedrez en según qué lugares y desoyendo las órdenes ― Se puso tenso, le palmeé el hombro y le sonreí, tampoco merecía la pena hablar ahora de las circunstancias en las que se habían producido las heridas.

Me acerqué a Dobao y se me pusieron los pelos de punta, tenía muy mal aspecto, le habían colocado un apósito en el entrecejo, pero tenía una palidez que no me gustaba nada, intentó incorporarse pero le hice señas de que continuara  recostado. Sonrió y sacando fuerzas de donde no las tenía, me dijo ― A la orden mi teniente, lamento mucho lo que ha pasado.

Le costaba trabajo hablar, Dobao era un  cabo magnífico de la 5ª Cía., la compañía que yo mandaba en Fuerteventura. Atlético, inteligente, trabajador, alegre, parco en palabras, cumplidor, era de los legionarios de los que me sentía más orgulloso entre la gente de mi compañía. Había terminado el bachillerato mientras cumplía con sus deberes militares y era un  tipo que no se iba a asustar por un impacto sin importancia, no me podía tragar lo que me había dicho el comandante, de que se encontraba así porque estaba impresionado.

Le intenté animar, bromeé un poco con él y le dije a Arienza que quería enseñarle un par de cosas. Salimos del BMR, en el exterior le dije que procurara echar tierra sobre el gas oíl y le pregunté por Dobao. Si el cabo era parco en palabras, Arienza le ganaba, sin embargo en cuanto le pregunté empezó a hablar como si no fuera a acabar. ― Mi teniente, no sé lo que le pasa a Dobao, pero no está bien, se ha mareados dos o tres veces y eso no es normal, habría que hablar con el médico  porque algo le pasa.
Los soportales

Procuré tranquilizarlo, le pregunté si necesitaba algo y como me dijo que no, lo dejé en su vehículo y  me fui a mi blindado. Lo que había visto no me gustaba nada, estaba de acuerdo con Arienza, si el Cabo Dobao se mareaba, algo más que la herida sin importancia que decía el médico, tenía que tener.

Me senté a reflexionar para ver cómo le entraba al comandante, porque no lo tenía nada claro, estaba francamente preocupado y eso que en ese momento ignoraba de lo que me enteré al cabo de un par de días. Como ya he dicho antes, se me había ocurrido llamar por el Hispasat a mi mujer desde Mostar a primera hora de la mañana, le dije que estaba saliente de misión y que el relevo se retrasaba y que por eso la llamaba, porque luego no podría hacerlo. 

No contaba yo con la actividad del “sindicato de las viudas”, que me perdonen las interesadas, pero así llamaba yo, para enfado de mi mujer, a un grupo de esposas de tropa, oficiales y suboficiales que estábamos en la AGT Canarias, que habían montado un grupo de apoyo y recogían todas las noticias que se producían en los medios, grababan todo lo que salía en radio o televisión y lo compartían, advertían a las demás de la emisión de programas que tuvieran relación con nuestra labor en Bosnia, en fin un grupo de noticias, apoyo y control, que funcionaba maravillosamente bien.

Tan bien funcionaba, que el diablo lió las cosas y miren por dónde aquella mañana cuando por casualidad una de sus componentes estaba hablando vía satélite con su marido que prestaba sus servicios en Megjugorje, a mitad de la conversación el marido le dijo ― Cariño te tengo que dejar, porque tenemos jaleo, la patrulla que estaba en Mostar ha tenido heridos, ya hablaremos mañana― En ese mismo momento saltó la alarma y el “sindicato” se puso en marcha.

Ni que decir tiene  que a los pocos minutos todas estaban enteradas de la noticia y naturalmente mi mujer sabía que la patrulla que estaba en Mostar era la mía, pueden ustedes suponer el mal rato y la angustia que pasó hasta que al cabo de tres horas, desde el Tercio, radio macuto dio la noticia que los tres heridos estaban bien.

Como les decía estaba muy preocupado, tenía que orientar bien la charla con el comandante, porque no sé si tengo razón o lo que voy a decir es una manía mía, pero de siempre he pensado que no hay nada que mosquee más a un  médico que dudar de un diagnóstico emitido por él, así que tenía que hablar muy sutilmente con el comandante para que volviera a examinar a Dobao, porque aquello pintaba mal. Lo de pensar, no es que se me haya dado nunca demasiado bien, pero si me colocan en el contexto, que diría un moderno, pensar en mitad de un bombardeo “muy intenso sobre la zona de la sección” como textualmente refleja el Diario de Operaciones de la Cía. Austria, no era una tarea que resultara demasiado fácil.

Le llamé por radio y le informé que Dobao se había mareado y que sentía náuseas, me contestó que eso se debía a los vapores del gas oíl y que no debía preocuparme, el cabo se iría recuperando poco a poco y en cuanto se le pasara la impresión se encontraría mucho mejor. Como le volví a insistir, me dijo que en cuanto amainara algo la que estaba cayendo lo volvería a examinar.

El cabo 1º Guerra me dijo que me llamaban por el Hispasat de Medjugorje, maldiciendo los huesos del tipo que me obligaba a ir hasta el Mercurio, que estaba bastante cerca, pero los croatas no paraban de zumbarnos la badana y así todo parecía muy lejos. Me acerqué al vehículo de transmisiones y me puse al teléfono, era un  comandante de mi tercio que me advertía que iban para Mostar dos periodistas ingleses de ABC News y que les ayudara en lo que pudiera.

Me volví al blindado pensando en qué clase de locos podían venir al barrio musulmán de Mostar con la que estaba cayendo, pero ya se sabe que los hijos de la Gran Bretaña son muy suyos, así que me olvidé de ellos, que con lo que tenía con mi gente, ya iba bien servido.

Parecía, eran ya más de la 13,00 horas, que los del HVO se estaban quedando sin munición o habían decidido cambiar de ritmo, porque el bombardeo había pasado de intenso a esporádico, de vez en cuando caía alguna granada, a veces una salva de dos o tres granadas, pero espaciadas en el tiempo y dirigidas a todo el barrio de norte a sur, ya no se ocupaban de nuestra zona de manera exclusiva.

Aprovechamos la pausa y el comandante volvió a examinar a Dobao, que tenía bastante peor aspecto que antes. El médico se reiteró en su diagnóstico y le aseguró al cabo que poco a poco iría encontrándose mejor. Arienza tascaba el freno para no decir nada, intenté insistir nuevamente y ya el comandante se cuadró y me preguntó si yo creía que sabía más que él sobre cuestiones médicas, le contesté que no, pero que conocía al cabo y no era de los que se impresionaban por algo como lo que le había pasado y por eso me extrañaba que no teniendo nada, se encontrara tan mal.

Así que no hubo nada que hacer, Arienza procuró que Dobao estuviera lo más cómodo posible. Entre tanto el Cabo 1º Guerra había puesto en marcha a los legías y del jardín del patio interior habían traído tierra en abundancia que extendieron sobre el gas oíl, con lo que el pestazo disminuyó ostensiblemente. No sabía qué pensar, pero no podía dejar de darle vueltas en mi cabeza al problema de Dobao. El legionario Ascanio me sacó de mis pensamientos  ― Mi teniente ahí fuera hay un coche con dos tipos que parecen periodistas.
El 20 de septiembre fue muy duro de pasar

Salí y efectivamente allí estaban los periodistas del ABC News, dos tíos que no parecían ingleses ni por el forro, me preguntaron lo que les pareció, les contesté lo que pude, les interesaba la localización del Cuartel General de la Armija, el de la Cuarta Brigada de Mostar y el hospital, se lo indiqué,  les hice una especie de plano y les advertí que la cosa se podía poner muy mal, se encogieron de hombros, sonrieron, dieron las gracias y desaparecieron en dirección sur.

Durante toda la tarde los croatas estuvieron bombardeando intermitentemente el barrio musulmán, se concentraron en su parte norte y alcanzaron dos veces al hospital musulmán, la gente estaba un poco mustia, pero poco a poco se fueron viniendo arriba. Les expliqué la suerte que habíamos tenido, sólo tres heridos leves, con lo que nos habían metido entre ayer y hoy y le quité importancia a lo de Dobao, mientras se me retorcía el estómago, pero había que animar a la gente como fuera.

Poco a poco fue oscureciendo, los morteros guardaban silencio y pudimos estar más cómodos. El estar esperando la siguiente descarga de un mortero no hace la vida demasiado cómoda y eso es lo único que puedes hacer en mitad de un bombardeo, esperar a la salva siguiente.

Me pasé por el BMR de Arienza que estaba hecho una pena, tenía las planchas del blindaje trasero atravesadas por la metralla, no le quedaba una petaca sana y las ruedas que daban a la calle no valían ya ni para tacos de escopeta, miré hacia Dobao que estaba recostado y con muy mal aspecto, le pregunté al cabo 1º,  el cabo había bebido pero no quería comer.

Nos dispusimos a pasar la noche, que les puedo adelantar fue tranquila, de hecho el Diario de Operaciones  de la Cía. Austria dice textualmente: “la noche fue tranquila, alrededor de quince explosiones” no dice más. Puede ser que a ustedes no les parezca nada tranquila, pero para nosotros lo fue, al menos comparada con los dos días que llevábamos aguantando marea en aquel rincón del mundo.

Queda poco para acabar, pero lo que queda, que es muy interesante, se lo explicaré mañana, si Dios quiere.


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