miércoles, 9 de julio de 2014

La última misión en Mostar (Tercera entrega)

La artillería croata

La noche transcurrió con tranquilidad, bueno quizás fuera mejor decir que transcurrió con una tranquilidad relativa, algunas ráfagas, disparos sueltos y tres disparos de un carro de combate croata que pusieron una esquina, situada a unos setenta y cinco metros de nosotros, mirando para Coria del Río, pero comparado con el día que nos habían dado el HVO y su artillería hay que decir que nuestra última noche en Mostar fue una noche tranquila. Dormimos bien y cuando amaneció todos teníamos bastante mejor cara que el día anterior.

Contemplé el amanecer del 18 de septiembre, con sentimientos encontrados. Había mandado al legionario que estaba de puesto a que echara una cabezada y ahora apoyado en el blindado, mientras fumaba un cigarrillo, contemplaba como la luz del día iluminaba nuestro entorno que permanecía en silencio. No sé bien cómo explicar lo que sentía, resultaba paradójico pero me sorprendí a mí mismo experimentando una suerte de melancolía al pensar que no iba a volver más a Mostar, una ciudad en la que lo habíamos pasado fatal, en la que habían muerto compañeros y otros habían resultado heridos, dónde habíamos pasado miedo y angustia, que sin embargo me costaba abandonar. Habíamos dejado mucho de nosotros en sus calles cómo para que la despedida resultara fácil.

Sonreí, apenas hacía unas horas  no había cosa que me apeteciera más que cerrar nuestro ciclo de misiones en Mostar y ahora me sentía apesadumbrado porque había llegado el día y la hora de despedirme de aquella gente y aquella ciudad, que sin saber cómo se me había metido en el corazón. Sin proponérmelo de manera consciente repasé las vicisitudes que habíamos vivido con aquella gentes, los de un lado del Neretva y los del otro, los malos ratos y los buenos, la alegría y el orgullo de salvar la vida a gente y la pena, la frustración y el dolor que sientes cuando no logras lo que te propones.

Tuve suerte, me sacó de mis reflexiones la voz del cabo 1º Guerra que estaba poniendo en marcha a los legías, con su estilo tan particular pero que garantizaba que en cinco minutos estaría todo listo y recogido en el interior del blindado y la cafetera en marcha.  Me acerqué al BMR del 1º Arienza que me dio la novedad correspondiente, le pregunté por el capitán y el sargento del EA y me dijo que habían dormido como niños durante toda la noche, me alegré, porque la verdad es que el día anterior habían pasado por un trago muy amargo, los "aviadores" habían tenido una inauguración de las más duras que había visto  en los seis meses de misión.
Del Mercurio llegó el cabo 1º paracaidista que me dio la novedad, no me acerqué a la ambulancia, porque era mejor que los médicos estuvieran bien descansados, si llegaba el momento en que por desgracia, tuvieran que intervenir. Hacía un día fantástico y la temperatura todavía resultaba agradablemente fresca. 

Había empezado a repasar mentalmente el contenido del informe que tendría que escribir en cuanto llegara a Dracevo, cuando Morales se asomó por la escotilla del blindado con una taza de café en la mano que movió en mi dirección. Me acerqué, le di las gracias a mi conductor y aspiré el aroma del café Tirma. Hay placeres pequeños, diminutos, fugaces pero que si uno está atento disfruta enormemente y si a uno lo pillan entretenido o distraído se escapan miserablemente, me tomé agradecido aquel café cuyo aroma tanto me satisfizo.

Serían sobre las 08,30 horas cuando me comunicaron que la sección que venía a relevarnos tenía problemas en el check point de Zitomislici  y que por lo tanto llegarían con retraso. Pensé que si se retrasaba el relevo - en ese control siempre nos ponían el mayor número de problemas posible - cuando llegara a Dracevo sería tarde y además de repostar los vehículos y escribir el informe post misión, tenía que llamar a mi casa, como hacía todos los días exceptuando los de misión. En los destacamentos teníamos una especie de locutorio en el que a diario teníamos unos minutos en los que podíamos hablar con nuestras casas a través del  enlace del Hispasat.

Así que decidí, en mala hora, saltarme las normas a la torera y le pedí al cabo de transmisiones que a través de la terminal Hispasat que llevábamos en el Mercurio me pusiera con mi casa en Fuerteventura, lo que estaba terminantemente prohibido. Lo hizo y en un momento estaba hablando con mi mujer a la que le dije que el relevo llegaba tarde y que por eso la llamaba desde Mostar, pero que había terminado con la misión que además era la última, que todo estaba tranquilo y que ya hablaríamos con más tiempo al día siguiente, mi mujer se alegró, me dijo que en casa todos estaban bien y se despidió de mí.

Todo el mundo parecía animado, el capitán Valle y su sargento, tras asearse estaban disponiendo un tablero portátil de ajedrez para echar unas partiditas, me preguntó por el relevo y le expliqué lo del retraso en Zitomislici, que seguro que no sabía dónde estaba, pero él si tenía un mapa, así que si quería, sabría encontrarlo.

Estábamos tranquilamente esperando el relevo, cuando desde Buna los jáveos nos dieron los buenos días con ocho granadas de morteros de 122 mm, que cayeron muy próximas a nuestra posición. Eran demasiadas granadas para lo que hacían los croatas habitualmente, el HVO tras un día de bombardeo de verdad, en el que los civiles debían permanecer en los refugios con poca comida y menos agua, al día siguiente, cuando los musulmanes se apresuraban a salir a a calle a buscar lo que necesitaban, lanzaban alguna granada que otra con la finalidad de “cazar” a la gente que salía para conseguir agua o comida, justo a nuestro lado estaba el camión que repartía el agua presuntamente potable, a los civiles, pero la descarga que acababa de caer no tenía esa finalidad, aquello desgraciados volvían a bombardear la zona.

Eran ya más de las 09,00 horas de la mañana y empezaba a preocuparme el tener que hacer un relevo bajo los disparos de los morteros pesados de Buna, que ya tenían muy tomados los datos de tiro como para que no acertaran en el lugar que ellos decidieran. Esperé durante un rato, pero parecía que la salva que nos había caído tan cerca, no se repetía, podría haber pensado que había sido una falsa alarma, pero por muy optimista que me quisiera poner, lo cierto es que no se veía un alma en la calle y eso sólo podía significar una cosa, los de la Armija sabían que les esperaba otra jornada de bombardeo brutal.

Así fue, comenzaron a caer granadas al norte de nuestra posición, así que supuse que le estarían dando al hospital y a las posiciones defensivas musulmanas situadas un poco más al noroeste de esa instalación. Más al sur se oían también explosiones, no podía identificar los blancos que buscaban los croatas, porque desde mi posición no podía ver nada. 

Mientras andaba preocupado en localizar los impactos nos metieron por sorpresa cinco granadas, tres de las cuales cayeron en mitad de la calzada frente a nuestra posición y las otras dos hicieron blanco en la casa que teníamos enfrente que comenzó a arder. La cosa se estaba poniendo mal y por radio me advirtieron que la sección de la  Cía. de Apoyo que iba a relevarnos se retiraba, por lo tanto nuestro último día en Mostar iba a ser el 18 y no el 17 de septiembre.

Ordené que todo el mundo estuviera en los vehículos y me dispuse a subir a una vivienda para, desde el balcón, observar cuáles eran las zonas que atacaban los croatas con su fuego de morteros. Antes de subir, observé al capitán y al sargento que estaban jugando al ajedrez sentados en la parte de atrás del blindado, con las piernas dentro de la escotilla pero con el resto del cuerpo al descubierto. Les pegué un bocinazo ― Mi capitán cuando ordeno que todo el personal esté en el vehículo, espero que todo el mundo esté dentro del BMR y a cubierto.

El capitán asintió y yo subí al tercer piso en el que vivía Azur, un amiguete musulmán con el que tenía muy buen trato y que me dejaba su balcón como observatorio. Llamé a la puerta y me abrió una mujer joven a la que no conocía que me hizo gestos para que pasara, sin más me dirigí al balcón para observar. Efectivamente estaban bombardeando la zona sur y me pareció que lo hacían desde el monte Hum, al norte podía ver humo en el lugar que las granadas habían producido algún incendio.

Mientras estaba ocupado localizando los impactos y las zonas que bombardeaban los croatas, cayeron cuatro granadas más prácticamente junto a la sección, tuve un mal presentimiento, salí del piso y bajé a la carrera, al llegar a los blindados pude ver a Arienza  que desde su blindado me gritó ― Le han dado a Dobao.
Por mi derecha venía el comandante médico y el capitán DUE con un montón de cajas en las manos, que les dificultaban el movimiento, cayeron otras tres granadas, mientras allí, a cuerpo gentil, estábamos los dos médicos, el cabo 1º conductor de la ambulancia que ayudaba con el equipo y yo, que procuraba que el “tráfico” fuera fluido y que todo el mundo se pusiera a cubierto cuanto antes, porque la metralla bufaba e impactaba contra blindados y paredes a nuestro alrededor y desde luego me preocupaba la seguridad de la gente de la ambulancia, pero también me preocupaba el hecho de que yo no podía ponerme a cubierto hasta que todo el mundo lo hiciera, las cosas como son.

Soy de letras, pero aquel día pude comprobar la verdad que hay en la teoría de la relatividad, aquello no terminaba nunca, logramos que el comandante y el capitán entraran en el blindado de Arienza y a mí me dio la impresión que tardábamos en ello media vida, luego el cabo 1º me pasó las cajas que llevaba en las manos y se las di a Arienza. Cuando por fin terminamos, miré al cabo 1º conductor que estaba allí parado y le ordené que se fuera a la ambulancia, se pusiera a cubierto y esperara órdenes por radio. Así lo hizo y cuando lo vi desaparecer, a la vez que caía otra salva bien cerquita, pude por fin meterme en mi BMR.

En cuanto entré Guerra que había estado atento a la radio me informó que teníamos tres heridos, el capitán Valle y su sargento, a los que la metralla había alcanzado mientras seguían jugando al ajedrez fuera del vehículo, pese a la orden que les había dado y el cabo Dobao. Al cabo lo cazaron, al asomarse para sacar unas fotografías de la casa del otro lado de la calle que, como les he contado, estaba ardiendo a cuenta de los  dos impactos de mortero pesado que había recibido y al asomarse, el casco se le vino hacia delante y no podía enfocar con comodidad, así que con el pulgar lo echó hacía atrás para despejar la vista y en ese momento le habían alcanzado la metralla en el entrecejo.

La gente en mi BMR estaba preocupada y algo mustia, lo de tener heridos es algo que resulta difícil de digerir y el bombardeo seguía de manera incansable, lo que no ayudaba nada a subir el ánimo de nadie. Me apresuré a dar las novedades a través del Mercurio, comuniqué que teníamos tres heridos y que los BMR habían sufrido algunos desperfectos por la metralla, que el A-23 tenía las tres ruedas de su costado izquierdo reventadas y las petacas de gasoil tenían impactos de metralla y su contenido se había esparcido alrededor de los vehículos. El A-21, tenía una rueda lista de papeles, la ambulancia otras dos o tres, que ya no me acuerdo y el Mercurio también se había llevado lo suyo.

En Dracevo querían saber de la gravedad de los heridos, llamé a Arienza y le pedí que le preguntara al comandante médico que podía decir, me comunicó que en principio los tres heridos sufrían heridas leves, pero que todavía les estaba reconociendo y así lo comuniqué al mando.

Ahora me tocaba esperar a que el comandante terminara su trabajo y pudiera decirme con exactitud el diagnóstico de los tres heridos. Estaba francamente preocupado, miré a Guerra que también tenía la cara muy seria. Mientras, los morterazos seguían cayendo muy cercanos, los jáveos continuaban con su tarea de ayer. Esperaba que los heridos no sufrieran heridas de consideración, pero nada más podía hacer que esperar. Sin darme cuenta me encontré recordando mi melancólico amanecer, la verdad es que en aquel momento no sentía lo mismo, estaba francamente angustiado por los heridos.

Pero lo que sucedió después, se lo cuento mañana si no tienen inconveniente.



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