viernes, 11 de julio de 2014

La última misión en Mostar (Final)

En la despedida, tenía que ser el Stari Most
Comenzaba a amanecer, desde los soportales veía las primeras luces del día 19 de septiembre de  1993, llevábamos allí desde el 17, teníamos tres heridos, habíamos soportado dos días de bombardeo continuo y todavía teníamos que ver qué nos traía el nuevo día, que tal y como nos habían ido las cosas, cabía esperar cualquier faena. Durante la noche me había ido a dar un garbeo por Mostar para buscar, a requerimiento de Medjugorje, a los dos periodistas británicos con los que habían perdido el contacto. Me pidieron, no ordenaron, que no es lo mismo, pero casi, que los localizara.

Como los blindados tenían las ruedas hechas polvo, pensé que más valía no sacarlos a rodar en aquella condiciones y decidí ir solo a darme una vuelta a ver si los encontraba. De lo que dije sobre las familias de los periodistas y de mi amigo de Medjugorje, me van a permitir que no les detalle nada, hay cosas que mejor quedan en secreto. Tuve la bronca con mi amigo el cabo 1º Guerra al que convencí que no podía venir conmigo, porque la gente se tenía que quedar a cargo de alguien y yo me iba a dar una vuelta cortita y volvía en un pis, pás y no me iba a llevar a un legía para que me acompañara, porque no creía que por culpa de dos cabrones que no me habían hecho ni caso, tuviera que arriesgar la vida de uno de los chavales.

Así que cogí los prismáticos que ayudan mucho más de lo que la gente se cree  a ver de noche y me fui hasta el único lugar en el que podían estar los británicos, si es que estaban todavía vivos y allí los encontré. Estaban en el hospital musulmán, un morterazo le había hecho polvo el coche y ellos tenían heridas leves de metralla y contusiones sin importancia, les dije que permanecieran en el hospital y que por la mañana o cuando me sacaran de allí,  los llevaría hasta Medjugorje.

Volví a los soportales y tuve la misma percepción que había tenido en mi primera noche en Mostar, no creo que haya nada más oscuro que una ciudad en la que durante la noche no luzca ni una triste bombilla, comprendo que es una experiencia difícil de vivir, pero de verdad créanme, es una negrura total. Me acerqué con precaución a la zona en la que estaban los BMR, pasé al trote cochinero por un cruce en el que habitualmente hacían carne los tiradores croatas y me acerqué lentamente a los blindados, no fuera a ser que uno de los legionarios me metiera un tiro, que ya es lo que me faltaba para hacer el completo. En cuanto pude, me eché un rato y dormí un sueño agitado e interrumpido por las puñeteras explosiones que sonaron hasta cerca de las tres de la mañana.
Los soportales
Como les decía hace un momento, comenzaba a amanecer, el comandante estaba atendiendo a los heridos, le pregunté a Arienza  por Dobao y me dijo que estaba fatal, le prometí que si no venía el relevo, dijera lo que dijera el comandante iba a pedir la evacuación del cabo, aunque tuviera que salir el sol por Antequera. Me asomé y le eché un vistazo, francamente  se me hizo un nudo en la garganta, era imposible que el chaval no tuviera algo grave.

A la carrera vino uno de los paracaidistas del Mercurio, me llamaban por el Hispasat, esperaba que no fuera una llamada a cuenta de los periodistas y acerté, me llamaban para comunicarme que nos iban a relevar, pero había problemas para hacerlo, porque los musulmanes sospechaban que lo que pretendíamos era dejar al barrio sin la presencia de UNPROFOR, por lo tanto la sección entrante, llegaría al barrio musulmán y sólo cuando estuviera dentro del barrio, se permitiría el relevo escalonado vehículo por vehículo, mis BMR irían hasta Buna y allí nos cambiarían las ruedas los mecánicos que vendrían con el Recovery.

Di las buenas noticias  a los jefes de pelotón y a los pocos segundos todo el mundo sabía que venía el relevo. Ya que estaba al lado del Mercurio pedí que me pusieran con Medjugorje. Cuando pude hablar con el comandante que me había encomendado a los de ABC News, le expliqué lo que había y  cuando se convenció que los periodistas no tenían nada de particular, aunque estaban algo abollados, me ordenó que a la salida de Mostar la ambulancia y mi segundo BMR fueran directamente a Dracevo para que se atendiera a los heridos en el hospital de campaña, mientras que mi BMR,  el Mercurio y el Recovery irían a Medjugorje para llevar a los dos ingleses hasta allí.

Dicen que las paredes escuchan, no sé si será cierto pero a la media hora de que supiéramos que lo del relevo parecía estar hecho, empezó a aparecer gente que ya sabía que nos íbamos y a sabiendas que era la última ocasión en que estaríamos en Mostar, querían despedirse, aquello empezó a complicarse y cuando me quise dar cuenta tenía  ante mí una cola de gente  de más de cincuenta metros cuyos componentes esperaban pacientemente para decirme adiós. 

Desde luego hay una cosa que tengo que confesar, la despedida me emocionó pero también me demostró que había perdido seis meses de mi vida explicando a todo el mundo, incansable y tozudamente que yo no era kapetan (capitán) sino simplemente un porucnik (teniente) y que no me habían hecho ni puñetero caso, porque no hubo ni uno sólo de los ciudadanos que decidieron despedirse de mí, que no me llamara kapetan.
El cuadro que me regaló la anciana

La despedida de aquella gente es de las experiencias más gratificantes que he tenido en mi vida, sólo había una cosa que me tenía preocupado. Aquella gente en mitad de la calle corría el peligro que los croatas nos mandaran un morterazo desde  Buna lo que produciría una carnicería brutal, pero allí estaban empeñados en decirme adiós. Mujeres, hombres, ancianos todos me deseaban buena suerte y me daban las gracias y la inmensa mayoría venían con un obsequio, podía ser un bolígrafo de propaganda de un banco, un rosario musulmán, mantelitos de crochet, un pin, llaveros, libros, alguna antigüedad, postales, fotografías o un cuadro.

Hubo muchos regalos que me tocaron el corazón, pero el de una anciana que se me acercó con un cuadro y me dijo que le tenía muchísimo aprecio y cómo sabía que iban a destruir su casa quería que me lo llevara a España, me llegó al alma. No hubo manera de convencerla para que se lo quedara, ante su negativa le prometí que lo enmarcaría y lo colgaría en el salón de mi casa y allí está, en recuerdo de toda aquella gente que con una generosidad extrema se estaban jugando el pellejo para despedirse, no de mí, sino de la gente de la AGT Canarias, porque el agradecimiento lo acepté en nombre de todos, porque todos habíamos estado allí.

Ya al comienzo de la mañana, se había acercado a nuestra posición  la intérprete personal del general que comandaba el IV Cuerpo de Ejército, que vino para despedirse. La pobre chica había perdido el día anterior su casa que sufrió un impacto y ardió como una tea. Era la tercera casa que perdía desde el comienzo de la guerra, me trajo un libro de Shakespeare con una dedicatoria en francés - ella y yo hablábamos en francés, que ya he dicho en multitud de ocasiones que de inglés voy fatal - y me dijo que excusara la sencillez del obsequio pero era lo único que le quedaba. Pero en casa tengo muchos más  que me recuerdan, a pesar del tiempo transcurrido, a aquella gente dura, valerosa y amable que nos despidió con un cariño y un agradecimiento emocionantes.

A las 0930 horas comenzó el relevo con la sección de la Cía. de Apoyo que venía a relevarnos, poco a poco fuimos saliendo conforme a las instrucciones recibidas, me quedé hasta el final y cuando me tocó salí muy lentamente, las ruedas reventadas por la metralla no permitían una velocidad más alta, pero tampoco tenía demasiada prisa, fui mirando a mi alrededor para que aquellas casas, aquellas piedras quedaran grabadas en mi memoria, la gente con la que nos cruzábamos nos saludaban alegremente y por fin salí de Mostar y con calma me dirigí a Buna.


La dedicatoria del libro
Cuando llegué me encontré a Dobao tumbado en el suelo, había bajado del BMR y se había mareado y estaba casi desvanecido, el comandante parecía preocupado y me aseguró que pasaría un examen muy completo en cuanto llegaran a Dracevo. Mientras los mecánicos cambiaban las ruedas a los blindados, se acercó por allí un croata que se puso a mirar los impactos de la metralla, se reía y hablaba de lo buenos que eran los morteros croatas, me dio un ataque de ira terrible, lo cogí de la pechera y en castellano le dije que se fuera y lo zarandeé un poco, aunque viendo a  Dobao de lo que tenía ganas era de pegarle un tiro al desgraciado aquel, lo solté se me quedó mirando dubitativo, pero en cuanto di un paso en su dirección salió corriendo. Fue de las veces que he tenido más ganas de meterle un  tiro en la  cabeza a un hijo de mala madre.

El  A-23 y la ambulancia estaban listos para salir, le indiqué a Arienza que fuera a Dracevo que yo iría allí después de pasar por Medjugorje para dejar a los dos ingleses que a las primeras horas del día se habían presentado en los soportales, así lo hizo y emprendieron la marcha. En cuanto los mecánicos acabaron con su trabajo nos pusimos en marcha hacia Medjugorje para llevar a los periodistas, que lo cierto es que tenían bastante mal aspecto, también ellos lo habían pasado fatal. Cuando llegamos di las novedades correspondientes y el coronel nos invitó a comer, la verdad es que teníamos mucho más ganas de ducharnos que de comer y personalmente tenía muchas ganas de llegar a Dracevo para saber de Dobao, pero si te invita el jefe, aunque estés pringoso y tengas toda la prisa del mundo, aceptas, ahí no caben dudas, excepciones o excusas.

En cuanto pude salimos para Dracevo, seguía teniendo un mal presentimiento, llegamos y me recibió el capitán Romero Losada. Nada más verme, sin que siquiera me diera tiempo de bajarme del blindado  me preguntó ― ¿Qué tal estás Rives?
Sonreí  a medio gas, no tenía alma para más ― Bien mi capitán, además bien está, lo que bien acaba ¿no?
El capitán  me miraba con cara de circunstancias, en silencio, tardo algunos segundos en contestar ― Pues no han acabado bien Miguel, el cabo Dobao tiene una esquirla de metralla en el cerebro y lo van a evacuar a toda prisa a España.

Se me vino el mundo encima, el capitán me contó cómo había ido la cosa. Cuando llegaron los heridos pasaron por el hospital y una vez más a Dobao no le encontraron nada, cuando el cabo salía del hospital perdió el conocimiento y los médicos se dieron cuenta que tenía la nuca rígida. Lo llevaron al hospital de Metkovic en el que le localizaron una esquirla de metralla de unos tres milímetros alojada justo en el centro del cerebro.

Maldije mi suerte, maldije a los croatas, maldije las horas perdidas a cuenta de un diagnóstico erróneo, pero lo hice en silencio, no iba a dar un espectáculo ni en “familia”, porque al fin y al cabo estaba ante mi capitán, que tenía una cara el pobre, que daba pena. Lo de maldecir interiormente es una mierda y no se lo aconsejo a nadie, porque no sirve de desahogo alguno, pero fue mi primera reacción y eso es exactamente lo que hice, aunque no me alivió nada.

El capitán me dijo que lo iban a evacuar al Hospital del Ejército del Aire en Madrid porque había un cirujano especializado en intervenciones en el cerebro que era una eminencia y que tenía fama internacional y que tendríamos que esperar a ver qué pasaba. Ahora había que prepararse porque al día siguiente se celebraba la festividad del 20 de septiembre, fecha en la que se conmemora la fundación de La Legión, iba a ser un 20 de septiembre muy duro. Romero me dijo ― Miguel dúchate, aféitate, come algo y luego escribe el informe post misión, no te preocupes que ya le he dicho a Armada que lo entregarías un poco más tarde.

Así lo hicimos, tuve la infinita satisfacción que lo que escribí en el informe sirvió para que el cabo 1º Martos, conductor de la ambulancia, fuera felicitado en la Orden, lo que sin duda fue una satisfacción para el cabo 1º pero también para mí. Seguimos la evacuación de Dobao paso a paso y teníamos al pobre cirujano tan acuciado telefónicamente, que un día nos rogó encarecidamente que  llamáramos sólo una vez al día, que lo teníamos loco.

Celebramos, es un decir, el 20 de septiembre, la Cía. Austria tenía a la I sección bloqueada en Jablanica, la III en Mostar de misión y en Dracevo quedábamos cuatro gatos con pocas ganas de celebrar. Pero formó la compañía y cumplimos, que es de lo que se trataba, aunque no pude evitar, acordarme de Dobao mientras cantaba el Novio de la Muerte y que se me escaparan un par de como puños.

Al tiempo, terminada la misión en Bosnia, llegamos a Málaga por la tarde. Al día siguiente, dejamos allí a nuestras mujeres que habían ido a recibirnos y el capitán Romero y yo volamos a Madrid a ver a Dobao. No se le podía extraer la esquirla y había que esperar a ver como evolucionaba, aunque confiaban en la fortaleza física del cabo. Éste se encontraba acostado con esa cara que se le pone a uno cuando está en un hospital y recibe visitas de cumplido, estaban allí sus padres que nos agradecieron la visita, el padre de Dobao hizo un aparte conmigo, me explicó que su hijo me tenía en mucha estima y que me daba las gracias por haber conseguido que su hijo terminara el bachillerato, lo que a él le había resultado imposible.
Los últimos de la Austria saliendo de Dracevo

Se lo agradecí y lo tranquilicé ― Sr. Dobao le agradezco mucho lo que me dice, pero tenga presente que yo me limité a apoyar a su hijo, el que aprobó fue él. Y sobre las dificultades que tuvo para que estudiara, tengo que confesarle que es mucho más fácil hacer que estudien los hijos de los demás que los propios. Así que no se preocupe, eso nos pasa a todos.

Eran una gente fantástica, se veía bien a las claras que las virtudes de Dobao le venían de familia. Nos despedimos y volvimos a Málaga, donde nos esperaba la compañía, bueno la compañía y nuestras mujeres. Teníamos que ocuparnos de entregar el material y el armamento y volver a Fuerteventura, que lo de la AGT Canarias se había acabado.

CODA:

No voy a ser tan mala gente que no les explique qué sucedió con el Cabo Dobao. El cabo salió del hospital, eso sí con su esquirla que nadie le pudo extraer y vive con total normalidad. Continuó su carrera en La Legión y hace tres días acaba de ascender a Brigada y se encuentra destinado en la 5/VII, la compañía en la que yo le conocí, a la que llegó recién acabado el período de instrucción. Espero que lea esto que ha escrito su viejo teniente.


Y aquí acaba la serie sobre Bosnia, quince relatos de una guerra complicada en la que tuvimos la ocasión de participar. Una experiencia de la que nos sentimos muy orgullosos, porque hicimos mucho, por mucha gente. Les agradezco que hayan llegado hasta aquí. Hasta otra, si Dios quiere.

3 comentarios:

  1. Estos relatos son una maravilla y podias recopilarlos en un maravilloso cuadernillo o libro. A mi me han entusiasmado, será por mi espíritu "legionario"

    ResponderEliminar
  2. Buenos días "Anónimo", muchas gracias por el comentario. Sobre la recopilación en eso ando y quizás, sólo quizás, consiga que me editen un libro. Veremos.

    ResponderEliminar
  3. Miguel, buenas tardes. Al hilo de la recopilación de estos artículos sobre tu paso por la guerra de Bosnia (permiteme el tuteo) para editarlos en un libro, me ha alegrado saberlo, porque al igual que el comentario de arriba, yo también he seguido la serie con fruicción y también pienso que saldría un muy interesante libro, no ya sobre la guerra de Bosnia, sino sobre la vida de nuestros soldados sobre el terreno. He intentado comentartelo en twiter, pero se me queda pequeño.
    Una de las cosas que más he echado de menos durante la lectura ha sido una idea clara de cómo son las entrañas de un BMR. Me refiero a la organización de los hombres, a su comunicación, almacenaje, raparto interior y demás. Entiendo que para los que hayan servido eso será tan básico como el interior de un turismo Seat, pero para mi no. Y gran parte de los relatos suceden alrededor de estos vehículos, por lo que conocerlos bien ayuda a situarse en la piel de los legionarios de la compañía Austria en aquel verano de 1993. Si al final consigues editar el libro (desde aqui todo mi apoyo), añadir información y gráficos/fotografias a este respecto como material complementario sería muy interesante, creo yo.
    Sin más, un saludo
    Juan José Contreras

    ResponderEliminar