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Instalados en un desconsolador maniqueísmo

La vieja piel de toro del lugar común

Llevamos unos días en los que la visita del Papa a cuenta de la celebración de la JMJ, los apoyos que ésta recibe, la presencia multitudinaria de peregrinos, la campaña en contra de esa presencia, la manifestación laica, la extraordinaria tensión  creada por unos y por otros, me da igual si se debe al conocido efecto acción-reacción o a las “intolerables provocaciones”, siempre protagonizadas por los “otros”, mantienen a la sociedad española en una tensión que no tiene sentido y que resulta intolerable.
Ciertamente todos hemos contribuido a crear un clima que no tiene justificación, sé que lo que escribo no me va a conseguir demasiadas simpatías ni de un lado ni del otro, pero creo que ha llegado el momento de comenzar a actuar con racionalidad. No es posible que este país sea, ideológicamente hablando, la mayor plataforma de maniqueísmo que en el mundo existe. No podemos aceptar resignadamente que aquí todo sea negro o blanco, que no seamos capaces de ver, porque no estamos mal de la vista, sino incapaces de aceptar que pese a lo que pretendemos, el mundo está lleno de matices y que además, nuestra sociedad es lo bastante amplia para que quepamos todos.
Y me parece que estamos obligados a superar el estadio infantil y sobre todo perfectamente estéril del “y tú más” o la demonización del “otro” al precio que haga falta. No estoy precisamente hablando de aquellos que en la calle han protagonizado, con mayor o menor fortuna, las escenas que todos hemos visto convenientemente manipuladas, y que se han sucedido a lo largo de la presente semana. Mi crítica no va dirigida ni a los activistas laicos ni a los peregrinos.
Lo que ha sucedido, ha sucedido, pero lo que no creo que sea sostenible, y mucho menos en una situación como la que estamos sufriendo, es la tensión y el enfrentamiento brutal sin sentido al que estamos asistiendo y algunos protagonizando. Decía San Agustín que nadie podía equivocarse siempre, es fácil deducir en sentido contrario que nadie está en posesión de la verdad, que nadie puede acertar siempre; en ese sentido debiera ir nuestra reflexión y sobre todo nuestra conducta.
Hemos tenido suerte, no ha habido enfrentamientos físicos de gravedad, que probablemente eran esperados por algunos como verdadera agua de mayo, pero han sucedido cosas que hay que colocar en la escala adecuada, para evitar que sigamos sufriendo esa tensión que parece que pretenda que obligatoriamente España sea el territorio donde más y mejor se desarrollan los cainitas de uno u otro color, que de todo hay en esta viña del Señor.
No estoy juzgando conductas, lo que pretendo decir es que, pese a lo que ha sucedido estos días, todos deberíamos ser capaces de archivar lo sucedido, colocar el taxímetro a cero e iniciar una nueva carrera que nos lleve por el camino de la aceptación de la diferencia a la consecución de un sociedad tolerante y respetuosa.
A unos les obligan sus creencias religiosas, a otros el ejercicio de la razón, su amor por la libertad – que debería incluir la de los otros – y la tolerancia que llevan años reclamando para sí y que consecuentemente deberían aplicar de manera automática a los demás. No entiendo la incapacidad que tenemos para ejercer nuestros derechos en paz, sin intentar meter un dedo en el ojo del diferente o pisarle los callos con una delectación que resulta  absolutamente irracional y consecuentemente estúpida.
No tenemos el menor sentido de la realidad, en este país la gente dice unas barbaridades terribles con una tranquilidad de espíritu que pone los pelos de punta a cualquiera y lo que es mucho peor sus “partidarios” aplauden entusiasmados con las orejas y conste que sigo sin referirme a nadie en particular, hablo de tanta gente que ha aprovechado la ocasión para sacar de su particular almario (ojo con l, no la vayamos a liar) todos sus odios y temores particulares para echárselos a la cara al de enfrente.
Todos tenemos derecho a pensar, a opinar y como para que nazca un derecho es necesario que exista una obligación que lo contrapese, todos deberíamos respetar las opiniones ajenas, por mucho que nos molesten. Deberíamos empezar a pensar que hay que actuar más veces “a favor de…” que en contra. Sé que muy probablemente predico en el desierto, ni siquiera estoy haciendo una declaración de intenciones, porque dos no se ponen de acuerdo si uno no quiere, lo que propongo es una reflexión que nos debiera llevar a dar un paso en este sentido.
Lo que ha sucedido en estos últimos días es un disparate monumental, unos tendrán más responsabilidad que otros, porque lo de la equidistancia es una falacia tan grande como la catedral de Burgos, pero partiendo de la diferencia, habrá que esperar un ejercicio de generosidad, virtud que siempre ha adornado a los habitantes de esta vieja nación.
Sólo desde el convencimiento de que es mucho más  lo que nos une que lo que nos separa, sólo desde el respeto, el amor por la libertad, el convencimiento de que hemos nacido iguales y desde la generosidad vamos a ser capaces de poner puentes que crucen este abismo que entre todos, estamos contribuyendo a crear.
Ya está, ya lo he dicho. Me van a perdonar, pero tenía que tranquilizar mi conciencia, ahora a recoger los resultados, aunque en confianza les digo que cuando he escrito lo de los resultados se me ha escapado una sonrisa. Pero mientras hay vida hay esperanza y yo soy de los que estoy convencido que vivo en un gran país y tengo muchísima fe en la fibra moral de los españoles, de uno y otro color.

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